Pronóstico del Clímax

Prótesis de bolsillo

Tal vez la inteligencia del teléfono consista en hacer suyo a quien se cree su dueño sólo porque no puede vivir sin él.

Nunca esperé que fuera inteligente, aunque es verdad que a veces me hace sentir estúpido. Llegué a creer, supremo cretinismo, que alguna vez podría dominarlo, pero pasó lo opuesto: soy más suyo que el mío, de un tiempo para acá. Y del tiempo ni hablemos, que desde que lo mido con su ayuda tengo esta idea rara de que pasa más rápido, y en tanto ello la vida se me acorta.

No me interesa leer las estadísticas. La idea de enterarme cuántas veces al día enciende uno en promedio su teléfono ya de por sí parece espeluznante. Habrá algunos, aparte, que sean especialmente obsesivos, y según yo no es todavía mi caso. Me parece grosero consultarlo en el cine, por ejemplo, donde nada me pone más inquieto que ver las pantallitas de los otros encendidas a media película, resueltas a negarme el sagrado derecho a la evasión. Ahora bien, es verdad que de pronto yo también prendo el mío, haciéndole casita con el cuerpo para evitar que puedan advertirme, aunque no sé si lo hago por decencia o vergüenza.

Quiero creer, insisto, que no tengo el perfil del usuario obsesivo. ¿Será eso lo que tanto me molesta cuando alguien me sugiere que ya suelte el teléfono, por el amor de Dios? No lo dicen así, pero algo en sus miradas parecería apelar a la gracia divina para encontrar paciencia y comprensión. Pasa como en el banco: los trámites ajenos se perciben eternos, dan ganas de echar pestes por la desconsideración de quienes nos preceden, pero no bien llegamos hasta la ventanilla nuestros minutos saben a segundos. No importa cuánto abuse uno de su teléfono, siempre creerá que lo hace menos que los demás, y por supuesto con mayor cortesía.

Sucede a veces que salgo sin él. Apenas lo descubro, ya en la calle, me invade un sentimiento de fragilidad que en cuestión de segundos degenera en rabieta, porque no me queda otra que volver de inmediato sobre mis pasos y rescatar el maldito teléfono. ¿No que era inteligente, el muy estúpido? Cuando lo tenga al fin entre mis manos, lo probable es que busque alguna aplicación diseñada específicamente para evitar esta clase de olvidos. Y lo seguro es que, si consigo encontrarla e instalarla, no la use más allá de un par de días (lo que suele ocurrir con los buenos propósitos).

Varios años atrás, cuando albergaba uno dudas intempestivas y corría a buscar la enciclopedia, la idea de tener computadora en casa parecía no más que un despropósito. ¿No era bastante con tenerla en la oficina? ¿Qué iba ser del calor de pinche hogar si había un monitor dispuesto a re-emplazarlo? Sobra decir que aquellos estorbosos y nada fotogénicos arte-factos —hay gente que aún los guarda, quién sabe para qué— ofrecían apenas un porcentaje ínfimo de la capacidad y el poder de la cajita negra que hoy llevo en el bolsillo, a manera de prótesis providencial.

Ya sé que no nací con el iPhone pegado, pero igual mi memoria se ha vuelto perezosa. Antes, ya no sé cuándo, me envanecía recordar uno a uno los números y hasta las direcciones de la gran mayoría de mis conocidos; hoy uso esos recuerdos —esto es, los que me quedan— para inventarme nuevas contraseñas y hacerme la ilusión de que nadie jamás las adivinará. Pero “jamás” se ha vuelto una palabra ingenua. Desde que cargo esta cajita de metal, los siempres y jamases se han hecho relativos y a la sazón efímeros. Nunca fue tan veloz la obsolescencia, ni la memoria humana así de comodina, ni el pasado en tal modo desechable.

Vamos, no es que me queje, aunque igual siento el vértigo de recordar que no hay reversa disponible. No he olvidado la arcaica emoción que me invadió al momento de ver llegar el primero de esos correos electrónicos que hoy entran al teléfono sin el menor respeto para mi saludable inconsecuencia. He llegado a desear que en lugar de una caja me instalen un injerto en las entrañas, de modo que no tenga que encenderlo en los lugares y horas menos oportunos, tanto como de pronto me da la tentación de abandonar el infecto artefacto por un par de semanas, meses, años; lo cual equivaldría a irme a vivir a alguna isla remota, si es que aún queda alguna donde no haya señal de Wi-Fi.

Hace un rato se me fue la señal y en su lugar llegó la desazón. “San Ciro, que no venga la luz”, rogaban mis abuelas al santo enrevesado, a lo largo de todo el apagón. En realidad, escribo estas palabras por mi falta de fe en el viejo San Ciro. Sin señal, mi cajita no puede hacer milagros. Con un poco de suerte, trato de darme ánimos, volverá por ahí del punto final.