Pronóstico del Clímax

"AAA. Vendo el mundo"

Si uno busca explicarse cómo y por qué es posible un gigante del tamaño de Amazon, necesita concluir que esto no está pasando.

Han pasado tres años nada más y ya parece que es historia antigua. Aquel libro costaba diecinueve dólares en el Barnes & Noble de la Quinta Avenida: con él hacía yo fila de camino a la caja, mientras me entretenía navegando por amazon.com, colgado del WiFi de la librería. Un minuto más tarde, ya me había enterado que el mismo libro, entregado en la puerta de mi casa en México, podía costarme medio dólar menos, aun antes de cargarle el impuesto estatal que elevaría la diferencia a dos dólares.

Presa de algún remordimiento añorante, dejé la librería con las manos vacías y la compra hecha. Amén de los dos dólares, me había ahorrado un rato más de espera y el flaco privilegio de sumar el ladrillo a mi equipaje, pero igual no dejaba de sentirme como aquel personaje de Kundera: el ingenioso aliado de sus sepultureros. Diez días después, tenía el libro en las manos. (Otro, más ahorrativo y previsor, se lo habría enviado al hotel en Manhattan, de modo que el total no pasara siquiera de doce dólares. ¿O es que alguien todavía iba de compras a Nueva York, en lugar de pedirlo todo en línea y gastarse ese tiempo en recorrer lugares más soleados?)

¿Diez largos días de espera? ¿Libros de doce dólares? ¿Siete más del envío por correo? Números de anteayer, y no obstante caducos y ridículos, si hemos de compararlos con la oferta reciente de la tienda más grande —también la más surtida, barata y poderosa— del mundo. La única cuyas ventas monstruosas y globales le permiten bajar costos y precios a niveles que nadie más podría sostener sin irse a la quiebra. En términos prosaicos, Amazon vende todo, a todo el mundo. No es de extrañar que hoy día sustituya el correo por la mensajería internacional, a precios irrisorios y en la mitad o menos del tiempo de entrega.

En realidad no sé si me entusiasma o me espeluzna que existan invenciones como Kindle Unlimited, que a cambio de diez dólares al mes te permite elegir entre seiscientos mil libros electrónicos para leer los que te dé la gana. ¿Serán millones, de aquí a pocos meses? ¿Quién querrá ya gastarse un par de dólares en cualquier otro libro, sin calcular que está siendo estafado? ¿Qué autor profesional podrá sobrevivir, de aquí a unos años, más allá del amparo de un sistema en tal modo inexpugnable?

Y sin embargo cuesta mucho quejarse. ¿Quién no quisiera que sus proveedores le dieran precios insuperables, envíos muy veloces, fletes baratos (cuando no gratuitos), eficiencia absoluta, información completa, comentarios auténticos y atención personal a extremos invasivos? ¿Quién no preferiría que un solo vendedor le ofreciera toda la mercancía imaginable con tan mefistofélicas prerrogativas? ¿O es que existe algún otro que ose así delirarlo?

Allá por el final de los noventa, Jeff Bezos se jactaba de que su ya famosa librería en línea funcionaba con treintaitantos empleados. A tres lustros de entonces, el mamut ha crecido en la medida que se ha ido apoderando de unos y otros mercados. No hay cómo contenerlo, aun si su monstruoso desarrollo supone el incremento de los riesgos y el arribo funesto de las pérdidas.

Se sabe que en el último trimestre, el proveedor más grande del planeta registró pérdidas por 125 millones de dólares, cantidad más o menos insignificante cuando se le compara con los cerca de veinte mil millones que la tienda factura en un solo año. El motivo, se explican sus voceros, tiene que ver con la inversión reciente en nuevas y multitudinarias contrataciones. Para dar esos precios, y hasta mejorarlos, Amazon necesita multiplicar sus ya múltiples ventas a niveles que invitan a traspasar los límites de la cordura.

A dos décadas de su fundación, la tienda de Jeff Bezos da empleo a poco más de 130 mil colaboradores. Lo que en principio no era sino una buena interfaz y un envidiable banco de datos es hoy día un sistema de información y ventas que mataría de envidia a media Gestapo. Yo mismo no exagero si digo que el archivo de amazon.com me conoce mejor que buena parte de mis amistades. Como me lo recuerda en cada promoción, el sistema domina mis intereses, devaneos, carencias, perversiones y malos gustos privados; sabe lo que me falta o va a faltarme, puede leer mis huellas y archivarlas, no olvida ni uno solo de mis clics. Lo mandaría matar, si no supiera que es un autómata.

En términos sensatos, Amazon no parece una empresa posible. Jeff Bezos mismo pasaría hoy, al mando de su imperio inenarrable, por villano emblemático de Ian Fleming, si bien justo es decir que parece mejor equipado que varios de ellos juntos no sólo para hacerse con el mundo, sino para comprarlo y venderlo indefinida y sucesivamente. Si uno busca explicarse cómo y por qué es posible un gigante del tamaño de Amazon, necesita concluir que esto no está pasando.

Consulto mi historial de compras en la tienda: en los recientes años pasé de comprar libros y discos a pedir toda suerte de chivas y artefactos. A veces me rebelo y salgo en busca de una tienda con techo, paredes y personas, pero a menudo acabo regresando a los brazos del robot que Jeff Bezos tuvo a bien asignarme. Si estuviera en cualquier otro siglo, daría por hecho que esto es un embrujo.