Pronóstico del Clímax

Maleantes de provecho

MÁS QUE INVESTIGADORES y Ministerio Público, se nos presenta un grupo de inquisidores. Van tras la confesión a cualquier precio, pueden probar cada una de sus certezas, en especial aquellas que están lejos de ser ciertas pero les resultan convenientes 

Tal vez no exista crimen más perfecto que la fabricación de un asesino. Una infamia común, o no del todo rara, en aquellas regiones del globo terráqueo donde, según se dice, no impera aún el estado de derecho. Sabemos, sin embargo, que basta un apetito primitivo, un interés oscuro, un pacto retorcido para quebrar el orden más escrupuloso —valga decir, el más "civilizado"— y en un descuido también corromperlo. Especialmente, esto último, ahí donde el sistema se arroga la virtud de incorruptible y la gran mayoría así lo cree. "Cuídate de los buenos...", decía la abuela.

Fabricando un asesino se llama justamente el documental en formato de serie que de un mes para acá sacude las conciencias aun en los rincones más ignotos del mundo. Para los enchufados al serial —diez capítulos de más o menos una hora de duración que rara vez se ven en más de cuatro días de fruición galopante— el nombre del infierno bien podría ser Manitowoc: el condado al este de Wisconsin donde ocurre el calvario judicial de Steven Avery, a manos de un sistema de justicia que aparece no menos espeluznante que el de cualquier aldea gobernada por beatos y fanáticos.

No es mi intención contar aquí la historia, ni desvelar pasajes de su extraño y adictivo entramado. Diré apenas lo que cualquier televidente sabe a partir de los diez minutos iniciales: antes de que su fama rebase las fronteras del condado —en los primeros años del '85— Steven Avery es persona non grata entre sus pobladores. Su familia, de hecho, no parece encajar en su entorno social. Tienen fama de rústicos, huraños, descorteses, y para colmo el veinteañero Steven ha ido a dar a la cárcel en un par de ocasiones, por violencia doméstica, robos menores y crueldad animal. Nada que ayude a hacérnoslo simpático; información bastante, en un principio, para hacer verosímil la acusación formal de agresión sexual y tentativa de homicidio que pondrá tras las rejas a Steven Avery por 18 años, hasta el día en que una prueba de ADN demuestra su inocencia: desenlace indignante aunque "feliz" para una pesadilla que en cuestión de dos años ocurrirá otra vez, inopinadamente.

Todo esto, insisto, no es sino el principio. A partir de este punto, asistimos a un Salem del siglo XXI donde la prioridad no es indagar la verdad de los hechos, sino legitimar las certezas morales de los detectives, que para mayor inri son las mismas que esgrime la fiscalía. Más, pues, que un asesino, toca a los responsables de la acusación fabricarse algún monstruo verosímil, y qué mejor que hallarlo entre los Avery: esos antisociales. ¿Quién, que esté al tanto de su mala fama, no hallará alguna lógica reconfortante en la opinión de sus acusadores?

No bastan, es verdad, las diez vibrantes horas de la serie para probar la inocencia de nadie, pero sucede que eso es lo angustiante. Miramos hacia una comunidad habituada a creer en sus policías. Pocos se atreverían a pensarlos capaces de conspirar en contra de un sospechoso, hasta el extremo de sembrarle pruebas en la escena del crimen con tal de incriminarlo a como dé lugar. Menos aún si oyen a los fiscales invocar el honor de los detectives: hombres de familia, personas intachables por todos conocidas que como es natural no merecen cargar con el descrédito de fabricar culpables, ahí donde está claro quiénes son los villanos y los héroes.

Antes que testimonio documental, Making a Murderer es un thriller jurídico que, como bien acusa más de uno entre sus críticos, omite grandes dosis de información, acaso muy pesada para incluirla sin convertir la trama en un engendro soporífero. Lo que vemos, no obstante, contiene la elocuencia suficiente para pintar al condado de marras como un pueblo kafkiano, de pronto lovecraftiano, donde se pone en marcha un linchamiento impune avalado por juez, jurado y ministerio público, apandillados por los mismos tétricos intereses, ahí donde el tema de la "seguridad" pesa más que la simple, chabacana justicia.

Más que investigadores y Ministerio Público, se nos presenta un grupo de inquisidores. Van tras la confesión a cualquier precio, pueden probar cada una de sus certezas, aun y en especial aquellas que están lejos de ser ciertas pero igual les resultan convenientes. ¿O es que a la autoridad del pueblo truculento le viene bien que los representantes de la ley, oficialmente buenos e imparciales, sean tratados igual que los malandros, con el desgaste que esto significa para la fe de tanto pueblerino en quienes prometieron darles seguridad, whatever that means?

Los buenos, en teoría, nos cuidan de los malos, pero de aquéllos y su fama impoluta no hay un samaritano que nos resguarde. Tal es la suspicacia que se asoma a lo largo de la serie, y que sin duda vale más allá del infierno de Manitowoc y el destino eventual de los acusados. Kafka, decía Carlos Fuentes, descubrió un mundo que existía sin saberlo. He ahí la moraleja repugnante: cualquier puede ser el malo de la historia, si es que los buenos se ponen de acuerdo.