Pronóstico del Clímax

Mujeres al volante

A veces la política es algo tan sencillo como el derecho de cualquier mujer a decir “hasta aquí”, “basta ya”, “no más estupidez”.

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Casi siempre que se habla de derechos humanos, igualdad, justicia, libertad y otras prerrogativas esenciales, suele apelarse a los más excelsos valores del ser humano con la clase de pompa que exigiría el funeral de un alto dignatario, no porque eso sea útil para defenderlos sino porque al final sirve mejor para sepultarlos. Pues lo cierto es al fin que poco o nada sirve la indignación solemne del orador a quien ha sido víctima del atropello y bien podría expresarlo en términos sencillos y cotidianos, sin mayores palabras que las elementales para ponernos dentro de sus zapatos.

Hace unos pocos días, me tocó presenciar una elocuente pieza de oratoria, de labios de Manal Al-Sharif. No es una congresista, ni una alta dignataria, ni una intelectual. Se trata nada más que de una mujer valiente que sobrevive con la frente en alto al ambiente opresivo donde tuvo la suerte de nacer, todo lo cual le ha puesto entre los suyos la etiqueta de peligrosa delincuente. Si en otras partes hay quien alza pancartas por las calles o se desnuda el torso en una plaza pública, lo que Manal ha hecho es ponerse al volante de un automóvil. Nada que contradiga las leyes vigentes, si bien fue suficiente para ser arrestada y encarcelada por las autoridades de Arabia Saudí, donde la ley no escrita parece pesar tanto o más que la debidamente promulgada.

¿Mujeres al volante? Eso sí que es escándalo en una sociedad donde, como ilustra Manal, la mujer es tratada como menor de edad a lo largo de toda su vida, a menos que cometa alguna falta y vaya a dar allí donde recibirá el trato de una adulta delincuente. Lejos de la soflama y la consigna, Manal habla pausado y por lo bajo, si bien el contenido de sus palabras mueve inmediatamente a la extrañeza, la indignación y de pronto la risa. ¿Pues cómo no reírse de unas autoridades tan estúpidas que son capaces de lanzar campañas donde se habla del daño irreversible que la conducción de un coche puede acarrear a toda mujer que se atreva a intentarlo?

Manal también se ríe. Podría flagelarse, lloriquear o jugar a la víctima, que las razones no le faltarían, pero en vez de eso cuenta su peripecia con la mezcla de aplomo y ligereza de quien se sabe fuerte, y por ello incapaz de doblegarse ante la estupidez. Podría también hablar del atropello cotidiano que una mujer tiene que soportar en virtualmente todos los aspectos, pero sabe que basta con tocar el tema del volante para traer a cuento los demás abusos. Pues no se trata ya de lamentarse por la actitud de sus paletos opresores, como de preguntarse qué es lo que puede hacer en su pequeña esfera de autogestión en contra de tan grandes vejaciones. Y la respuesta ha sido tan sencilla como tomar las llaves de un auto y lanzarse a la calle a conducirlo. ¿Quién que pudiera ver a una, diez, cien mujeres desafiar una regla no escrita pero ya suficiente para ser señalada como criminal, no entendería el mensaje subyacente: “basta, no somos niñas, ya nos cansamos de esta situación”?

“Pechos, vaginas, úteros, incluso piernas, han sido las mejores, quizá las únicas, herramientas políticas femeninas desde la Grecia de Lisístrata hasta el día de hoy”, ha escrito mi amigazo Santiago Roncagliolo hace unos pocos días, pero Manal opina diferente. No es una feminista occidental, ni tiene la menor intención de mostrarse desnuda para dejar en claro su postura y exhortar a otras chicas valientes a seguirla: le basta con poner el dedo en una llaga idiota para que brote el pus del gran absurdo, y el poder lo ha entendido con tal clarividencia que ya no es un secreto lo que se juega tras el tema del volante. Quien todavía crea en primaveras árabes tendría que empezar por ver hacia la mera cima del escándalo, que es el del trato infame a la mujer: un tema que aún hoy soslaya más de uno entre quienes se dicen progresistas.

Sintomáticamente, fue Manal la primera en hablar, durante los tres días que duró el festival La ciudad de las ideas. Nada más escucharla, entre el pasmo, la risa y la fascinación, supe que los demás conferencistas la tendríamos ciertamente difícil para alcanzar tamaña contundencia empleando semejante sencillez. ¿O no es verdad que aun y sobre todo los asuntos más serios y apremiantes requieren con urgencia la simpleza verbal que ninguno domina mejor que el afectado? Mientras en otras partes la corrección política realiza malabares gramaticales para cuidar las formas del lenguaje, hay mujeres que deben jugarse la vida por frenar los abusos que algunos “progresistas” aún defienden como usos-y-costumbres. Para escarnio y vergüenza de causa tan idiota, ahí están las mujeres saudíes al volante, desdeñosas de toda piedad y con el pie en el acelerador.