Pronóstico del Clímax

Juguemos a las prótesis

Del escritorio al portafolios, de la cama a la bolsa, del coche al inodoro, se da por hecha la presencia bienhechora de un aparato que haga las veces de prótesis cerebral y contenga toda la información que uno pueda llegar a precisar.

Desde que lo recuerdo, el futuro era un mundo artificioso y sobrenatural, repleto de juguetes encantados. Nada tiene de raro que cada nuevo gadget electrónico llegue a la vida de uno como un premio tardío de la niñez. Algunos porque quieren situarse a la vanguardia, otros porque se niegan a quedarse varados en la antigüedad (y peor, ser arrasados por su propia época), nos suscribimos a las bondades del juguete resueltos a cambiar de vida por él. Todo será mejor, lógicamente, si el teléfono lleva ahora mi agenda. Más me vale, eso sí, que se entienda con la computadora y los dos se hagan uno con la tableta. ¡Y qué mejor si para controlarlos hago sonar el clarín imperioso del reloj!

Hace un par de semanas que el Apple Watch me transformó en vasallo. No le costó trabajo: bastó con descubrir en su pantalla la cuenta exacta de mi ritmo cardiaco para aceptar que sabe más de mí que yo, y en un tris-tras rendirme a su capricho. Cuando menos pensé, ya estaba recibiendo toda clase de alertas en el pulso. Si de niño soñaba con tener un robot a mi servicio, hoy encuentro que somos uno y el mismo. Nadie mejor que él sabe que el día de hoy me ha faltado una buena caminata, y así me lo recuerda para que no me engañe, como antes. Cierto que es un tirano, pero lo necesito. ¿Cómo explicarlo, pues? Digamos que me calma los nervios darle gusto.

Si no recuerdo mal, todo empezó aquel día visionario en que consideré la posibilidad de tener en la casa una computadora. ¿Qué te pasa?, me preguntó más de uno, dándose golpecitos en la sien. Luego vinieron los años noventa, al final de los cuales quien parecía estar loco era quien aún vivía sin computadora. Fue entonces que me hice con una laptop. Pues ya no me bastaba con la computadora de escritorio, necesitaba a veces llevarla conmigo. Al jardín, a la calle, a algún viaje. Nunca estaba de más tenerla cerca.

Un día, el teléfono dejó de ser un simple teléfono. Mejor dicho, se convirtió en pequeña oficina, sucursal oficiosa de la computadora, adonde aterrizaban mensajes a mi nombre mañana, tarde y noche, literalmente. Si en otros tiempos era razonable llevar consigo una navaja suiza, nadie que posea un iPhone o sus secuelas encuentra soportable tenerlo lejos más de diez minutos. Ya nada más sentirlo flotando en el bolsillo del pantalón es señal de que todo está bajo control y el mundo, por ahora, no se derrumbará.

Del escritorio al portafolios, de la cama a la bolsa, del coche al inodoro, se da por hecha la presencia bienhechora de un aparato que haga las veces de prótesis cerebral y contenga toda la información que uno pueda llegar a precisar. La música, los libros, las fotografías, los cuadernos de apuntes, las películas, los contratos, las pólizas, los documentos. Amén de amigos, socios, familiares, cada una de nuestras relaciones saltan entre teléfono y tableta para estar disponibles a toda hora, y hoy al fin se han colado hasta el reloj de pulso. Si es que le alcanza el nombre de "reloj" a un monitor que opera día y noche recibiendo y enviando información entre el cuerpo y lo que antes fue el teléfono. Ya no hacen faltan bolsas ni bolsillos, cuantimenos maletas o escritorios para dar por sentado que la burra es parda y sostener los pelos en la mano.

No hay modo de engañar a un juguete que respira contigo. Es como ir y venir con una ventanita que mira hacia las grutas del fuero interno. Ahora, que aún me dura el entusiasmo, hago todos los méritos que puedo para legitimar su presencia en mi vida —valga decir, también, justificar la compra— y ello implica empezar a comportarse como si siempre hubiera estado aquí. Nada muy diferente de quien ha de habituarse a una pierna mecánica o una silla de ruedas. Más que sólo aprender a controlarlos, hay que sumar su uso a los actos reflejos. Hacer al mecanismo parte de tu aparato locomotor, y en tanto ello integrante principal de esa entidad compleja a la que llamas yo.

Poner un Apple Watch entre uno y su teléfono es como contratar un mayordomo y otorgarle poderes extraordinarios, como el de no dejarnos más que para dormir. Y uno obedece al fin como los niños, resignado a esa fugaz separación que lo dejará al margen de su cuidado. ¿Qué tal si hoy en la noche me sorprende un infarto sin reloj?, preguntará tal vez el usuario obsesivo, acaso más tranquilo de poder suponer que en caso de catástrofe cardiovascular quedará cuando menos el registro electrónico de su último latido.

Sobra decir que estamos aún en la prehistoria. No quiero imaginar lo que de aquí a veinte años sabrá de mí el teléfono, ni lo que habría de hacer algún malhora intruso para sacar provecho de esos datos. Por lo pronto, me apuro con las últimas líneas: ya me ordenó el teléfono que me levante un rato. Le he quedado a deber, para colmo de males, el ejercicio de hoy en la mañana. Nada quisiera menos que defraudarlo.