Pronóstico del Clímax

¡Empínese, portero!

¿Qué tanto de perverso y amoroso hay en la relación entre el arquero y la porra enemiga? ¿Quién le metió qué a quién, al final del partido?

Hasta donde recuerdo, la peor clase de puto era el rajón. A uno podían zoquetearlo, allá tras los barrotes escolares, entre diez, quince o veinte abusadores, que aún conservaba alguna respetabilidad si es que no iba a rajarse con los adultos. De idéntica manera, si llegaba a saberse que un compañerito de la primaria se había enchufado a otro, quien caía en desgracia no era el enchufador sino su socio: ese puto cochino que se rajaba igual que una alcancía.

Años después, ya entrados en albures, aprendimos a escarnecer también a quien jugaba el rol de clavija, con el curioso epíteto de mayate. ¿Pues qué hace el alburero al esgrimir su destreza verbal, sino mayatearse a su contrincante? ¿No queda claro que, según sus aserciones, es él quien mete y saca y empuja y arrempuja, mientras el otro se sienta y se empina y puja y se lo estruja? ¿No está todo, desde hace casi dos tercios de siglo, en aquel legendario cuarto capítulo de El laberinto de la soledad? En mi preparatoria, por ejemplo, nos prohibieron leer justo esas páginas; y fue así que ninguno se las perdió. A excepción, claro está de algún par de putitos obedientes. Es decir, ya no el mayate ni el mayateado, sino sus más auténticos antípodas: los recatados y los cobardones.

¿Cómo es posible que unos y otros putos puedan caber en la misma palabra? ¿Y qué sucede entonces con sus falsas amigas, las putas? Si al igual que los putos son ellas las que se abren —no necesariamente con frecuencia y a sueldo, pues depende el insulto del criterio de aquel que lo profiere— es fácil deducir que uno puede tachar de puto o puta a quien le dé la gana, ya sea por las razones más particulares o por las sinrazones menos concluyentes. Si uno se detuviera a razonar los insultos que se dispone a proferir, probablemente se quedaría callado. Ahora bien, el insulto, como el albur, es a veces un guiño. Una carnada. Una extensión golosa del compadrazgo. Un acuerdo entre machos probados o probables según el cual los putos son los otros.

Ahora vayamos a la cancha de futbol: no hay cerebro alburero que no entienda y retuerza la metáfora. Si nuestro equipo cuida la retaguardia, el otro ha de ser víctima de nuestra delantera. Puede que en otras partes los goles se anoten, pero acá entre nosotros los metemos. Por no decir que al fin nos los metemos, clavamos o encajamos, pero eso sería tanto como caer en el albur francés, conocido también como autogol. ¿De qué se trata, entonces, sino de intimidar al portero contrario, en cuyos guantes se halla el himen del equipo y el honor de esos hinchas extranjeros a los que ya temblamos por perforar? ¿Y qué esperamos de ese guardameta, sino que entre a la cancha en el papel de puto y salga convertido en la chingada? ¿La “operación jarocha”, no es verdad? ¿Qué clase de resabios patológicos hay en la rancia creencia nacional según la cual abrirse es condenarse? ¿Le da montón la afición aguerrida al arquero enemigo?  ¿Es la barra pesada del estadio una gavilla de mayates metafóricos?

En todo caso quien pretenda juzgar tendría que empezar por leer el ensayo de Octavio Paz y figurarse los motivos probables de un legítimo hijo de la Malinche para cuidar la propia retaguardia como un trozo del himen de la patria. ¿O es que los mexicanos vamos a permitir que un extranjero ande por ahí contando que los putos hemos sido nosotros? ¿Que nuestros jugadores se les han empinado? Si hasta el día de hoy el porterazo Ochoa es héroe nacional, ello se debe al mérito de continuar cerrado ahí donde los demás ya se abrieron como una… ¿mujer? ¿Y si todo este entuerto tuviera que ver menos con homofobia que con misoginia? ¿Y no por cierto “puto” es el que tiene pocos o ningunos huevos? ¿Qué espera la afición de sus delanteros, sino que le echenhuevos y abran a los contrarios? ¿Cómo entonces vencerlos sin amujerarlos? ¿Y esos pantaloncillos tan mayativos?

La chacota no acaba con el “juego del hombre”, si es toda patrimonio del Club de Tobi: esa hermandad de culos apretados y fanfarrones donde gana el que trae la mejor máscara. Si alguna vez los vemos llamarle “puto” a coro a un arquero adversario, no será porque sepan o sospechen de sus inclinaciones naturales, sino porque se aprestan a inclinarlo, y de hecho empinarlo, hasta abrirlo como una grieta geológica. Lo que en términos técnicos se conoce como gang bang y supone el concurso de un número muy amplio de entusiastas. Si yo fuera el portero, en todo caso, sugeriría a esta banda de perforadores que fueran a encajarle una goliza a la más vieja de su casa. Así es en el futbol, no hay que ser tan putitos.