Pronóstico del Clímax

Apuñalando a mamá

Caía la tarde de un viernes apacible cuando una criminóloga nayarita hizo verdad el sueño de buscar libertad en el parricidio.

Mi nombre es Venus María Valdez Ponce, estoy aquí porque maté a mi madre”, confiesa la mujer —28 años, delgada, diadema que contiene una melena larga y oscura, ojeras ostensibles, talante tan sereno que asusta de por sí— y alza las cejas como para insinuar que son cosas que pasan, qué le vamos a hacer. Delante suyo están cámaras y micrófonos: testigos de cada uno de esos parpadeos que apenas si delatan su nerviosismo en medio de un relato tan sencillo y directo que en momentos parece despreocupado. Especialmente cuando alza las cejas, como para dotar a los hechos que cuenta de algún aire casual y cotidiano.

Según Venus María, el empeño de acabar con la vida de Aurora Valdez del Ángel —53 años, empleada del Servicio Médico Forense a la que sus cercanos llamaban “Aurorita”— no era nuevo, ni falto de motivos. La hija quería mayores libertades, tanto así que una vez amenazó a mamá con suicidarse, pero la indiferencia de Aurorita (“Si quieres mátate, no me importa”, la desafío la madre en su momento) la llevó a decidir que no cabían ambas en el mismo planeta. Maestra en psicología criminal y aficionada a la televisión, Venus María fue fraguando un plan que requería del uso de hielo seco: material que no pudo encontrar en su natal Tepic, de modo que se armó de unos cuantos somníferos y un aparato inmovilizador. La idea era dormirla primero y acto seguido electrocutarla.

Una vez con la madre narcotizada, Venus María le aplicó una descarga eléctrica, con tal mal tino que en lugar de abatirla logró reanimarla. Una vez enfrentadas —la madre groggy, la hija armada de un cuchillo de cocina—, Venus asestó varias puñaladas al pecho de Aurorita, quien se desvaneció sobre la cama y quedó enteramente a merced de la hija (“me golpeó, intenté defenderme”, se explicará más tarde la acusada). Fue entonces cuando Venus encontró que la vocación de parricida le quedaba algo grande, pues aun resuelta a todo no se atrevía a terminar de acuchillar a la señora que la trajo al mundo, así que le llamó a “la persona que sabía que lo iba a hacer” (lo cuenta una vez más con las cejas arriba, como quien se refugia en la ironía para restarle peso a su relato).

Según relata Myriam Concepción Corona Rojas —cabello recogido, indumentaria negra, lágrimas incesantes, ademanes piadosos— Aurorita “no se quería morir”, por lo cual decidió acudir al rescate de Venus María, con la sola intención de evitarle a la madre todo aquel sufrimiento. Con la almohada entre manos, Myriam quiso asfixiarla sobre la cama, pero igual la mujer recobró bríos y de nuevo intentó defenderse, tras lo cual cayó al piso, boca abajo. Tenerla al fin así, de espaldas y en el suelo, bastó a la hija para tomar aire y lanzarse sobre ella, cuchillo en mano, hasta encajárselo unas veintisiete veces. Treinta y dos en total, según repetiría la prensa días después de la tétrica tarde del viernes 13 de diciembre del 2013.

Mal podría decirse que la impulsiva Venus tuviera todo fríamente calculado. En principio esperaba que el cuerpo de su madre se pudriera, de modo que no hubiera evidencias palpables, pero al cabo echó mano de la camioneta Jeep que aquella tuvo en vida para ocultar el cuerpo en el interior y estacionarla en un terreno baldío. Para el domingo, Myriam ya no podía con la culpa: llamó a la fiscalía y delató el paradero de la hasta entonces desaparecida. Un par de días más tarde, las dos amigas lo relataban todo delante de la prensa nayarita, tras lo cual el fiscal adscrito al caso anunciaba que pediría cincuenta años de cárcel para cada una.

“Si volviera a nacer, lo volvería a hacer”, afirman los cronistas que declaró también la parricida. Motivo suficiente para que los lectores dejaran en la página electrónica de uno y otro diario comentarios extrañamente solidarios para con la asesina. “Habría que ver la clase de madre que sería esa Aurora”, opinó alguien, y a su vez desató el entusiasmo de otro comentarista sin rostro: “De tal palo, tal astilla.” Los medios, por su parte, tuvieron suficiente con la frialdad de Venus para hablar de cinismo descarado y espeluznar mejor a sus lectores.

¿Qué debería uno hacer a la hora de confesar un crimen de por sí incalificable? ¿Lloriquear como Myriam, con la mano en el pecho, o alzar las cejas en el estilo cool de Venus María? ¿Quién va evitar lavarse la conciencia frente al relato helado del horror? ¿Por qué no lanzar piedras para ahorrarse el peligro de contagio? ¿Cómo no ir a YouTube y dejarse hechizar por el espanto? ¿Cómo eludir, al fin, la sugerencia implícita de que el horror es cosa cotidiana y está siempre más cerca de lo que uno creía?