Pronóstico del Clímax

La Santa Indignación

Por su naturaleza vibrante y expansiva, la indignación no suele tolerar la indiferencia, pues si algo no comprende el ofendido es que el mundo no estalle a partir de esa furia visceral que a su entender es mera objetividad.

“¿Cómo es posible que esto siga pasando?” “¿Quién te crees que eres para hablarme así?” “¿A dónde diablos vamos a ir a parar?” “¡Y esperas que me quede con los brazos cruzados!” El tema es lo de menos, a estas alturas. Tanta y tan imperiosa es la furia reinante que cualquier causa es buena para perder la cabeza en su nombre. Lo raro, en todo caso, sería estar conforme. ¿Con qué? Con lo que sea, no faltaba más. Nunca la indignación tuvo tantos clientes.

Se dice uno indignado en estos tiempos cuando estima no sólo que tiene la razón, sino que ésta le sobra en tal medida que le autoriza a no ser razonable y obliga a los demás a comprenderle y justificarle. En nombre de la propia indignación —para el caso, es bien fácil expropiarla, o contagiarse de ella irremisiblemente— puede uno desplegar los más sesudos argumentos o proferir burradas tan notorias que a su vez son motivo de indignación. Pues nada hay tan sencillo para quien la padece como centrarse en ella y dar la espalda a todo cuanto amenace con atenuarla. ¿Y qué es la indignación, sino la dignidad en carne viva: patrimonio final del despojado?

Indigna el menoscabo del derecho tanto como la pérdida del privilegio. Pues quien tiembla de rabia no espera de nosotros imparcialidad, y de hecho al contrario: exige el sesgo abierto a su favor, la revancha sumada a la compensación. Y si acaso cobrara más de lo que en teoría corresponde, se deberá entender como el saldo pendiente por aquel excedente de razón que ahora se expresa en réditos vindicatorios.

Por su naturaleza vibrante y expansiva, la indignación no suele tolerar la indiferencia. Y todavía menos el escepticismo, ante cuya presencia tiende a multiplicarse. Pues si algo no comprende el ofendido es que el mundo no estalle a partir de esa furia visceral que a su entender es mera objetividad. No hay discusión más sorda, estéril y estúpida que la que ocurre entre indignados antagónicos. La sola sugerencia de que alguno exagera le parecerá insulto a la moral, la inteligencia o los valores más elementales. Y ay de quien diga que es cuestión de opiniones, cuando el puro temblor de su quijada nos dice que se trata de una verdad desnuda e incuestionable. ¿Cómo alguien puede ser tan obtuso, o insensible, o ignorante, o corrupto, o despiadado, o desvergonzado para no verlo todo de idéntica manera? ¿Qué les pasa a los otros que no se indignan tal como yo espero?

El gran problema de los indignados está en salir de su gravoso estado, si resulta que en él han descubierto la explicación de varias entre sus frustraciones. La indignación entonces se torna un asidero del que difícilmente querrán desprenderse. Por más que se le vea furioso y desafiante, el ofendido se halla en su elemento. El berrinche es su zona de confort, cada vez que lo externa nos recuerda que suya es la razón y es nuestro compromiso concedérsela. Verdad es que no todos estaremos de acuerdo, mas para eso existen los especialistas.

Sucede, por ejemplo, en los accidentes de tránsito. Se baja uno del coche echando pestes porque sabe que tiene la razón, o para el caso necesita tenerla, y ya intuye que el otro conductor tratará de endosarle la culpa por el choque. Justo en ese momento, se aparece un extraño que jura estar al tanto de lo que sucedió y se ofrece a fungir como testigo, o gestor, o abogado. Una vez asistido por un profesional de la iracundia, el quejoso está listo para decir y hacer cuanto se haga preciso con tal de resarcirse hasta el empacho.

Ahora bien, no hace falta chocar, y ni siquiera salir de la casa. Basta con una ojeada a las noticias frescas para reunir motivos de fiereza, toda vez que en las páginas del periódico sobran los indignados con razón o sin ella. En todo caso, poco o nada sabemos del enojo profundo de los afectados, si ya eleva la voz en su lugar más de un profesional de la indignación. ¿Alguien ha visto algún video de Hitler arengando a las masas? ¿Es necesario entender alemán para advertir la farisea cólera del Führer? ¿Y no es verdad que, así condimentada, la irritación termina por fermentar en un odio aún menos racional?

Según el diccionario, la indignación se explica a partir de palabras como “enojo”, “ira”, “enfado” y “vehemencia”. Cuesta creer que uno tenga razones para entrar en la vorágine de la sinrazón. Pero si en un principio el sentimiento peca de incómodo y tramposo, no tarda uno en irse acomodando a la idea de ser un acreedor y estar en pie de guerra con la cobranza. Y lo de menos es si al cabo te resarcen y reparan el daño y te piden disculpas: una vez que el enojo se vistió de soberbia, no querrás sacudírtelo ni a la hora de dormir. “Estoy muy indignado”, proclamarás dondequiera que vayas, en la certeza de que la indignación se justifica sola, si nunca ha precisado de razones para arrogarse Toda La Razón.