Pronóstico del Clímax

Amigos del Ku Klux Klan

SI HOY LOS REPUBLICANOS decentes y congruentes no hacen causa común contra el palurdo, ya habrá otros más osados que hagan lo propio a nivel planetario, pretextando que todos los estadunidenses son iguales a Trump, y por tanto objetivos militares

Juran los extremistas que el centro es fantasía. Si ellos son incapaces de ver en las opciones de este mundo ya no toda una gama de colores, sino siquiera una escala de grises, porque así lo han querido y les conviene, la sola sugerencia de tonos y matices les parece ofensiva, indignante, inmoral. Prefieren, para el caso, a sus antípodas, que cuando menos tienen la entereza de abominar abiertamente de ellos. Permanecer neutral, indiferente o, lo que es peor, partidario de la negociación es pedirles a gritos condena y escarmiento. Pues nadie mejor que ellos, naturalmente, puede encontrar al diablo —esto es, al enemigo— agazapado tras nuestra tibieza. Somos esbirros suyos, lo sepamos o no, y como es evidente somos todos iguales.

Nunca me han caído bien los republicanos, pero igual más de uno de mis amigos gringos votaron contra Obama y eligieron a Bush. Cuando hablamos del tema, nos jodemos con pullas y chistes agridulces que culminan en unas buenas risotadas. Es decir que por más que sus modos y creencias suelan serme antipáticos, mal haría en creer que los republicanos son todos iguales. Una exageración muy popular entre los extremistas, que nos quieren a todos para ser pastoreados o aplastados. Por eso no soportan la civilidad y la decencia en quienes ya tacharon de traidores e hipócritas, luego entonces indignos de piedad. Hoy día, sin embargo, los extremistas de este mundo, más allá de su signo religioso o político, se han sumado en favor de los republicanos. Están hartos de Obama, evidentemente. Les urge un enemigo cínico, mentiroso, patético y ridículo para echar leña al fuego de cruzadas con esos mismos atributos. ¿Quién sino Donald Trump, ese patán chirriante y vergonzoso, para dar cara y cuerpo al imperio maléfico de sus catecismos?

Quiero creer, por sanidad mental, que mis buenos amigos conservadores no votarían por uno como Trump, aunque tampoco sé si lo harían en su contra. Esto es, por los demócratas; no porque los aprueben ni dejen de creerlos equivocados ni esperen algo bueno de Hillary Clinton, sino por una mera situación de emergencia. Nada urge tanto a tantos como poner un freno a Donald Trump.

Los decapitadores islamoides tienen sus esperanzas puestas en Trump: el enemigo leal y consecuente que prometió matar a sus mujeres e hijos y encuentra en la tortura una herramienta de primera mano. Los tiranos, más allá de su signo, encuentran tierra fértil para sembrar el miedo en el cosmos atroz que pinta el bravucón precandidato en esos borboteos de vileza y zafiedad que suelen ser sus alocuciones. Y entre los victimistas, tan abundantes al sur del Río Bravo, difícilmente cabe pensar en un villano más idóneo que el patán de Manhattan.

Se equivoca el votante cándido y asustado cuando asume que, de ganar la presidencia, las víctimas de Trump serían los terroristas. Gente a la que, por cierto, no le preocupan mucho las muertes de los suyos, y al contrario, los hacen más feroces y numerosos. Si hoy los republicanos decentes y congruentes no hacen causa común en contra del palurdo, ya habrá otros más osados que hagan lo propio a nivel planetario, pretextando que todos los estadunidenses son iguales a Trump, y por tanto objetivos militares.

Las auténticas víctimas de los extremistas no suelen ser los otros extremistas, sino el gentío de en medio que ellos, ciegos de odio, no reconocen. Pueblerinos del mundo, pugnan por aliviar sus envidias aldeanas con el ungüento agrio de la revancha. Padecen el delirio del rancho grande y azuzan el orgullo del rebaño para no dar un paso más allá del corral. Viven aún cautivos de una guerra fría que los de en medio dábamos por muerta. Ellos y Donald Trump, cada uno en su trinchera y todos al unísono, han puesto sus apuestas al lado del Partido Republicano.

Basta con observarlo por un par de minutos para asumir su peligrosidad. Un maniático así sería capaz de rescatar la popularidad de Nicolás Maduro, si no la de Al Qaeda y el Califato. Y eso es aún poca cosa, pues a partir de Trump en la oficina oval habría en el mundo ejércitos de idiotas con razón. Si a su lado los Bush son unos liberales de izquierda, se entenderá que el resto de los de en medio seamos una banda de bolcheviques, según el constructor de mala fama que promete alzar bardas con dinero ajeno.

El respeto: he ahí el blanco favorito de Trump. Ya sea porque a nadie que no vaya tras él le concede la mínima respetabilidad, o porque espera que sus seguidores se salpiquen de mierda hasta dejar de lado el mínimo respeto por sí mismos. Quiero decir que no sé cómo haría para tener amigos en el Ku Klux Klan, o siquiera aceptar uno de sus elogios, o tragarme el oprobio de su aprobación. Tampoco me imagino qué argumentos tendría que retorcer para justificar la atrocidad de un voto en favor de un aliado del KKK. ¿Serán "todos iguales", los republicanos? Sólo venciendo a Trump constará lo contrario.