Pronóstico del Clímax

Pecados de opinión

Buscamos el lenguaje más amable, los eufemismos menos abrasivos para insinuar que no estamos de acuerdo con el piadoso juicio de la manada, igual que cuando niños habíamos de hacer una pregunta incómoda sobre María Virgen.

Esta es una columna de opinión. Como ocurre con ciertas bebidas espirituosas, encuentra uno opiniones de dos tipos: las que le gustan y las que le enferman. Unas le hacen entrar en estados de euforia y autoafirmación, las otras le arrebatan el equilibrio. ¿Quién no ha caído y recaído en la tentación cándida de elevar la opinión coincidente al rango de diagnóstico y degradar las otras a ocurrencias perversas? ¿Quién no le tuvo al menos una vez un temor furibundo a la opinión adversa?

Contra lo que quisieran los adoctrinadores, nunca será lo mismo opinión que adherencia: una hace sus apuestas, la otra sus méritos. Algo huele a podrido ahí donde todo el mundo parece suscribir un mismo criterio, cual si en vez de tomarse la molestia de expresar su recóndito parecer, cada uno prefiriese poner su firma al pie de un manifiesto. Cualquier cosa con tal de no significarse por una apuesta en tal medida peligrosa como la auténtica opinión personal.

Nunca, que yo recuerde, los pareceres fueron tan timoratos. Hoy, quien da una opinión interesante prefiere hacerlo en tono confidencial, y aún así con algunas reservas. Buscamos el lenguaje más amable, los eufemismos menos abrasivos para insinuar que no estamos de acuerdo con el piadoso juicio de la manada, igual que cuando niños habíamos de hacer una pregunta incómoda sobre María Virgen.

¿Cuánto puede valer una opinión solemne? Tanto, quizá, como el acto de recitar una plegaria en estudiado tono reflexivo. Y sin embargo cada día se opina con más pompa. Severa, defensiva, artificiosamente. Parecería que al momento de expresar “su sentir” debiera uno alistarse para declamar unos versos que todo el mundo conoce y recuerda. Igual que pueblerinos gazmoños y oficiosos, se espera que opinemos con la frente tan alta como el culo apretado. Que opine uno lo obvio y calle lo estridente (o viceversa, según convenga) para así merecerse una buena opinión.

Nadie que opine está libre de error. Son legión, pese a ello, quienes buscan hacerlo a la segura, en especial si hay algo que perder. Nadie quisiera ser el pollo oscuro al que los otros matan a picotazos, pues no de otra manera se castigan hoy día los pareceres sin uniformar. ¿Y qué define al fin a cada cual, sino sus opiniones personales, más allá de la iglesia o el partido o el fan club al que haya decidido pertenecer? La hipocresía, al fin, es el arte de nunca mostrar las propias cartas, en la íntima certeza de que están mar-cadas.

Juzgamos a la gente menos por lo que hace que por lo que dice. Vivimos condenados, en tanto eso, a convivir en una corte de tartufos que expresan en palabras muy bonitas, con la elocuencia de un declamador, justo lo opuesto de cuanto creen y piensan. Toda esa vieja idea de los nobles sentimientos se expresa hoy en algunas cuantas etiquetas. Proferimos palabras en teoría solidarias y compasivas, por más que sean fórmulas más o menos seriales, y las llevamos puestas cual si fuesen medallas y no buenos propósitos que nadie se ha propuesto en realidad.

Como todas las farsas evidentes, la corrección política se conforma con poco para saberse cierta y verosímil. ¿Cómo entender, si no, que hasta hoy las regalías por Mi lucha se distribuyan entre organizaciones filantrópicas? ¿Deberíamos creer que aquel panfleto burdo y abominable, concebido con éxito para sembrar el odio y exacerbar los prejuicios raciales, puede ser útil a una buena causa? ¿Habría que prenderle alguna veladora al Palurdo de Linz por la piadosa obra que nos legó?

Hoy el odio se siembra a partir de opiniones. Detestamos o somos detestados en las redes sociales según las opiniones que de entrada entendemos como sentencias. Nos parece un escándalo que Mengano se atreva a decir o siquiera a pensar lo que consideramos estúpido o malvado o contraproducente, y la furia es tan grande que a menudo no hay tiempo para matizar, si ni siquiera lo hubo para leer con calma lo que soliviantó nuestros peores instintos. Sobra aclarar, por cierto, que Mengano ha pensado justamente lo mismo de nosotros y se mira no menos sublevado.

Nada hay más sospechoso en la normalidad que su curiosa ausencia de conflicto. Lo normal, por ejemplo, es que el despreocupado chifle por las calles, pero igual de común es que el ladrón silbe como si nada para mejor fundirse con el paisaje. Quienes se enorgullecen de opinar siempre igual en realidad se ufanan de callar al unísono: “No es que seamos iguales, es que somos discretos.”

Es común, hoy en día, que a la edición digital de una columna de opinión a su vez le acompañen las opiniones de algunos lectores, no pocos de ellos escandalizados y ya listos para escandalizar, de manera que epítetos como traidor, vendido, lacayo y otras tantas son moneda corriente y explicación plausible para lo inexplicable: que uno u otro infeliz tenga el atrevimiento de opinar lo contrario que nosotros. Y lo peor: que ese triste columnista prefiera malquistarnos con su opinión, en vez de agasajarnos con su adhesión o al menos compensarnos con su silencio.