Pronóstico del Clímax

Síndrome de estadio triste

Terminado el festín, despertamos todos "eliminados". Tiempo de hacer la cuenta y encontrar que finalmente aquí no pasó nada.

Siempre que pasa lo mismo, sucede igual”, diría Perogrullo en una tarde como la de este domingo. Aunque lo cierto es que pasa cada cuatro años no solamente en México pero eso a quién le importa desde aquí. “Aquí” quiere decir: el limbo panteonero que sigue a la batalla recién perdida. Son unas cuantas horas, puede que hasta unos días de extravío emocional. Antes solía pasar más bien temprano, durante la primera fase del torneo o ya desde las mismas eliminatorias; ahora ocurre más tarde, lo bastante para darse a creer que esta vez iba a ser diferente.

No pierda más su tiempo quien busque en estas líneas una opinión centrada, o siquiera sensata, sobre lo que pasó en la cancha del estadio Castelão durante el partido de Holanda contra México. Si no recuerdo mal, la última vez que intenté jugar futbol cursaba todavía la primaria. No consigo entender, y en esto me acompaña más de un antisocial desconcertado, qué es lo que hace a la gente preferir a un equipo sobre otro. Discutir por el Barça y el Madrid, o tundirse a patadas en nombre de los Pumas, las Chivas o las Águilas, o hacerse uno con éstas metáforas zoológicas me parece un afán inverosímil. No entiendo qué es lo que hace mejor a un club sobre otro, ni cómo es que esa extraña apreciación ha de ser inmutable año tras año, en aras de una suerte de orgullosa lealtad encarnada en vibrante beatitud. “Qué envidia...”, se dice uno de repente, hasta que llega la hora de un nuevo Mundial y abundan las razones para engrosar las filas de los hinchas auténticos, igual que una legión de oportunistas. Justo es decir, no obstante, que los oportunistas también sufrimos.

He querido eludir la situación, pero encuentro imposible sustraerse al imperio de este limbo expansivo. De haber eliminado los mexicanos a los holandeses, menos aún podría dejar de lado el tema. Juro que lo intenté, tanto así que en la madrugada previa he pasado un par de horas en vela, intentando escribir la columna en torno a un tema ajeno al imperante. Es como si el humor de la manada impusiera su luto penitente sobre nuestra soberanía hormonal. Y ocurre así que quienes con trabajos citamos por su nombre a media docena de jugadores nacionales, y por supuesto no tenemos idea del equipo o la liga donde suelen jugar, caemos el pasmo colectivo igual que el camarón se va a la red al lado de la almeja. ¿Necesito decir que ésta es la mejor hora para darse una idea justiciera de la futilidad del triunfo deportivo?

Con alguna frecuencia, mis compatriotas se entretienen preguntándose qué pasaría en México si alguna vez ganáramos la Copa de la FIFA. ¿El acabóse, acaso? ¿La fiesta para siempre? ¿El despegue de nuestra economía? ¿El fin de tantos traumas nacionales? Con la pena, voy a dar mi pronóstico: no pasaría nada. España la ganó en el 2010, Argentina dos veces y Brasil cinco. De pronto los campeones han servido, cuesta explicarse cómo, para legitimar a los gobiernos en turno. La Italia de Mussolini, la Argentina de Videla. Es decir que el trofeo, cuando llega, entraña más peligros que recompensas. Pues al fin la victoria intempestiva suele ser como el éxito instantáneo, de cuyo vértigo se aprende poco o nada y a menudo preludia un fracaso ulterior. Cualquier buen futbolista me dará la razón: las patadas enseñan más que los aplausos. No vayamos más lejos, ahora mismo los mexicanos realizamos un espinoso examen de conciencia nacional, consistente en hundirse y tocar fondo para poder volver a la superficie, donde nada ha cambiado, ni cambiaría en el supuesto ardiente de que el país llegara a llevarse la Copa.

¿Alguien se acuerda de la Jules Rimet? Cuenta la leyenda que el trofeo de oro fue robado en Londres poco antes del mundial del ’66, y más tarde encontrado por un hábil perrito llamado Pickles. Ya en el Mundial de México, el tricampeón Brasil lo ganó en teoría para siempre, hasta que fue robado en el ’83, y según se presume también fundido, para vergüenza de los perros brasileños. ¿Pero qué va uno a hacer con un trofeo, como no sea exhibirlo sin pizca de pudor, y en tanto ello exponerlo a la envidia de tantos perdedores? ¿Qué hacer con las medallas, los diplomas y el resto de las pruebas materiales de que algún día ganamos, entre tanto perder? ¿Dónde pondríamos la Copa del Mundo, si el triunfo nos cediera el privilegio de mostrarla y tener que custodiarla? En este punto clave del pasmo nacional, quienes nunca jugamos pero al cabo perdimos solemos confortarnos en la certeza de que, en último caso, al fin que ni queríamos. Y ahora con su permiso, tengo mucho qué hacer y el futbol me da igual de aquí a 2018.