Pronóstico del Clímax

Noche de corte de caja

No sé bien qué tal vaya esa tradición vieja de ir a la iglesia el último día del año a dar gracias a Dios por lo de Él recibido. Una visita chusca, parecíale a uno, si es que al agradecido le había tocado un año catastrófico. “¡Ya quiero que se acabe!”, claman de pronto los supersticiosos en las últimas horas de lo que consideran un mal año, asumiendo que el tránsito de diciembre a enero debe traer consigo cambios ineludibles. Año Nuevo, no obstante, es el festín de los supervivientes: más allá de balances y cortes de caja, vale decir que hasta el peor de los años es todavía bueno para quienes podemos contarlo.

No es raro que, entre tantos afligidos, sean tropel quienes huyen de vacaciones y se ahorran el trámite del corte de caja. Por algo los hoteles son más caros en fiestas decembrinas, sobre todo si están en la playa, donde siempre es verano y no hay que batallar con el clima glacial que propicia el examen de conciencia: una gestión especialmente ingrata en ciertos días de asueto concatenados. No vayamos más lejos, sobran quienes encuentran un consuelo en volver al trabajo el lunes 2, de modo que estas horas de excepción —con las cuales no saben bien qué hacer— cedan su sitio a la rutina bienhechora.

“Ya pasó”, se le dice al niño que aún llora, para que al menos vaya comenzando a moquear. Si diciembre es el mes de los buenos deseos oficiales, dedicamos enero a ejercer el suspiro o el moqueo a lo largo de días áridos, insípidos y para colmo bajos en cash flow. Echamos mano de los buenos propósitos como un intento, no por fuerza vano, de militarizar la buena marcha del futuro inmediato. Dichosos los colonos del Hemisferio Sur, que ven llegar el año en mitad del estío y no encuentran motivo ni ocasión de caer en metáforas chillonas en torno a chimeneas, catarros y carámbanos.

“Está muriendo mucha gente que antes no se había muerto”, reza la ya vetusta canción de Alex Lora, que en 2016 pareció un poco menos disparatada. Creo haber visitado más capillas funerarias en este año que en cualquier otro, por no hablar de los varios lutos públicos que he compartido en más o menos medida, presa de un cierto azoro fatalista que atribuye a los tiempos o al destino, si bien nunca al azar, la coincidencia de los sinsabores. Consuela imaginar una razón para lo irracional, por ñoña que resulte, antes que concebir la idea extravagante de espichar porque sí, cualquier mañana de éstas. ¿Cómo voy a morirme, si nunca antes me he muerto?

Abundan asimismo los augurios nefastos, preñados de certezas fanfarronas. “Esto es sólo el principio”, se nos dice, con el tono ominoso de quien asume el luto preventivo como trinchera de la desesperanza. Anticipar desastres parecería el peor de los negocios, si no anduvieran ahí tantos profesionales del mal agüero, sembrando miedo entre la incertidumbre. Si antes era posible que le fuera a uno mal, ahora debe creer que es inminente, so pena de pasar por cándido y estúpido. Parecería que entre el optimismo más ramplón y la resignación menos valiente no queda sino mera fantasía. ¿Y no es en ese espacio donde tendría que hallarse la autodeterminación?

Asumir la maldad del año que pasó —peor aún, del que va a transcurrir— es un engaño fácil, por no decir barato, y en consecuencia muy solicitado. Un esfuerzo pequeño, aunque eficaz, por mirar objetivo lo subjetivo y treparse al vagón del devenir social, donde no hay responsables sino víctimas. “Algo ha tenido este año en contra mía”, supone uno de niño, cuando se mira a expensas de los tiempos que vive y encuentra en ellos intenciones ocultas. ¿Cómo es que, años después, todavía conserva semejante sospecha cerril y perezosa?

Llega uno al 31 de diciembre igual que a una frontera emocional. Hay quienes muy temprano se largan a dormir, para evitarse a tiempo la diligencia y pretender que, al cabo, es una noche como cualquier otra. Flota en el aire un humor melancólico, solemne a su pesar, que uno encuentra preciso ahogar de cualquier forma. De fiesta, si se puede. Ese truco seráfico de pedir un deseo secreto por cada uva que nos devoramos resulta aún más efímero que el efecto dichoso de los alipuses, pero peor debería ser la amargura.

Es tiempo de engañarse a cualquier precio, no sea que el siguiente año lo pesque a uno babeando desconcierto. Creer en lo increíble, proponerse lo inviable, brindar por lo perdido, todo ello es en verdad extravagante, visto desde una estricta congruencia cerebral, pero ésta tiende a ser un bien escaso en un día como hoy, cuando nos toca a los supervivientes celebrar en secreto que los muertos, al fin, no hemos sido nosotros. Aleluya.