Pronóstico del Clímax

Tiempo de linchar

Juzgamos desde lejos, con pocos elementos y ninguna constancia. Juzgamos a partir del antojo, de la comodidad, del rencor, de las puras ideas preconcebidas. Juzgamos, a menudo, luego de condenar, como quien llena tarde un formulario

El problema con la opinión privada es que al primer descuido se hace pública. Nunca antes fue tan fácil tornar una calumnia en hecho comprobado (mismo que, como su nombre lo indica, no necesita ya de comprobación). Todos sabemos cómo se hace un chisme, en el reino insidioso de la opinión privada. Ante la disyuntiva de sonar fantasioso o contundente, el narrador exagera los hechos, o las fuentes, o lo que se le ofrezca al morbo ajeno para comprar el cuento e ir a desperdigarlo, con sus correspondientes anexiones.

A la opinión privada nadie la engaña, o al menos eso es lo que asegura ella. A falta de argumentos, ya no digamos pruebas, sostiene sus palabras en la seguridad inamovible con que las expresa. Si alguien las pone en duda, seguro es un ingenuo. O un vendido. O en todo caso vive en el error. Una vez emitida, corregida, aumentada, diseminada y viralizada, la que en principio fue opinión privada se ostenta como pública certeza, y en un descuido salta de la fama al prestigio sin cruzarse siquiera con algo parecido a la verdad.

Juzgamos desde lejos, con pocos elementos y ninguna constancia. Juzgamos a partir del antojo, de la comodidad, del rencor, de las puras ideas preconcebidas. Juzgamos, a menudo, luego de condenar, como quien llena tarde un formulario. Más que razones, esgrimimos trámites. Nada que se sostenga más allá de la fe de cada cual, como sería propio de una aldea de beatos fanatizados donde no hay división entre asunto privado y cosa pública. Y como somos jueces de cuestiones ajenas, acusamos, juzgamos, condenamos, perseguimos, castigamos sin el menor temor a perder el juicio.

Al chisme no le importa la justicia, y al contrario: le gusta ser parcial. Más todavía si oculta un interés, o afinidad, o todavía mejor: un desprecio profundo, un despecho emboscado, una fobia disfrazada de agravio. Pocos empeños suelen ser tan ingratos como el de desmentir algún infundio, por perverso que sea y absurdo que parezca. Resulta anticlimático, decepcionante y a la postre increíble que el ladrón salga honesto, el villano intachable o la puta una santa, con la ilusión que daba creerse lo contrario y esparcirlo a manera de primicia. "¡A mí no me hacen tonto!", reclama la sonrisa del argüendero, y en la credulidad de su interlocutor puede ver reflejada su vanidad de sabihondo automático.

Nunca, como en las redes sociales, se ha visto a tanta gente discutir, menos aún con semejante encono, por asuntos que en rigor no conoce, ni podría llegar a averiguar. A falta, pues, de datos concluyentes, cada uno enarbola sus certidumbres mágicas, a partir de premisas cuchipandas que no prueban sino su propia ligereza y al cabo se repiten como plegarias huecas.

Cierto es que la Justicia —o en fin, el mecanismo insuficiente que así se hace llamar— está lejos de ser satisfactoria, y ello quizás explica que cualquier trasnochado con internet se sienta más capaz que jueces y fiscales a la hora de expresar su veredicto. Pasa con el futbol, la transmisión en vivo hace un árbitro de cada espectador. No defiende uno, al fin, los hechos verdaderos, cualesquiera que puedan llegar a ser, sino exclusivamente su perspectiva: ese ángulo celoso y egocéntrico que insiste en ser el único probable.

Si éste fuera un problema de veracidad, todo estaría sujeto a ser probado, pero la gente suele apostar el ego a sus certezas mágicas. Si descreemos de ellas, es probable que se lo tomen a pecho. Y vamos, no están solos. Su arrojo, su coraje o su insolencia se apoyan en la fuerza del tumulto, pues creen a ojos cerrados que entre más gente caben menos errores. O en todo caso ocurren y se relativizan, igual que en linchamientos y pogromos, donde el arrojo nunca corre riesgos.

Si he de pensar en un infierno próximo, déjenme imaginar una Justicia ejercida no más que por la opinión pública, esa entelequia esquiva que sin embargo juzga, sentencia y ejecuta en un par de minutos, de acuerdo a sus antojos inmediatos. ¿Dónde, sino en la espeluznante casa de cristal a que aspiran todas las dictaduras, podría ser posible semejante utopía pestilente? ¿Quién no querría votar en internet para enviar a la cárcel —y por qué no, al patíbulo— a todo aquél que juzga culpable y condenable, de acuerdo a sus certezas particulares? ¿Y no es verdad que una arbitrariedad nos parece justicia si se aplica a costillas de un supuesto arbitrario? ¿Es justa la revancha como tal, cuando menos para quien la disfruta e inevitablemente se salpica?

Nada incomoda tanto a la opinión privada, una vez que ha logrado hacerse pública, como que se la siga tachando de opinión. Tanto verse al espejo y hacerse eco entre propios y extraños le ha convencido de ser no sólo realidad, sino La Realidad, y si alguien la cuestiona ello es prueba bastante de su veracidad. ¿Por qué, si no, le salen enemigos? Nunca antes una mera ocurrencia privada la tuvo tan sencilla para hacerse certeza colectiva. Nunca antes a una causa le hizo tan poca falta una razón.