Pronóstico del Clímax

¡Santa Semana, Batman!

Otro ritual rarísimo era ese de meterte otra vez a la iglesia para “ir a darle el pésame a la Virgen”. Oh my God!, qué bochorno. Pues si lo que decían mis mayores era pura verdad, y entonces Dios podía saber lo que pensábamos, de seguro la Virgen pronto se enteraría de lo poco sincero de mi pésame.

Me recuerdo esperándola con ansias redentoras. ¡Salve, Semana Santa! Nada más de pensar que pasaría diez piadosos días lejos del purgatorio escolar, era capaz de asistir de rodillas a una Misa de Gallo. No que lo hiciera, claro, pero es una manera de expresar que estaba en la mejor disposición de perdonar a mis amantes padres pecados tan extremos como el de no salir de vacaciones.

Para un niño de familia católica, la diferencia es grande, incluso si el fervor no rebasa el estándar. Puesto que allá en la playa no tienes que entender a los adultos, con sus rituales raros y solemnes, sino que serán ellos quienes pongan su esmero en soportarte. ¿Y no es mucho más fácil, por ejemplo, comprender los motivos de un joven constructor de castillos de arena que los de un señor serio que teme irse al infierno si no ayuna?

Había, por principio, dos clases de papás: los que tenían libre la semana completa y los que trabajaban hasta el miércoles (cuyas vidas se imaginaba uno en blanco y negro, no sin cierta piedad espeluznada). Tener al padre en casa la semana completa, y de pronto pegársele como un tlaconete si acaso se sentaba a componer un electrodoméstico, equivalía a gozar de una regocijante hilera de sábados. Hasta que venía el jueves, y entonces se juntaban los domingos. ¡Esto es una delicia!, celebraba el señor porque en un cuarto de hora llegaba a cualquier parte de la ciudad vacía. Lástima que no hubiera adónde ir.

El jueves, además, el ambiente empezaba a enrarecerse. Nunca logré entender qué extravagancia era esa de proscribir la música justo en los días más desiertos del año.

—¿Tú andarías cantando si un familiar querido se te hubiera muerto? —intentó mi mamá explicar un día.

—¿Y por qué no también apagamos el radio en el aniversario de la muerte de los tatarabuelos de mis tatarabuelos? —me hice acreedor entonces a un misericordioso manazo en la boca.

Lo de las Siete Casas también era difícil de entender, pero al cabo tenía sus compensaciones. Donde no había jícama, pepino y chicharrón, encontrabas tostadas, obleas y aquellos enigmáticos mini hot cakes que en una deleitosa tarde de jueves aprendí a pedir como gorditas de La Villa. Por otra parte, había la ventaja de que salía uno pronto de cada iglesia. Un privilegio raro, si lo común era que te llevaran a fumarte la misa de principio a fin: experiencia de pronto algo más aburrida que sentarte a mirar una tele apagada.

Otro ritual rarísimo era ese de meterte otra vez a la iglesia para “ir a darle el pésame a la Virgen”. Oh my God!, qué bochorno. Pues si lo que decían mis mayores era pura verdad, y entonces Dios podía saber lo que pensábamos, de seguro la Virgen pronto se enteraría de lo poco sincero de mi pésame. Mi abuelo, por ejemplo, dejó viuda a mi abuela a los veintitrés años. ¿Qué cara me iba a hacer si le daba yo el pésame cuarenta años más tarde? Nada más engorroso, si de luto se trata, que venir a ofrecer un pésame liviano.

¿Y qué tal la vigilia? Nunca se me ha antojado tanto un atracón de tacos de bistec como en mitad de un viernes de cuaresma. Ignoro qué tan grave sea el pecado, pero es un condimento milagroso. Cuando por fin, ya lejos del rigor familiar, se da uno el gusto herético de asistir a una taquería en Viernes Santo, la sola pinta del local desolado basta para sentirse un Robespierre con cuernos: héroe más que probable de aquel niño aburrido.

El sábado ya era más llevadero. Me daba alguna pena prenderle fuego al Judas, tanto que alguna vez le supliqué a mi madre salvarlo de la quema y colgarlo en la puerta de mi cuarto, pero ese juego del cruzado vengador me acomodaba más que el del beato azotado. Además, había cuetes: juguetes asimismo contraindicados por el alto mando. Colgar a un monigote envuelto en chinampinas igual que a un forajido y verlo chamuscarse lentamente no estaba nada mal, pasadas sesenta horas del domingo más extenso del año.

Tampoco era muy fácil entender cómo, de un día para otro, el Sábado de Gloria permitía no sólo abandonar el luto y la vida espartana, sino encima entregarse al desenfreno de empaparse en manada, a cubetazos. Si tenía uno la suerte de estar con otros niños a esas horas, podía considerarse de pronto compensado por no andar en la playa, como toda la gente.

Según cantaba Guadalupe Trigo, hay un deleite muy particular en soltarse soltando palomas el Domingo de Resurrección, pero uno se tenía que conformar con un huevo de Pascua para esquivar un rato el pesar recurrente de saberse a unas horas de regresar al minipurgatorio. Supongo que después de tanta ceremonia estrafalaria, que un conejo pusiera huevos de chocolate por doquier parecía un suceso más sensato, aunque igual menos dulce de lo que aparentaba. “Adiós, Semana Santa”, era el triste mensaje del conejo.