Pronóstico del Clímax

Podridos, pero en billetes

Lanzarse a combatir la corrupción y dejar que las drogas sigan por las nubes es como hacerse cargo de los síntomas sin atacar la causa de la enfermedad. ¿Cuánto puede costar el silencio, la anuencia o la cooperación de un simple policía en un negocio multimillonario?

Todo el mundo condena la corrupción, como si ya por eso sus virtudes saltaran a la vista. Puesto que los corruptos suelen ser los demás, se entiende que nosotros en su caso seríamos distintos, evidentemente. Hablamos pestes de esa gran corrupción que permite a los grandes delincuentes hacer su voluntad a cualquier precio, como otros se refieren a la concupiscencia que es tentación de otros, nunca de ellos. Esperamos, en suma, que incluso miserables y desalmados sean inmunes a los guiños del diablo.

“Caspa de Satanás”, se le llama al polvo de cocaína, cuyos precios no obstante son tanto más diabólicos que el capricho imperial del cocainómano. La idea inverosímil de recibir ciento veinte mil dólares por un kilo que tres semanas antes con trabajos llegaba a setecientos, tan sólo porque ha ido de Bolivia a Manhattan, es nada menos que un guiño al demonio. ¿O es que existe algún otro negocio en el planeta cuyos frutos se acerquen a veinte mil por ciento?

Más que a una tonelada de coca en el mercado, temo a lo que un psicópata será capaz de hacer con cien millones de dólares. O mil, o cinco mil. Se entiende que no hay límite, con esos réditos estratosféricos, y menos aún lugar a comparaciones, si un barril de petróleo se cotiza en cincuenta y nueve dólares y uno de cocaína del mismo peso andaría en diecinueve millones. Una bicoca aún para quienes trafican toneladas y pueden corromper, doblar o exterminar a quien les venga en gana. ¿Caspa de Satanás o mercado infernal? No hay que hacer muchos números para salir de dudas: temblamos ante el coco equivocado.

Es curioso que sean los norteamericanos, impulsores y exégetas del libre mercado, quienes pretendan sustraer de sus leyes omnímodas al negocio más jugoso del mundo. ¿O debemos creer que justamente allá, donde más se consume la mercancía de marras, no existen los mafiosos protegidos ni los malandros multimillonarios? Nadie, en ninguna parte, puede llamarse inmune al poder corruptor de diez, veinte, cincuenta millones de dólares, pues incluso si alguno se resiste a venderse no faltará quien le pague con plomo, material muy barato en comparación.

No deja de ser raro que la gente se deje impresionar por las riquezas de los grandes capos, de suyo incalculables e inagotables, y aún así dé por hecho que su extinción es cosa concebible. Nadie en el mundo gana en tan corto tiempo lo que los comerciantes de drogas prohibidas. Lo curioso del caso no es que los delincuentes puedan comprar, callar e intimidar a todo aquel que estorbe su vendimia, sino que todavía haya quien los persiga. Pero ahí está el negocio, naturalmente. ¿Quién de esos sanguinariosmillonarios, o de sus intachables asociados secretos, va a preferir que precios y ganancias se vengan para abajo de un día para otro?

Lo realmente indignante, lo atroz, lo inaceptable es que un jodido kilo de cocaína pueda valer más de un millón de pesos. ¿Qué de raro hay en tantas matanzas despiadadas e impunes, con todo ese dinero de por medio? ¿Y cómo es que a las buenas conciencias les quita antes el sueño esa idea bochornosa de la corrupción y no las millonadas en drogas ilegales que la hacen inminente entre tantos hambrientos y codiciosos? Lanzarse a combatir la corrupción y dejar que las drogas sigan por las nubes es como hacerse cargo de los síntomas sin atacar la causa de la enfermedad. Cerramos las heridas con la pústula dentro y esperamos curarnos un día de estas.

Ciertamente no todas las drogas son tan caras. Hay quienes venden crack de ínfima calidad por menos de cien pesos el papel. Pues al fin la estrategia punitiva que hasta hoy predomina “en contra” de las drogas suele dar con sus víctimas extremas entre los más humildes e ignorantes. Gente a la que no vale tachar ya de corrupta, si nadie en su lugar estaría en posición de ofrecer garantías de probidad heroica y de hecho suicida. ¿O es que la vida de un pobre infeliz alcanza algún valor entre quienes manejan números millonarios y producen cadáveres sin más móvil que el mero cálculo mercantil?

¿Cuánto puede costar el silencio, la anuencia o la cooperación de un simple policía en un negocio multimillonario? No mucho más, por cierto, que asesinarle un hijo o incendiarle la casa a su mamá, por citar dos opciones a la mano entre un menú que no conoce límites. ¿Y como para qué iba a limitarse quien ya apostó la vida a un negocio que no conoce límites, ni lástima, ni escrúpulos? Un negocio podrido de raíz, a partir de las leyes que en vez de reprimirlo y castigarlo, permiten y estimulan su desarrollo, tanto como el contagio social que representa. ¿Buscan acaso los prohibicionistas obsequiarnos un mundo libre de traficantes acaudalados y drogas ilegales, donde los forajidos no sean infinitamente más poderosos que sus perseguidores? ¿Cómo es que han conseguido lo contrario? ¿Y será que a esta peste le llaman salud?