Pronóstico del Clímax

El paraíso menguante

LA EXPERIENCIA NOS DICE que la preocupación por el dinero no acostumbra esfumarse con su abundancia, sino justo al contrario: se incrementa a niveles francamente antipáticos e inexplicables para esa clase media que cada día acaricia la utopía infantil de cualquier día de estos dar un golpe de suerte y nunca más tener que pensar en dinero 

El problema comienza en la nomenclatura: siempre será más fácil vender un "paraíso" que un "refugio". Cierto es que la palabra inglesa haven incluye ambas acepciones, pero si va uno a hablar del edén mismo basta con añadirle una vocal: heaven. La idea de mandar tus queridos ahorros a un paraíso suena más promisoria y glamurosa que el discreto recurso de enviarlos a un refugio o un santuario. Sitios en los que caen no los premiados ni los privilegiados, sino las víctimas de grandes catástrofes y las especies en peligro de extinción. A ningún millonario le hace gracia aceptar que el dinero, tal cual lo conocíamos, está ya no en peligro, sino en pleno proceso de extinción.

La compulsión callada de esconder las riquezas (más aún si son magras) es tan antigua como el ser humano y no por fuerza indica, como quisieran tantos envidiosos, que se trate de bienes mal habidos. Cualquiera que una vez haya visto crecer su pequeño caudal en un juego de póker sabe el efecto que esto suele tener en la conducta de los demás jugadores, que no tardan en unirse en su contra y de un momento a otro ya viven como triunfos sus tropiezos, aún si no les reportan ganancia alguna. Acaso deslumbrados por su destino mágico, los nuevos ricos suelen pasar por alto que el más grande enemigo de las grandes fortunas es la notoriedad. Teóricamente, al menos, el dinero tendría que sentirse mejor en un refugio oscuro y espartano que entre los reflectores de un edén financiero en mitad del Caribe, especialmente si ha de ser exhibido al lado de su dueño y puestos sus orígenes en tela de juicio.

No hay materia de cháchara más sabrosa que los dineros de los otros. Ya sea porque son visibles y cuantiosos o porque apenas dan para no morir de hambre, los billetes ajenos despiertan toda suerte de pasiones y vehemencias, más todavía entre los orgullosos que aseguran que el tema les importa poquísimo. Ya quisiéramos todos desentendernos de la calamidad metalizada, pero está la cuestión de la supervivencia. Por otra parte, la experiencia nos dice que la preocupación por el dinero no acostumbra esfumarse con su abundancia, sino justo al contrario: se incrementa a niveles francamente antipáticos e inexplicables para esa clase media que cada día acaricia la utopía infantil de cualquier día de estos dar un golpe de suerte y nunca más tener que pensar en dinero.

Tal vez lo más bonito de entregarse a soñar impunemente que se es el dueño de una gran fortuna, es que no hay que pensar en paraísos fiscales. Sitios cuya mención provoca alguna tirria mojigata, pues asume la lógica envidiosa que una ganancia honesta no tendría por qué disimularse, ni merece exenciones tributarias. Flota así la certeza, alimentada por un oportuno vendaval de morbo carroñero y a veces lucrativo, de que los mal llamados paraísos fiscales son no más que guaridas de maleantes. Y tampoco es que al hampa internacional le tenga sin cuidado su dinero, de modo que nada tendrá de raro que en la lista de clientes del presunto santuario figuren por igual personas intachables que criminales de la peor calaña.

Añora uno los tiempos del colchón, entre tanta rabia maledicente. Entonces el dinero compraba libertad y hoy día ocurre justo lo contrario. Si se tiene dinero y a pesar de ello rastro de buen juicio, lo que toca es vivir entre tinieblas, con la aprensión quizás premonitoria de un día despertar en la primera plana de todos los periódicos o en la mazmorra de unos secuestradores. Por alguna razón oscura y pestilente, a la gente le causa voracidad la información en torno a la riqueza ajena. El sufrido deleite de ensañarse con el afortunado y absolverse de los propios fracasos a fuerza de tacharle de maleante. Eso lo explica todo, ya salió el peine, ya decía yo... Nada hay peor en la envidia que el regocijo.

Si he de ser franco y algo irresponsable, no me disgustaría ver mi nombre incluido entre los cuentahabientes de los Panama Papers. Me sería sin duda más sencillo explicar el origen de mi dinero que seguir correteándolo día tras día, pero no todo el mundo piensa igual. ¿Quién necesita jueces, juzgados, pruebas, fiscales, defensores, actas, si para eso están ahí las redes sociales? ¿Quién quiere periodistas, con todos esos hackers ambiciosos de gloria instantánea por el mérito estólido de robarse una base de datos y publicarla sin criterio alguno? ¿Qué tal si por principio se condena a los nombres ahí incluidos a una dosis de linchamiento preventivo, quién les manda tener tanta lana de sobra, y para colmo oculta, y por si fuera poco nada me toca a mí?

Al pequeño policía que como todo el mundo llevo dentro también le gustaría lanzarse a señalar estafadores, pero sucede que odia investigar. Preferiría, como tantos otros, acusar y juzgar sin más sustento que la suspicacia. Prima hermana, por cierto, de la antipatía. Y es que hoy día está de moda ser policía. Exhibir a los otros, escarnecerlos, estigmatizarlos. Es muy fácil y es gratis. ¿Querían paraísos? Lidien entonces con nuestros demonios.