Pronóstico del Clímax

Odiar no cuesta nada

Quien odia se avergüenza del perdón. Le ha ido mal, por lo visto, de modo que la idea de encontrar natural aquello que detesta le parece perversa y aún más detestable. Poco o ningún sentido tiene contradecirles, como no sea el de avivar la llama de su desprecio intenso.

Hay quienes se definen por lo que odian. Necesitan que el mundo se entere de su enojo, pues encuentran consuelo en compartirlo y un oscuro deleite en multiplicarlo. El odio es ambicioso, y más que eso insaciable. Lo de menos es si tiene razones, ya que a éstas las descubre por doquier y en caso necesario las inventa. Todo con tal de no parar de odiar y aguardar, como otros por la suerte o el amor, la breve recompensa de imponer su castigo, por distante o simbólico que sea. Su concepto de triunfo tiene que ver con hacer explicables sus fracasos.

Quien odia se avergüenza del perdón. Le ha ido mal, por lo visto, de modo que la idea de encontrar natural aquello que detesta le parece perversa y aún más detestable. Poco o ningún sentido tiene contradecirles, como no sea el de avivar la llama de su desprecio intenso. Cierto es que necesitan adversarios, tanto así que sin ellos se quedarían solos con su odio y habrían de rendirse a la tristeza. ¿Rendirse, dije? ¡No, señor! Con tantas cosas buenas por destruir, quienes odian a muerte y sin descanso tienen el compromiso personal, según ellos secreto, de ir adelante con la mala leche y cobrarse a lo chino con la vida: esa deudora vieja, morosa y caradura.

Al odio le fastidian las ilusiones. Le parecen estúpidas, engreídas, absurdas, y nada le complace (y acaso le ilusiona) tanto como asistir a su debacle. ¿Ya lo ves? ¡Te lo dije!, se regodea, se ufana, se felicita ante el fracaso ajeno, que es su íntima versión del éxito propio. La miseria, se ha dicho, ama la compañía, aunque la idea de "amar" cualquier cosa resulte de por sí chocante y cursilona para quien lanza vivas a su vibrante antónimo. ¡No mames!, rabiará si alguien habla del tema, cual si al hacerlo así suplicara de paso y entre líneas: no-me-ames. Quienes odian encuentran al amor vergonzoso, y antes que eso temible. No es raro, por lo tanto, que tras el odio esté la cobardía: de sentir miedo a darlo no hay sino un breve paso con ínfulas de salto.

Tan fácil es odiar que cualquier infeliz lo puede hacer a tope, con motivo o sin él. La rabia, ya se sabe, suele bastarse sola para crecer, aunque no está de más una opinión adversa. ¿Quién se siente este imbécil egoísta para pensar distinto, o inclusive pensar en absoluto, en lugar de sumarse a mi rencor y maldecir conmigo todo lo maldecible?, razona (es un decir) el furibundo, para quien sus motivos son no sólo evidentes, sino escandalosos. El universo entero tendría que pararse, a la vista de tanta iniquidad. Y como es más sencillo aceptar las burradas que debatirlas, pronto el odio cosecha partidarios. Gente asimismo harta de su situación. Cerebros comodinos, de repente. Tipos que no quisieran enemistarse con quienes llevan la voz cantante, así que en un descuido se les unen, como quien ha ingresado a una pandilla y siente el compromiso de hacer méritos.

Para quien se ha sumado a la tribu del odio, toda duda equivale a una claudicación. Una señal de oprobio. Una estigmata, para efectos prácticos. Pues todo ha de estar mal, cuando la prioridad es aborrecer. Cuesta creer que el odio se haga moda, pero suele ocurrir con curiosa frecuencia. No toda la manada hace la misma bilis, y algunos ni siquiera se toman la molestia de pensarlo o sentirlo; intuyen que es bastante con pasar lista para ponerse a salvo de una epidemia que pronto ayudarán a alimentar.

El odio es vocinglero y bravucón. Requisitos de fijo indispensables para ser convincente y contagioso. Pues al cabo se trata de infundir algún miedo entre los indecisos. Cubrirlos de ignominia nada más que por eso y ofrecerles el bálsamo de la redención, si es que osan suscribirse a la amargura. Se toma por un hecho, entre sus afiliados, el imperio absoluto de la desconfianza. Si por casualidad uno de los odiados ofreciera una mano conciliadora, jurarán que detrás hay una trampa. Pues el odio no cree que la nobleza importe, cuantimenos obligue. ¿Y cómo iba a ser eso, si su mera presencia le amenaza de muerte?

Al odio le va mal la discreción, y todo lo contrario: precisa de tambores y trompetas para hacerse notar, cuan gordo es. Le enojan la prudencia y la templanza, le desespera toda reflexión, se le queman la habas por imponer su ley, antes de que a un pensante pretencioso le dé por ubicarlo en su lugar. Necesita que le odien de regreso para adquirir cabal ciudadanía.

Escribo estas palabras con alguna extrañeza, bajo el tenaz influjo del amor. Y es así que a los que hoy se regodean odiando con tambores y trompetas les envío, de todo corazón, la más sincera de las trompetillas. Con un besito, por si se ofreciera.