Pronóstico del Clímax

¿Alguien teme a los de azul?

La palabra “seguridad” tiene que ser un chiste ahí donde el uniforme de la policía es el hazmerreír de la ciudadanía.

Esperamos que respeten la ley, pero también que sepan hacer una excepción. Queremos que sean ellos quienes nos defiendan, por más que nos divierta mirarlos indefensos. Nos parece correcto que se hagan respetar, aunque nunca los hemos respetado. Sabemos corromperlos cuando llega a ofrecerse, pero igual nos indigna que sean corruptos. Alzamos nuestra ciudadana voz en caso de enterarnos que alguno discrimina, aun si lo más común es discriminarlos. Nos referimos al resto del mundo con impecable corrección política, pero de ellos podemos hablar pestes cual si no merecieran el rango de persona y ya su sola gorra fuese un estigma. Total, son policías.

Pocas palabras hay en el diccionario tan mentirosas como seguridad. Peor aún si sucede que ésta se halla en manos de gente a la que poco o nada se respeta: funcionarios que ya por el hecho de serlo tienen la facha entera de sospechosos, y como es natural no merecen el beneficio de duda alguna. Si se visten de azul deben de ser mañosos, sobornables, indolentes, palurdos, chantajistas, cínicos, desalmados, ignorantes, groseros y desde luego buenos para nada. Damos por hecho, aparte, que están siempre vendidos a los peores intereses, de manera que uno se siente más seguro lejos de ellos que bajo su mirada.

Diferente actitud nos merecen de pronto los policías gringos. Basta con que uno se nos plante enfrente para que toda nuestra arrogancia cívica se torne mansedumbre inopinada. Y si pasa que el oficial de policía nos detuvo por una falta al reglamento de tránsito, habrá que ser muy bestia para arriesgarse a untarle la mano. Uno, tan habituado a negociar con los uniformados locales, agacha la cabeza y obedece delante del gendarme angloparlante, toda vez que ya sabe lo que puede costarle un desacato, o siquiera una broma fuera de lugar. No se espera que el policía gringo conozca la piedad, la tolerancia o el sentido del humor, menos aún que se siente a negociar.

“La mitad de los aspirantes son unos brutos”, me cuenta un oficial californiano, egresado muchos años atrás de la academia donde con trabajos uno de cada 130 candidatos termina convertido en policía. El resto va quebrándose conforme la exigencia imperante los hace recular y comprender que no nacieron para policías. Día tras día, los solicitantes son vapuleados por toda suerte de gritos y aspavientos de maestros y oficiales, sin importar gran cosa si cumplieron o no con su deber. Todos, sin excepción ni queja concebible, reciben los regaños y castigos. Se trata de abrumarlos con insultos, presiones y abusos sin medida, en la certeza de que sólo unos cuantos tienen madera para un trabajo como aquél al que aspiran. Seguramente hay malos carpinteros y peores lavacoches, pero un mal policía sale muy caro. Por eso allá los hacen respetables.

Si queremos hacer una caricatura inverosímil de un policía mexicano, basta con dibujarlo intransigente. Si en otras latitudes los de uniforme son duros y firmes, aquí son tan flexibles como un vendedor de seguros: lo suyo es adaptarse a cada circunstancia. Y aun si se propusieran ser indoblegables, todo el sistema operaría en su contra. El problema es que al fin su trabajo es cuidar el imperio del orden, y que en cierta medida necesitan hacerlo a pesar de un entorno tan desfavorable como el que les rodea, con todo y mala fama. Más tarde o más temprano habrá de ser preciso recurrir al heroísmo del que nadie sabrá. Quién les manda meterse a policías.

¿Qué motivos conducen a un mexicano a vestir el uniforme azul? Puesto a elegir entre policía o maleante, me temo que me iría por la opción b. Seguramente sería más respetado y encontraría menos verdaderos obstáculos. Buscaría la forma de profesionalizarme sin despertar envidias y celos en mi gremio. Me haría tan duro como fuera preciso y contaría con enemigos flexibles. Incluso si cayera en las temidas manos de la policía, podría culparlos de incontables maltratos e injusticias y habría esperanzas de salirme con la mía. Cualquier cosa con tal de no ser policía en este país donde seguridad e inseguridad son poco menos que la misma cosa y llevar gorra azul es condenarse a ser víctima cotidiana del menosprecio ajeno.

La mayoría no tiene vocación, y entre quienes la tienen sobran quienes prefieren conservar el trabajo a arriesgarlo con una intransigencia. Aún así, se encargan de cuidarnos. Sus enemigos son nuestros enemigos, pero los vemos por encima del hombro, como si fueran menos personas que nosotros. O como si tuviéramos los derechos humanos que a ellos les faltan (con lo sencillo que es discriminarlos, sin que nadie se atreva a defenderlos). Que se jodan, ¿no es cierto? ¿Quién les manda meterse a policías?