Pronóstico del Clímax

¿Alguien dijo dinero?

¿El petróleo es sagrado y el billete apestoso? ¿Al Pueblo le da igual el cochino dinero o será que eso creen sus rescatistas?

El cuento es tan trillado que sirve de proverbio: hace ya muchos años que la tatarabuela recobró sus tierritas. Tal parece que estaban en poder de ciertos agiotistas extranjeros que apenas si pagaban una renta simbólica por explotarlas sin vergüenza ni medida. “Son la herencia de mis tataranietos”, dijo en un arrebato matriarcal y resolvió sacarles jugo por su cuenta. Desde entonces, referirse a las tierras de la tatarabuela es meterse en asuntos sagrados, y con ello arriesgarse a la profanación. Peor aún si alguien osa hablar sobre dinero, puesto que (oficialmente, cuando menos) ese asunto a ninguno le preocupa. Es cierto que ninguno la conocimos, pero si el tema es ella y sus riquezas lo que toca es emplear palabras como sangre, cariño, linaje, dignidad, legado… Ay de aquél que siquiera le ponga precio alguno a lo que es invaluable de por sí. Las tierras de la buena de la tatarabuela no se tocan: sólo eso nos faltaba.

Hay herencias de plomo, y ésta es de ésas. Igual que la derecha persignada jamás habla del sexo, sino de la familia, que a su turbio entender es cosa yuxtapuesta, la izquierda clerical experimenta un bochorno entre asqueado y cejijunto si alguien le toca el tema del dinero. Puesto que lo que importa es el Pueblo, la Patria, el Porvenir de Todos. ¿Quién va a ser tan canalla para perder el tiempo en pequeñeces ruines y apestosas como pesos, centavos y réditos compuestos, cuando están de por medio la Historia, los Principios, la Nación? Pues así como unos nunca nombran al sexo para que quede claro que no piensan en él, otros ponen su esmero en demostrarse inmunes al penetrante aroma del billete.

Nunca en mi vida he visto un barril de petróleo, si bien creo recordar que su precio anda cerca de los cien dólares. Ahora que si pretendo quedar bien con los celosos beatos de la Historia, debo hablar no de precio sino de valor. “¡La Patria no se vende!”, repiten con los ojos encendidos de un exorcista ante el Armagedón, y es entonces que me da por pensar en las tierritas de la tatarabuela. ¡Tanto que las cuidó la pobre viejecilla! ¿Quién va a ser el canalla que las malbarate?

Ahora bien, no se trata de ser necios. Las tierritas de marras podrían ser muy buenas para hacer realidad algún proyecto hermoso que sería el orgullo de la difunta. El problema es que cada tataranieto tiene ideas distintas al respecto, tanto así que ninguno consiente en negociar. Ave María Purísima, qué verbo sospechoso. Hay incluso quien teme o asegura que acceder a la idea de la negociación equivale a entregarse sin recato y requiere en principio bajarse los calzones. Nada que no haga uno cada vez que va al baño. Nada que no haya hecho la tatarabuela para traer al mundo a su progenie, pero los pudibundos aún hoy se sonrojan: jurarían que la venerable mujer se reprodujo por bipartición.

Si el sagrado petróleo fuera a dar a las manos de quienes se pelean por defenderlo, nada raro sería que lo explotaran por todos los medios sin menoscabo alguno para el Pueblo, la Patria y entelequias afines. Puesto que la traición a que tanto se alude no consiste en venderlo al por mayor, sino en darle al dinero un distinto destino al soñado por los inquisidores. Es decir que lo sacro no es tanto el oro negro como el billete verde. Igual que las tierritas de la tatarabuela, cada tataranieto jura que planea invertir lo que los otros sólo quieren malgastar. Pero no son las tierras, es la lana. La marmaja. El billullo. La feria. La obscenidad metálica. El cash. Fuchi-qué-asco, ¿verdad?

No hay dinero más feo que el que se guarda en la cartera ajena. Se le ve de perfil, con ojos resentidos y ambiciosos, igual que el mojigato mira con desconfianza espantadiza los muslos descubiertos y espléndidos que no habrá de tocar más allá de sus sueños. Hay una calentura sesgada e impotente fluyendo por debajo de tanta indignación. ¡Qué cositas más lindas haría el infeliz si tan sólo pudiera acariciar las largas pantorrillas de esa guapa distante cuya sonrisa enciende la luz del universo! ¡Cuánta felicidad repartiría el cura entre los pobres si brillara en sus manos el efectivo que otros atesoran y de seguro gastan en vicios innombrables!

¿Petróleo? ¿Cuál petróleo? ¿Quién va a perder el tiempo en discutir si las sagradas tierras de la querida tata son mejores para sembrar maíz, tomate o aguacate, una vez que el cliente enseñó la chequera? ¿Quién habla en realidad de otro tema que el contante y sonante? ¿Quién va a ser el primero en santiguarse?