Pronóstico del Clímax

Respeto no es servidumbre

HABRÁ QUIEN DIGA que es un tema inofensivo. Cortesía, diplomacia, negocios, no más que eso. El problema es que hay infinidad de "puros" que no buscan negocios con los "impuros", y de hecho se han propuesto exterminarnos justamente con ese pretexto

Todos quisiéramos ser respetados, pero es que hay de respetos a respetos. Algunos lo confunden con reverencia, otros lo identifican con el miedo, otros más lo equiparan a la zalamería. Pocos, en todo caso, y cada día menos, parecen entender que no puede existir auténtico respeto sin una escrupulosa reciprocidad. Abundan además quienes asumen que por su condición, sus méritos o sus sufrimientos merecen deferencias especiales, y acaso ni siquiera se miran obligados a mostrar forma alguna de correspondencia. De ahí que con frecuencia esta clase de déspotas tengan que conformarse con el tributo hueco de la hipocresía.

Decimos respetar la ignorancia supina, el fanatismo, la necedad y la agresividad no porque nos parezcan respetables, sino porque encontramos inútil discutir. Y peor: inconveniente. Solapa uno que el cliente pierda la razón, con tal de no acabar por perder al cliente, pero sabe también que existe un límite. Una vez que ha pasado de esa raya, debería entender el energúmeno que su actitud le va a generar costos, no por fuerza inmediatos, ni siquiera visibles. Se equivoca quien piensa que el lamesuelas trabaja de gratis, si nada le ilusiona más que cobrar los réditos de su inversión, cuando llegue el momento.

Quienes se dicen puros, y en tanto ello fustigan la impureza, suelen considerarse dignos de más respeto que sus semejantes, toda vez que a la luz de su autoestima no cualquiera consigue asemejárseles. Lo que en nosotros es banalidad, en ellos ha de ser cosa grave y profunda. Ya sea, pues, que estemos en su casa o la nuestra, ha de quedarnos claro que nos movemos dentro de sus dominios. "Es por respeto", nos justificaremos, y si hay confianza guiñaremos un ojo para que quede clara, acá entre nos, la escasa seriedad del tributo embustero.

Nadie que se respete quisiera ser tratado de esta forma, tanto así que tendría que temerlo. Igual que el falso afecto, el respeto de dientes para afuera —ése que con frecuencia entraña un aquiescente menosprecio— es aún más agresivo que el irrespeto simple. ¿Por qué, si no, se esconde? Vamos, que si alguien quiere discriminarme prefiero que lo intente abiertamente, sin la complicidad de esa sonrisa paternalista y farisea que adorna tanta cháchara multiculturalista.

Recientemente, una delegación de hombres de negocios iraníes, encabezados por su presidente, Hasan Rohani, fue de visita a Roma con la intención expresa de estrechar ciertos lazos comerciales. Una vez recibidos y agasajados por sus anfitriones, los invitados pudieron recorrer los Museos Capitolinos libres de la aflicción de toparse con una de esas impurezas de mármol que tanto proliferan en tierras romanas. Atentos al probable desconcierto de sus morigerados visitantes, los responsables del protocolo se aseguraron de cubrir las estatuas desnudas con pudibundos y oportunos plafones "como una forma de respeto a la cultura y sensibilidad persas".

Respeto vergonzante: he ahí un despropósito y un disparate. Poca confianza inspira tanto quien se planta un antifaz para tratar de darnos su mejor cara, como quien de ese modo se mira homenajeado. ¿Será que las mujeres italianas tendrían que haberse vestido morigeradamente durante la visita de los dignatarios, si acaso pretendían pasearse por la calle (osadía, esta última, de por sí preocupante)? ¿Habría que haber cubierto los anuncios de whisky, ya que en la recepción oficial se suprimió hasta el vino, no fueran las visitas a escandalizarse?

Habrá quien diga que es un tema inofensivo. Cortesía, diplomacia, negocios, no más que eso. El problema es que hay infinidad de "puros" que no buscan negocios con los "impuros", y de hecho se han propuesto exterminarnos justamente con ese pretexto. Gente que, si pudiera, acabaría a bombazos con todos los vestigios del Renacimiento, por decir lo menos. Tipos que nos detestan sin conocernos, por motivos estrictamente religiosos. Inapelablemente, es decir, toda vez que los beatos suelen ser los campeones del respeto unilateral. Contradecirlos o no obedecerlos es ofender a Dios y desafiarlos a ellos. ¿Para qué, pues, cubrir esas estatuas, pudiendo de una vez hacerlas polvo? ¿Y quién, que vea en ellas la huella del demonio, no entenderá aquel gesto "respetuoso" como un claro mea culpa?

Si se trata, por fin, de respetar la sensibilidad del otro, sería de un gusto exquisito que las autoridades iraníes se abstuvieran de ahorcar a la gente valiéndose de grúas para construcción, a media calle, por motivos tan nimios que ni motivos son, como la homosexualidad y el librepensamiento. Quien haya visto ya esas imágenes —las hay por cientos en internet, no hay un alma piadosa que nos las oculte— seguramente estará de acuerdo en que no sólo ofenden, sino de hecho machacan su sensibilidad, sin el menor asomo de respeto por nadie, comenzando por el pobre infeliz que habrá de balancearse en las alturas por las barbas de una pandilla de idólatras erigidos en máxima autoridad.

No puede haber respeto más aberrante que el exigido por los irrespetuosos. Semejante abyección no es ya respeto sino servidumbre: indignidad que a nadie dignifica. Mal puede respetar a nadie más quien se niega el respeto a sí mismo, y eso es lo que nos piden los fanáticos. Tengo aquí un dedo en alto para complacerlos.