Pronóstico del Clímax

¡Sáquenme de este banco!

A menudo, los trámites bancarios se realizan con tal ineptitud que cabe preguntarse cómo es que el universo no ha llegado a su fin.

Aborrezco ir al banco. Más aún si se trata de realizar un trámite difícil. Lo peor del caso es que quienes llevamos el malhadado título de cuentahabiente sabemos que, en la práctica, incluso el más corriente de los trámites podría complicarse infinitamente. Basta con que el empleado de la ventanilla aprecie, con el celo acucioso de un reciente estudiante de grafología, alguna variación de la firma en el cheque, para hacer de una breve diligencia una penalidad de pesadilla.

Ignoro qué clase de entrenamiento reciban los cajeros de los bancos, pero si he de juzgar por lo que veo me da por sospechar que a más de uno lo han puesto a trabajar justo al día siguiente de reclutarlo. Tal podría ser el caso de esta chica sonriente y empeñosa en cuyas manos he caído de nuevo. Hace un par de semanas que me tuvo por más de diez minutos mirándola meter y sacar un cheque del lector electrónico, sin otro resultado que el rechazo automático. Cuando por fin llegó el supervisor, le dio ahí mismo la lección completa de cómo programar la maquinita. Media hora más tarde, salí con el consuelo de saberme asimismo capaz de manejarla.

Y bien, que esta ocasión es especial. No he venido a cobrar ni depositar, sino que necesito llevar a cabo nada menos que una transferencia internacional. De sólo abrir la boca para solicitarla, miro hacia la engorrosa fila de “atención a cuentahabientes” y experimento alguna envidia triste porque me temo ya que incluso ellos se irán antes que yo. ¿Exagero, quizás? Mucho me gustaría que así fuera, pero de sólo ver el papel que me extiende la cajera ya experimento cierto horror metafísico.

¿Quién va a explicarme ahora los arcanos e intríngulis para el llenado de este formato hermético, que no incluye la mínima explicación y al cual faltan espacios suficientes para ingresar los datos que me pide? ¿No les dará vergüenza proveer a los clientes con estos papelajos escuetos y rascuaches, diseñados (es un decir) por gente que con seguridad nunca probó a tratar de rellenarlos? ¿Así es como previenen los errores en un tema de suyo delicado, cuyo mayor empeño tendría que darse en aras de factores cruciales como la claridad y la exactitud?

Una vez que regreso con el formato lleno (también es un decir), la cajera se aplica a capturar los datos, mientras va consultando a un par de compañeros qué es lo que debe hacer en cada caso. Y no es que ellos lo sepan, pero igual tienen otros compañeros a quienes consultar. Si se atiende a las leyes de probabilidad, luego entonces alguno tendrá que conocer la respuesta correcta. Ahora bien, si me guío por la mueca de angustia soterrada impresa en el semblante de la cajera, encuentro a cada instante más ominoso el destino final de mi transferencia. De pronto me imagino tendido en un quirófano, entre tipos de bata que se preguntan unos a otros qué deberían hacer para operarme.

En estas circunstancias, lo corriente es que uno descargue su neurosis en la persona que le está atendiendo, pero pasa que la pobre mujer me ha contagiado parte de su angustia. Pues ahora interroga ya no sólo a sus pares y superiores, sino de paso a mí, que nada sé. Para colmo, se trata de preguntas en tal grado esotéricas que resultan estúpidas, de modo que me esfuerzo en resistir las ganas de responder con un sarcasmo pasado de filo. “Ya vamos a acabar”, me sonríe cuando me da a checar los números y descubro dos breves errores que habrían estropeado todo el trámite.

“Hay que empezar de nuevo”, interviene otro empleado y nos informa que recién se han movido los tipos de cambio y el dólar está un pelo más barato. Circunstancia, por cierto, favorable a mi causa, pues ahora me ahorraré unos cuantos pesotes en el trámite. Y todavía mejor: una nueva cajera, más experimentada, queda a cargo del trámite. “Faltan datos, señor”, me informa al comenzar.

Son ya casi tres horas desde que me formé en la ventanilla. Resulta que mi amiga, la primera cajera, hizo todo tan mal que de haber proseguido es seguro que el giro jamás habría alcanzado su destino. Tuve suerte, me informa, de que el error se corrigiera a tiempo, y enseguida consulta con dos compañeritos si no le falta nada a su gestión. Agotado y mohíno, dejo la sucursal con la sensación rara de haber hecho una apuesta en un hipódromo. Si tengo alguna suerte, puede que mi dinero no vaya a la basura. Tampoco es que sea mucha la esperanza, pero al menos he salido del banco. Terminó la tortura. Me encantaría jurar que nunca volveré.