Pronóstico del Clímax

Amor, dichoso empacho

Nadie entiende al amor, menos aún a quien se enferma de él. Pero de eso se trata: pobre del que lo entienda.

¿Quién diablos es Amor? El diablo lo sabrá. Cree uno reconocerlo cuando lo ve venir, igual que de repente percibe la inminencia de un catarro, y hasta encuentra la forma de hacerse el sorprendido, pero es verdad que lo estaba esperando y no es que sea catarro sino ya pulmonía para el intelecto. Por alguna mandona sinrazón, las neuronas se niegan a seguir respirando y el instinto jadea como un tísico, de modo que al enfermo no le queda sino enseñar esa sonrisa estólida, digna de Winnie Puh con un ácido adentro y asumir que la vida le ha premiado.

Como tantos sonrientes drogadictos, el pobre enamorado cree que puede escribir y perorar sobre el asunto, cual si el ángel le hubiese rozado la cabeza y disfrutara de una lucidez a la que ningún otro tiene acceso; supone incluso que es capaz de ver lo que para otros —¡pobres!— permanece en la sombra, detrás de su cinismo resignado. “Te ves contento”, opinan los amigos, pero más de uno entre ellos prepara ya la paja y la esparce en el piso donde habrá de caer más temprano que tarde el empachado. Pues lo cierto del caso es que jamás lo pudo ver venir, y cuando eso creyó era porque el veneno iba y venía ya por sus arterias y no tenía la fuerza para salir corriendo en busca del antídoto. ¿Cómo va uno a correr, después de todo, si la evidencia indica que puede volar?

El amor va dejando una hilera de deudas que muy probablemente no podrá pagar. Son las expectativas: cheques de hule que usamos para avalar futuros hipotéticos donde nada jamás podría faltarnos. Pues quien ama se siente generoso, tanto así que supone ser objeto inminente de una idéntica dadivosidad de parte del suertudo ser amado, y si tal no sucede se presumirá víctima de altísima traición. ¿Cómo es que el tal Amor no confiere a los meros antojos y deseos el rango de derecho inalienable? ¿Quién se cree ese arrogante ser amado para opinar distinto de quien le entrega todos sus pensamientos en nombre de un problema tan sinuoso que se presenta como solución? ¿Y quién tuvo el mal gusto de invitar a los celos a la fiesta?

(Razona uno estas cosas con la cabeza metida entre hielos, como para dejar en evidencia que no ha perdido el piso y aún tiene algún acceso a la objetividad. “Mírenme, no estoy loco, soy el mismo de siempre”, parecería gritar su mueca de flagrante desapego, y es como si quisiera convencer al psiquiatra de darle de alta por falta de méritos, sólo para después salir corriendo en busca de unas flores que le alcancen para probar exactamente lo contrario. Pues quien ama sospecha que la cordura es crimen y la objetividad pobreza espiritual.)

Amor es el tirano más votado. En su nombre se ejercen renuncias arbitrarias que ya sólo por eso se quieren meritorias. Lleva el enamorado sobre el pecho las medallas de cada privación (voluntaria, enjundiosa), con la ilusión fanática de un eremita y la certeza de un viejo acreedor. Por lo demás supone, y al instante siguiente da por hecho, que sus abdicaciones evidencian el desdén nobiliario por todo cuanto al resto de su especie le es necesario, útil o indispensable. Puede vivir sin sueño, comida o diversiones y exhibe esa rampante suficiencia para que no haya dudas en torno a su avanzado estado de gracia (Amor es su pastor le falta, nada).

“¡El amor de mi vida!”, presumimos, cual si no soportásemos la idea de que el más perseguido de los sentimientos tuviera solamente una existencia y no entendiera de resurrecciones. Pues la idea es subir hasta su reino y nunca más moverse ya de allí. La idea es pertrecharse para siempre de besos con idéntico sabor y no obstante distintos, urgentes, suculentos. La idea no es más que eso: una ráfaga eléctrica en los sesos dispuesta a transformarse en ideología, catecismo, deidad (en ese fatal orden cronológico). Y es que al final la idea es envidiarse a sí mismo por pensar lo impensable y experimentar pena por esos inocentes que se jactan de razonar con los pies en la tierra: insectos que se ignoran, ¿no es verdad?

La verdad y el amor viven de espaldas. Pues si aquélla se jacta de poder ser probada y comprendida, éste se enorgullece de continuar probable y preferentemente incomprensible. Ya sabemos que el empachado hará todo por explicar su sentimiento, y acaso pasará media noche tranquila tras haberlo intentado, pero si el virus en verdad está vivo regresará a alertarle con una desazón no menos lastimera que envidiable: la única prueba clara de que sigue aún vivo y en manos del demonio, bendito sea Dios.