Pronóstico del Clímax

Terapia a cuatro patas

Si de salir del hoyo se trata, no hay tratamiento más eficaz y económico que vivir entre perros terapeutas.

Nunca fue el joven Boris lo que puede llamarse un perro triste, pero es verdad que el tiempo lo había cambiado. Tres años de vivir sin otro compañero de su especie lo tornaron un tanto retraído, perezoso inclusive. Circunstancias acaso agravadas por la simbiosis que irremediablemente compartimos y hace tan contagiosas las emociones como la falta de ellas. Si uno está decaído, acabará arrastrando al otro a su agujero. Y nadie mejor que él, con su inmensa paciencia y esas maneras suaves que rara vez se dan en la manada humana, sabe el triunfo que implica sacarme de uno de esos huecos nihilistas donde las horas mueren antes de transcurrir. Por eso salí en busca de refuerzos.

Si hubiera de ser díscolo y apelar a mi estricta conveniencia, diría que estas líneas tienen que ver con un rescate a manos del instinto. Desde su arribo a casa, seis meses atrás, la pequeña Cassandra no se deja ignorar, ya sea porque a uno le salta encima y le encaja los dientes mañana, tarde y noche, o porque al otro le despedaza ropa, libros, muebles y sosiego. Una terapia de contacto con el piso que no permite andar más en las nubes, ni distraerse del momento inmediato. Si cuatro o cinco meses atrás el flojonazo Boris soportaba de pésima gana el asedio tenaz de la cachorra, de un tiempo para acá le ha cambiado el humor radicalmente. No sólo se le ve contento y exultante, sino a menudo retozando en el pasto con su protegida. ¿Necesito decir que un dúo tan dinámico no puede menos que sacarlo a uno en vilo y al instante del más hondo letargo concebible?

Hay pacientes que aspiran a llevarse a su casa al terapeuta. Un anhelo muy caro, si es que fuera posible, y al menos en potencia contraproducente. ¿Qué especialista va a lograr exhumarme del mismo hoyo donde lo estoy enterrando? A menos que se trate de uno o más cuadrúpedos, cuya sola presencia es de por sí un antídoto eficaz contra el aburrimiento, la desconfianza y la melancolía. Y aquí están, en la casa. Disponibles veinticuatro horas diarias, sin excepción posible, y además entusiastas: nada disfrutan más que mi alegría.

Cada vez que Cassandra se roba un calcetín o rompe un nuevo libro, me empujo a hacer esta clase de cuentas. ¿Cuánto habría que pagar por la atención constante, simultánea y querúbica de dos profesionales del rescate emocional? ¿Quién me celebraría brincoteando que le haga despertar a media madrugada sin más motivo que un insomnio repentino? Visto así, mi ejemplar destrozado de Conversación en La Catedral no es sino un donativo más o menos simbólico —pagadero en libros y calcetines— a cuenta del valor incalculable de la atención integral que recibo. Cada nuevo estropicio, así entendido, no es ya calamidad sino recordatorio de mi buena fortuna.

“¿Cuánto gastas en croquetas?”, se asustan de repente los recién conocidos, nada más ver la talla de uno y otro gigante de los Pirineos: 55 kilos el adulto y 35 la cachorrita. Trato entonces de hacerles entender la fortuna y la ganga de contar con noventa kilos de comprensión perfecta e irrestricta, a cambio de la casa y la comida. Nada más explicarlo, se siente uno canalla. Abusivo. Vampiro. Esclavista. Chacal. Y ellos tal vez lo saben, pero no les importa. Desconocen ese vicio gaznápiro de hacerse mala sangre por lo que no reciben.

Un problema común a los avaros es que suelen hacer muy mal las cuentas. A menudo confunden gasto con inversión, cegados como viven por la obsesión del rédito acreditable. Puede uno deducir ante el fisco la pequeña inversión que hace en sus chuchos en el nombre de su “seguridad”, pero no cabe hablar de compañía, motivación, afecto o estabilidad emocional, por nombrar unos pocos de los rubros en los que la inversión en terapia cuadrúpeda ofrece resultados espectaculares. Del autismo al Alzheimer, la compañía de un perro es gran consuelo para quien ha perdido, además de paciencia y comprensión, el respeto de sus antiguos semejantes. El perro no te pide que seas congruente, ni va a darte la espalda el día que no puedas parecerlo. Locos y limosneros saben que la del can es la última amistad a la que todavía pueden aspirar.

Cae la tarde a mitad de diciembre. Oscurece temprano y los chuchos lo saben, por eso van y vienen de la puerta al jardín, como quien te recuerda al oído que se hace tarde para ir a pasear. Un derecho al que invocan con gentileza tal que no deja lugar a regateos. “Circulando”, ya ordenan sus colas en vaivén. Prohibida la tristeza, 24 horas diarias.