Pronóstico del Clímax

La porra y el partido

los aguerridos miembros de una y otra franquicia democrática esperan de nosotros esa docilidad fanática y ovina, conocida mejor como “voto duro”. Gente que asume, por sistema y dogma, que un partido es indefectiblemente superior a los otros, sea quien sea que lo represente.

Siempre que me preguntan a qué equipo le voy, entiendo que estoy fuera de la conversación. Cuesta hacer entender al perpetuo hincha que carece uno de toda preferencia, pues no pocos definen y evalúan a sus semejantes a partir del equipo al que "le van"; qué tal que en una de éstas no son tan semejantes. Pues pasa que al calor de la rivalidad se han hecho alguna idea prejuiciosa, redonda y categórica de las fragilidades de los hinchas que no les son afines. Una caricatura, que trazo a trazo les permite ubicarlos en sus antípodas, aunque sea en son de broma y a modo de acicate chacotero.

A menudo, el problema con "nosotros" es que nos parecemos tanto a "ellos" que tampoco queremos admitirlo. El tesoro del hincha es la lealtad ferviente que le reserva un sitio entre los puros. No importan las flaquezas, los errores y las insuficiencias de los locales, siempre serán mejores que los visitantes. Como quien dice, "en todo nos la pelan". Cualquier certeza menos decisiva es sospechosa de traición a la causa. Antes calumnia uno al adversario que concederle una sola virtud.

Siempre que me preguntan con qué partido estoy, entiendo que habitamos diferente planeta. La idea de ser hincha de un partido político me resulta aún más estrambótica que la de, por ejemplo, pintar mi coche con los colores del Atlante. Ciertamente, los aguerridos miembros de una y otra franquicia democrática esperan de nosotros esa docilidad fanática y ovina, conocida mejor como "voto duro". Gente que asume, por sistema y dogma, que un partido es indefectiblemente superior a los otros, sea quien sea que lo represente. Pues si "nosotros" somos en todos los sentidos mejores que "ellos", valdrá más un bandido de los nuestros que un prócer de los suyos.

Contra lo que quisieran algunos pareceres cabizbajos, no es lo mismo postura que opinión. Pues si aquella resulta firme y orgullosa, a ésta le quedará muy poco por decir. Sufro de imaginar las calamidades por las que pasan mis colegas columnistas que militan en un partido político, no bien se enfrentan a la disyuntiva de quedar bien con su iglesia o sus demonios. Entre tantos creyentes militantes, no pocos de ellos también malquerientes, el deber (autoimpuesto, en teoría) de opinar sin perder la postura es también una forma de pasar lista. Se diría que algunos escriben con megáfono, cual si se dirigieran a una barra brava lista para corear sus adherencias. Otros esgrimen un discurso discreto y notarial que uno como lector conoce de antemano. Y algunos, los mejores, ventilan sin complejos opiniones de pronto muy osadas para no retorcerles la postura: he ahí el precio fatal de la opinión.

Si no recuerdo mal, he votado por cuatro o cinco partidos. No es que les crea mucho, ni que pueda saber a ciencia cierta cuál es mejor o peor que los demás, y menos todavía que me imagine un día parte de su porra. Cierto es que le incomoda a uno recordar las malas obras que unos y otros se echan constantemente en cara, como en un gran torneo de pelotazos, pero peor es aún su soberbia ante el mérito ajeno. Pues si no hay un partido cien por ciento virtuoso, tampoco puede haber uno que sea todo podredumbre: ni siquiera el que ya se nos ocurre, por más que algunos puros ardan de indignación.

La política no está en las posturas, y a veces ni siquiera en las opiniones. La política es un aborto de trastienda, un pacheco en la cárcel, un joto en la picota, la inocencia de un niño en las manos de un fraile. Problemas grandes de gente pequeña, de pronto no bastantes para lanzar los dados en su nombre. Las minorías rara vez son negocio, para quien vive de las multitudes. ¿Y no se enorgullecen algunos neocristeros del efecto que, dicen, tuvieron la motita y el matrimonio gay sobre el pío y rabioso electorado? Lo que aún no escuchamos, sin embargo, es la voz inflamada de la izquierda en defensa de esa gente pequeña cuyas voces han llegado primero a la oficina presidencial que al despacho de muchos de sus supuestos defensores de oficio —con algunas pioneras excepciones en la legislación de la Ciudad de México.

Una cosa es decir que no simpatiza uno con cierto partido, otra estigmatizar a la totalidad de sus adeptos. Como quien dice, "ahí todos me la pelan". No merecen siquiera nuestra atención. Y si acaso adoptaran nuestras mismas ideas y consiguieran ponerlas en práctica, tendrán que hacerlo en contra de nosotros. Suena infantil, ¿no es cierto? Es decir inocente por afuera, perverso desde adentro, como ocurre con alguna frecuencia entre la tiranía callada de los niños.

¿A qué equipo le voy? Al que juegue mejor, y que nadie se asombre si a mitad del partido cambio de banderín. Entiendo que a los dueños de los equipos no les guste esta falta de compromiso, pero hasta donde entiendo son ellos quienes han de comprometerse. Tal parece que nadie les ha dicho que al fin jugamos todos en el mismo equipo.