Pronóstico del Clímax

Halcones, pero anarcos

LA IDEA DE UN CRIMINAL incriminalizable es tan disparatada como la de un fascista antifascista. O la de un derechista de extrema izquierda. O la de un anarquista autoritario. Pero al cabo los hay, y son legión. Para más señas, andan encapuchados

Nos dice el tumbaburros que el fatídico verbo criminalizar tiene que ver con "atribuir carácter criminal a alguien o algo". Es decir que si yo voy por la vida declarando sin rastro de evidencia, por mera tirria, que Fulano es ladrón, lo que en realidad hago es criminalizar su antipatía. Ahora bien, si me consta que el aludido es gente de uña larga y así puedo probarlo, ni falta hace que lo criminalice; debería, en todo caso, denunciarlo por la vía penal, que es lo que suele hacerse con los criminales.

Nunca he sabido de un secuestrador que se queje de que la fiscalía criminaliza el plagio. A menos que se trate de un malandro con causa, es decir con coartada. Si otros dicen que el diablo se los pidió, estos juran que La Causa lo exige. Y entonces ya no hablamos de un secuestro, sino de una protesta a que el fascismo reinante encuentra la manera de criminalizar. Tampoco aplican términos como robo, lesiones o narcotráfico, si el fin es lo bastante noble y generoso para hacer relativo incluso el homicidio, y en su caso exigir con violencia implacable la santa impunidad del criminalizado.

Exégetas y aliados del maleante con causa se parecen a esos clérigos depravados que abusan de los niños o las beatas invocando a la gravedad de su misión divina, para luego absolverlos y bendecirlos. ¿Qué clase de misión, ya no divina sino al menos decente, podría chapotear así en la mierda sin resultar indigna de su objetivo, impía de por sí, maldita por defecto, amén de criminal en grado extremo? ¿Qué decir de esos píos guerreros islamoides que secuestran, estupran, maltratan y asesinan niñas y mujeres con el pretexto infame de mantenerse en forma para la batalla, en interés y servicio de Dios? ¿Será que criticar a beatos violadores y mochos asesinos es criminalizar su religión?

Entrar en estos temas es asistir a un gran torneo de eufemismos, donde el tamaño del sapo y el de la pedrada son relativos a sus intenciones. Si el sapo es policía, por ejemplo, las pedradas no son más que protesta, y lo será asimismo el incendio que viene. Puesto que los muchachos, tan criminalizables los pobrecillos, no pretendían más que alzar su queja. Los camiones robados, los coches incendiados, las fachadas destruidas y de pronto los muertos serán, en todo caso, daños colaterales de la protesta. Cosas que pasan, pues. O como también dicen, usos y costumbres.

Si no recuerdo mal, esta clase de violencia callejera solía ser ejercida por halcones. Gente también impune y agresiva, reclutada al servicio de intereses políticos siniestros, fariseos y encima populistas. ¿No eran, por cierto, los genuinos halcones quienes se hicieron célebres en la tarde del 10 de junio de 1971, reprimiendo con palos y picanas eléctricas una simple protesta estudiantil? Se los vio descender de camionetas del entonces Departamento del Distrito Federal, como en un segundo acto del tlatelolcazo. Nada muy diferente a los Camisas Negras de Mussolini, pero he aquí que el mandatario en turno lanzaba cada día diatribas encendidas en el sagrado nombre del Tercer Mundo. Igual que los halcones, el presidente Luis Echeverría, adalid jactancioso de causas progresistas y verdugo verbal de todos los fascismos, logró salir impune de esas atrocidades.

Cierto es que hay diferencias entre aquellos halcones tercermundistas y los lumpenhalcones de estos días. Ahora ya se encapuchan, por ejemplo, de ahí que suelan ser un tanto más osados, pero siguen golpeando periodistas, estudiantes y detractores. Se hacen pasar por autogestivos, si bien tienen sus patrocinadores y disponen de un gran equipo de abogados, así como millares de simpatizantes versados en descriminalización. Pueden así, por tanto, los lumpenhalcones cometer cualquier crimen bajo la confortable convicción de servir a una causa, por gracioso que suene, "antifascista". ¿Una causa suicida, debemos entender?

A los lumpenhalcones se les ve amenazando, traficando, atracando, invadiendo, incendiando, golpeando, pero ellos aseguran que lo realmente suyo es el estudio. Mas si acaso cayeran arrestados, toda esa valentía de pacotilla se les irá en llamarse torturados, vejados y, ay, criminalizados por el poder fascista y represor. Lo suyo es denunciar y desenmascarar, por eso no toleran protestas ni denuncias en sentido contrario. "Intentonas fascistas", señalarán, automáticamente asqueados y rabiosos.

Nada de raro hay en que el lumpenhalcón se nombre anarquista, aborrezca al Estado y al propio tiempo apoye causas autoritarias y estatistas, sintomáticamente afines a aquel echeverrismo fascistoide que aún hoy sobrevive al amparo del olvido imperante y el ansia de poder de sus más obstinados herederos. Lo que el lumpenhalcón persigue, finalmente, es la prerrogativa de vivir consagrado al hedonismo y cobijado por la impunidad. En la hueva fecunda y el desmadre creador, amparado por un puñado de certezas baratas y cosméticas a las que denomina convicciones para eludir el celo del Ministerio Público (que tampoco es que sea tan celoso, si ya se ve que les tiene pavor).

La idea de un criminal incriminalizable es tan disparatada como la de un fascista antifascista. O la de un derechista de extrema izquierda. O la de un anarquista autoritario. Pero al cabo los hay, y son legión. Para más señas, andan encapuchados.