Pronóstico del Clímax

Acelere, compañero

Una izquierda que no entiende aritmética trabaja sin saberlo para la derecha: los que supuestamente saben de números.

No sé qué sea peor, un administrador ladrón o uno inepto. Tampoco me imagino cuántos de éstos y aquéllos pertenecen a ambas categorías. Lo que sí está a la vista es que los hay públicos y privados, y menudean entre los primeros personas de intachables intenciones manifiestas, consistentes en ver por los intereses de las clases menos favorecidas. Curiosamente, los más radicales entre los defensores de San Pueblo suelen perder delante del escritorio los méritos ganados al megáfono. ¿Y cómo no, si en las calles la gente les aplaude y en la oficina no les salen las cuentas? ¿Qué debería elegir un mal administrador de buena conciencia, la fama de ratero o la de ineficaz? ¿Es revolucionario desdeñar la aritmética? ¿No es corrupto, según su catecismo, quien vende entre los pobres un mal producto? ¿Y no sería de izquierda, incluso muy de izquierda, administrar el patrimonio público mejor que la derecha lo hace con el privado (toda vez que se tiene una causa mejor, teóricamente)?

Hace unos pocos años, conocí a una alta ejecutiva cubana que iba y venía por las calles de Miami en un carrazo con olor a nuevo. No le daba vergüenza ser rica intempestiva, y al contrario: sentía comezón por relatar a quien quisiera oírla su historia de balsera fugitiva. Llegó con una mano atrás y otra adelante sólo para enterarse, nada más ir en busca de trabajo, de que en términos meramente laborales era una analfabeta. ¿Cómo iban a creer sus nuevos empleadores que una mujer como ella, que hablaba dos idiomas y tenía una carrera, no supiera lo que era una hipoteca? En todo caso no eran materias tan difíciles, si a seis años de entonces la ex balsera sobrevivía a bordo de un Ferrari. “No te creas”, le hacía un guiño travieso al pasajero, “este milagro se lo debo a San Leasing.”

Adivine el demonio la clase de macumba numérica que haría falta a un cubano de la isla para comprarse al fin un carro nuevo. Una vez que el estado eliminó candados para la importación y venta de autos, se sabe que sus precios son tan abusivos que ni el mejor arrendamiento financiero permitiría que un salario promedio diera al menos para comprar un coche usado. Esas matracas que en Florida se ofrecen a dos mil dólares, en Cuba, ya con suerte, salen en quince mil. Ahora viene un problema de Aritmética: supongamos que cierto empleado de una empresa extranjera afincada en La Habana toma la decisión de comprarse un coche y encuentra alguna forma de financiamiento. Su salario equivale a 400 dólares mensuales, pero el gobierno le quita 95 %, de modo que le quedan sólo 20 dólares, de los cuales está dispuesto a usar hasta la cuarta parte cada mes para ir amortizando la deuda automotriz. ¿Cuánto le tomaría terminar de pagar la carcachita? Sin contar intereses (violencia innecesaria, a estas alturas), acabaría en 250 años.

Las cuentas del gobierno comunista son en tal modo raras e hiperbólicas que un Peugeot de los caros en tierras cubanas anda arañando el precio de un Rolls-Royce en Manhattan. Habría que ver qué piensa de esos tabuladores el aguerrido pájaro de Nicolás Maduro, azote de los encarecedores y Vanguardia del Pueblo Saqueador. ¿Debe El Pueblo gozar de autos y combustibles irrealmente baratos, igual que en Venezuela, o asumir que la irrealidad corrompe y reservarla para la oligarquía, como el caso de Cuba? ¿Cuáles números cuadran, al final? ¿Qué va a hacer el gobierno al servicio del Pueblo para que el Pueblo no vaya a enterarse de lo que en verdad cuesta lo que vende?

Nadie que no sea rico entre los ricos soñaría pagarse un coche nuevo en la Cuba de la gran apertura. Es decir que aún quien logra la proeza de estrenar uno de los baratitos a cambio de un millón de pesos mexicanos, deberá abrirse paso cada día entre hordas de peatones mal pagados que tampoco terminan de olvidar medio siglo de arengas retumbantes contra todo vestigio de enriquecimiento. ¿Puede uno conservar la conciencia tranquila en Camagüey, al volante de un trasto clasemediero por el que pagó tres millones de pesos? ¿Para excesos así no hay actos de repudio? ¿Cuánto tiempo calculan, si es que lo han intentado, los administradores de la fe popular que unas cuentas en tal extremo alegres consigan resistir el peso reaccionario de la realidad?

Déjenme adivinar: no quieren ni pensarlo. Todo ese tema de los números fríos les parece no más que una provocación del capital. Un prejuicio burgués. Una afrenta a la Historia. Por no decir también que es un vicio de pobres: gente que cada día hace milagros por compensar en su pequeña vida los malhadados números de otro administrador ladrón o inepto.