Pronóstico del Clímax

Hablando de gallinazos

La muerte de un autor es también el inicio de su indefensión. En adelante, su obra y su memoria vivirán a merced de la rapiña.

Había una vez un buitre habilidoso, encarnado en la piel de un falso reportero. Su modus operandi solía ser tan simple como impecable: siempre que se veía en la oportunidad de aproximarse a algún artista o intelectual de gran renombre y avanzada edad, se tomaba una foto a su lado. Más tarde inauguraba un archivo especial con el nombre del nuevo miembro de su acervo y lo iba alimentando con recortes y copias de entrevistas, a la espera del instante propicio. Con la ávida paciencia del zopilote.

Cuando al fin espichaba alguno de su lista, se abalanzaba el vivo sobre el archivero y construía un pastiche verosímil, a partir de fragmentos de entrevistas hábilmente engarzados y procesados, tras una introducción muy convincente donde hablaba el farsante de su encuentro con el ahora difunto. En cosa de un par de horas no sólo estaba listo el texto apócrifo, acompañado de la fotografía que no dejaba duda de su autenticidad, sino también la oferta de publicación. Con la noticia fresca del deceso, abundaban los editores afanosos de una entrevista inédita como las que el malandro les ofrecía a precio de exclusiva. ¿Y quién iba a quejarse, si al cabo las palabras ahí citadas habían salido todas de los labios del occiso indefenso?

Como cabía esperar, llegó el día en que el buitre fue exhibido, y hasta ahí llegó el negocio carroñero. Nada hay más simple en la era de internet que mentir, calumniar y usurpar identidades, tanto como atrapar en la movida a unos pocos de quienes dan por hecho el relativo anonimato que la red proporciona a impostores, cobardes, mitómanos y desocupados. Una legión tan amplia y entusiasta que no cabe la idea de seguir su pista, menos aún confrontarles, ni desmentirles. Y si ya entre los vivos no hay defensa posible contra la calumnia, figurémonos cómo les va a los muertos.

“Descanse en paz”, decimos, asumiendo la vida ultraterrena de un espíritu súbitamente autónomo, y enseguida decimos o escuchamos las primeras mentiras y exageraciones en torno al infeliz que no acaba de enfriarse y ya es presa de infundios, excesos y descréditos. O créditos erróneos, que igual desacreditan. Recordemos, si no, aquel texto meloso y cuchipando que algún gandul anónimo atribuyó a la tecla de Gabriel García Márquez. Una vez que el horror ganó notoriedad y resonancia entre las almas cándidas a las que conmovió, poco pudo ya hacer el novelista por disminuir la magnitud del daño, como no fuera aclarar el entuerto y sumarse a la redundante indignación de sus lectores, para quienes fue siempre transparente que un escrito de tan ínfima estofa no podía venir de tamaño escritor.

Perturba imaginar cuántas copias de aquel batiburrillo de melcocha circulan desde la hora de su muerte, pero si la intención es que el alma de Gabo descanse en paz, hoy se lo están haciendo más difícil que nunca. Dudo que un hombre alérgico a la cursilería, a quien le disgustaba hablar en público y lo evitaba enfáticamente, hallaría alguna paz entre tantos que jamás lo leyeron y hoy hablan en su nombre como lo harían de un miembro de su familia. Puestos a especular en temas incorpóreos, ¿quién que sea difamado a cada instante y en todo lugar va a sentirse invitado a reposar?

Conocer a un autor a través de siquiera una de sus obras supone un alto precio al ojo legañoso del iletrado ilustre, habituado a citar con pompa de sabihondo a los autores que jamás leerá. ¿Y para qué, no es cierto, si otros lo masticaron ya por él y le dieron la esencia de lo digerido? Otros que a lo mejor tampoco lo sacaron del original, o quizás la memoria los traiciona y confunden palabras, apellidos, géneros. Abundan quienes lo hacen a propósito, ya sea por candor, presunción o rapiña. En cualquier caso, el hombre no puede defenderse. Lo que digan que dijo, e incluso lo que escriban que escribió, será entrecomillado sin más trámite. No habrá palurdo apuesto que no tenga la opción de corregir, tergiversar, reescribir o falsificar su obra. ¿Quién imagina infierno más atroz para un profesional de la escritura?

Hace unos años le tocó a Carlos Fuentes responder a una de estas falsificaciones, perpetrada a propósito para apoyar una candidatura presidencial por una mano negra e inexperta —carente de la más elemental noción de estilo— a quien el novelista identificaría, con cierta chusquedad caballeresca, como enemigo de la literatura. Y sin embargo el daño estaba hecho. Quedarán unos cuantos, nunca sabremos cuántos, que aún darán por auténtico el remedo y lo harán suyo a medias entre el alarde y la pedantería.

Carroña con melcocha. He ahí el tributo ingrato que hace de la paloma zopilote.