Pronóstico del Clímax

Esperando a los pájaros

NO ACOSTUMBRA UNO ponerse en los zapatos del vecino de atrás. Parece más sencillo mirar hacia otro lado y opinar que el tipo es un pesado. Y ahora que me esfuerzo en pretender que todo sigue igual y trabajar a espaldas del desastre, puedo olvidar de pronto los troncos serruchados, pero no el silencio de las aves

Contaré aquí una historia pequeña y personal. Uno de esos relatos que titubeamos antes de iniciar, acaso porque no estamos seguros de ser lo suficientemente elocuentes para ir más allá de la anécdota y subrayar su peso, su importancia profunda. Esa clase de historias en apariencia ínfimas que muy probablemente morirán con nosotros y sin embargo, a veces, nos representan de pies a cabeza o nos pintan en un solo plumazo.

Soy novelista y tengo varias mañas. Una de ellas, quizá la más querida, consiste en escribir en el jardín. Sé que los escritorios son más prácticos, se trabaja mejor y favorecen la concentración, pero prefiero creer que no estoy trabajando. Asumo, en ocasiones, que soy el mismo niño que jugaba escondido a inventar situaciones e historias pequeñitas, como quien trama alguna fechoría privada de la que nunca nadie llegará a enterarse.

Cierto es que la naturaleza tiende a distraerlo a uno a cada instante, de modo que la música me ayuda a concentrarme. A menudo, no obstante, cuando el hechizo cobra fuerza y vehemencia, ni siquiera me entero cuando acaba la música. O será que los pájaros y el viento la reemplazan sin que yo me dé cuenta. A medida que el sol se mueve hacia el poniente, el trino de los pájaros va creciendo en intensidad y número, si bien la mayoría están ocultos entre los árboles y las enredaderas: un público secreto y animoso sin cuya compañía nada sería igual.

Un día, hace ya años, el vecino de al lado echó abajo una enorme jacaranda cuya copa se alzaba en buena parte sobre mi jardín. Pensé en asesinarlo, entre otras cosas, pero el daño estaba hecho. Me hacía falta su sombra, su estampa, y todavía más que eso el ruido de los pájaros, que ipso facto emigraron hacia horizontes menos inhóspitos. ¿Y cómo explica uno la desolación que le provoca quedarse sin un árbol predilecto? ¿No es verdad que de pronto la pérdida de un perro, evento especialmente doloroso, parecería trivial a oídos de personas inconsecuentes? ¿O será que nos falla la elocuencia para hacer ver lo grande en lo pequeño?

Me rodeé, desde entonces, de enredaderas. Dejé incluso crecer el pasto como milpa, con tal de convencer a cuantos pájaros fuera posible de volver al jardín. Una tarde, la vecina de atrás me llamó la atención. ¿Podía yo asomarme a su propiedad y observar los estragos que mis plantas y árboles dejaban en su patio y azotea? Ciertamente podía, pero estaba escribiendo, y en esa situación tiendo a mandar al cuerno a quien me distraiga. A partir de ese entuerto, nos hicimos vecinos hostiles. O al menos eso fue lo que creí.

"Es una persona muy difícil", me informó el jardinero, que ya se había encargado de podar el pasto y reducir la maleza imperante. En un par de ocasiones, los vecinos podaron por su lado las ramas de mis árboles y enredaderas, sin que yo me dignara hablar con ellos, más por desidia que por antipatía. Pues he aquí que nuestros sendos hogares se hallan construidos espalda con espalda, a medio cerro; si pretendía llamar a su puerta, y antes de eso dar con su fachada, debía recorrer un camino que imaginé sinuoso y extenso.

"¿Es posible librar a los vecinos de la maleza, y al mismo tiempo proteger nuestros árboles?", sugerí al jardinero, y éste no tardó en ir a ver a los vecinos y obtener el permiso para hacer el trabajo desde su azotea. Sólo que en vez de resguardar las plantas y los árboles, el señor encontró más conveniente consumar allá atrás un pequeño ecocidio. "¡Van a crecer de nuevo, ya lo verás!", me dijo todavía y acusó a los vecinos del despropósito. "Fueron ellos, yo no corté más que las yerbas secas", mintió delante de los restos de nuestros árboles, uno y otro sin una sola rama, cortados con serrucho a poco más de un metro del suelo.

Un par de días más tarde, animado por mi mujer, fuimos a conocer a los vecinos. Gente, por cierto, tan amable y simpática que no pude por menos de hacerme perdonar por diez años de terca negligencia. Visto desde su casa, el problema era todo culpa mía. Nada que no se hubiera resuelto fácilmente, de no haberlo dejado en manos de un tercero, que para colmo tenía sus propios intereses. Pues para el jardinero era mejor negocio culpar a los vecinos del problema, levantar una hostil malla de alambre y acabar de una vez con esos árboles, que podar cada vez tantas ramas intrusas.

No acostumbra uno ponerse en los zapatos del vecino de atrás. Parece más sencillo mirar hacia otro lado y opinar, para el caso, que el tipo es un pesado. Y ahora que me esfuerzo en pretender que todo sigue igual y trabajar a espaldas del desastre, puedo olvidar de pronto los troncos serruchados, pero ya no el silencio de los pájaros. Y es entonces que me da por pensar en todas las historias similares a ésta que ahora mismo suceden aquí y allá. Historias pequeñitas, personales y acaso irrelevantes, pero aún así capaces de integrar entre todas una inmensa tragedia, de cuyas consecuencias no nos enteraremos hasta que se hayan ido todos los pájaros y no queden sino los ecos de la nada.