Pronóstico del Clímax

Manual para nuevos 'ultras'

Cierto es que allá en los polos radicales se habla con insistencia de principios, pero éstos son tan simples de aprender como el coro imperante en una procesión. Los fines, por su parte, son aún más sencillos, tanto así que podrían resumirse en el imperativo de ser menos flexible que el de al lado

De manera que usted quiere ser ultra, pero antes se pregunta si le quedará el saco. Afortunadamente, los hábitos del ultra le van bien a cualquiera que se empeñe en calzárselos. Es decir que si usted ha tomado la terminante decisión de ganarse un lugar entre los intratables, lo probable es que tenga todos los requisitos ya cubiertos.

Cierto es que allá en los polos radicales se habla con insistencia de principios, pero éstos son tan simples de aprender como el coro imperante en una procesión. Los fines, por su parte, son aún más sencillos, tanto así que podrían resumirse en el imperativo de ser menos flexible que el de al lado. Se trata de saltar a la ultra de la ultra, y desde ahí a la ultra de la ultra de la ultra, y así hasta que no quede viva una suspicacia. Recuerde que la ultranza jamás descansa.

Es posible que antes de convertirse quiera usted recabar información sobre las condiciones en uno y otro polo. A simple vista, es cierto, parecen tan distintos como el día y la noche, pero al cabo con unas pocas luces basta para apreciar que están perfectamente correspondidos, al extremo de a veces resultar idénticos. Ahora bien, hay que echarle fuego a la semántica. Si va usted a ser ultra, vaya siempre al extremo, que eso de hacer las cosas solo “a veces” no suele dar prestigio entre los extremistas.

Importa poco, para efectos prácticos, cuál es la ultra que a usted más le acomoda, pues lo cierto es que todas son ricas en confort y prestaciones. Es sabido que acá entre los blandengues la razón se disputa con armas y herramientas propias del raciocinio, mientras los exaltados la comparten sin dudas, excepciones ni más requerimiento que el de esa fe colérica que a sus ojos es prueba de acierto, cohesión y compromiso. Si en sus respingos, gritos y pedradas late una certidumbre similar, no tendrá ya ni que estirar la mano para hacerse con toda la razón.

Verdad es que en la ultra abrasadora se habla mal y a menudo de los polos opuestos, igual que se supone que ángeles y demonios libran una batalla furibunda que se remonta hasta la Creación. “Es cuestión de congruencia”, juran los implicados, como quien se santigua para quedar libre de todo mal. Que es lo que usted hará, ahora que se haga ultra y no distinga ya otro punto medio que la angosta frontera entre sano y podrido, razón y sinrazón, salvación y condena, nosotros y los otros. ¿Qué es radicalizarse, a fin de cuentas, sino encontrar de más a los demás?

Los demás que se jodan, ni más faltaba. ¿Quién les manda llevar el agua tibia de su “neutralidad” al molino endiablado del enemigo? Si lo que usted pretende con esta idea impulsiva de hacerse ultra es ganarse el respeto de sus nuevos secuaces, vale más que se enseñe a hallar a los demonios no tanto entre sus meros adversarios, sino acaso escondidos bajo el manto engañoso de la “imparcialidad” (no olvide las comillas ni al hablar): evidencia clarísima de que el falso indeciso no es sino un achichincle de las fuerzas oscuras.

Antes que perder tiempo en averiguaciones, un verdadero ultra se apresta a denunciar y condenar. ¿Y cómo no, si tiene escriturado el monopolio de la razón histórica y la supremacía moral? Un ultra de verdad sabe ser juez, testigo, fiscal y ejecutor, ya sea para acusar o a su vez revirar alguna acusación. ¿Pues quien otro, sino un pérfido antípoda, se atrevería a apuntar con su dedo cochino a un perfecto intachable como usted, que hasta donde recuerda nunca fue más ni menos que ultra recalcitrante?

Hay ingenuos que creen, a estas alturas, que la pureza es siempre un requisito para desempeñarse como ultra. No preste usted oídos a esas supercherías. Un auténtico ultra se autopurifica a cada instante, y si hay lugar a dudas habrá también espacio para encontrar detrás una conspiración urdida en las trincheras adversarias. Así como el ladrón asume por sistema que se halla entre ladrones, el ultra entiende al resto de sus semejantes como infieles conscientes o inconscientes: gente cuya opinión, en todo caso, no pesa en la conciencia del fanático mucho más que un chillido de marrano. De modo que si usted persiste en el empeño de conservarse ultra, no le vendrían mal unos buenos oídos de matancero.

No importa de qué clase de polo provengan, los ultras van detrás de una meta común, consistente en dictar su verdad religiosa de modo que ninguna otra se escuche, menos aún aspire a ser creída. La mera insinuación de más de una verdad —esto es, de dos verdades simultáneas y contradictorias— es trinitrotolueno para la mecha corta del creyente implacable. Otros pueden perder el tiempo en discusiones huecas y mañosas, usted no necesita de argumentos para poner las cosas en su sitio. Y si alguien de los suyos así lo supusiera, esa sola actitud lo exhibirá como un esbirro a sueldo de los otros. ¿Prestará usted oídos a toda esa gentuza, o se apresurará a hacer una denuncia?

Un último consejo: el radical genuino tiene prisa y nunca pierde el tiempo en escuchar consejos. Si usted quería ser ultra, doy por hecho que ya me ha condenado sin llegar al final del primer párrafo ni prestarme la mínima atención. Espero cuando menos que entre la gritería pueda escuchar mis felicitaciones.