La séptima función de la imagen

Hace unos días terminé de leer La séptima función del lenguaje, novela del francés Laurent Binet publicada en español por Seix Barral. Interesante e ingeniosa la novela, es una entretenida combinación entre cuento policiaco y tema filosófico incluidos pensadores de todas las áreas, en especial, en este caso, de las humanidades. Quizás la única limitación que tenga es que quien no esté familiarizado con la política francesa de los 70 y 80 y con figuras como Searle, Kristeva, Derrida, Althusser, Barthes, vida y obra, se llegue a sentir perdido o no encuentre mayor significado a la participación de estas personas en la trama central de la novela. Diría, en este sentido, que se trata de una versión modificada de las novelas históricas de Umberto Eco.

No voy a reseñar la novela. Ni es el espacio ni es mi papel, solo diré que la séptima función del lenguaje sería aquella que, al aplicarla, al emplearla, haría que prácticamente cualquier escucha obedeciera a su interlocutor sin chistar. Vista de esta manera, como una auténtica arma, el deseo por poseerla desata todo género de situaciones policiacas que van dando cuerpo a la narración.

Según el teórico ruso-norteamericano Roman Jakobson, el lenguaje, en términos generales, cumple con seis funciones: la expresiva, la apelativa, la representacional, la fática o concreta, la poética y la metalingüística, con ellas no solo logramos comunicarnos, sino que con ellas construimos el mundo que nos rodea, el que no es natural, de ahí la importancia que tiene no la comunicación o estas funciones, sino el lenguaje en sí mismo. Pues bien, según la novela de Binet habría una séptima función, una especie de sortilegios o fórmulas mágicas cuya finalidad sería hacer que las cosas ocurran tal y como se describen o enuncian.

El mundo no natural en el que nos encontramos es, como se dice más arriba, consecuencia del lenguaje o más específicamente, del uso y aplicación de sus funciones según sean las necesidades o requerimientos del momento. Pero este mundo no está hecho únicamente por palabras, sino también por imágenes, estas –por el papel que juegan en la construcción del mundo no natural– vendrían a ser una especie de lenguaje especial, igual que el Código Morse o los sistemas binarios. Como tal, como lenguaje, su estudio y análisis, así como las consecuencias prácticas que de ellos derivan, son, en todo caso, de la misma familia que el lenguaje hablado, por lo que los resultados en este pueden aplicarse mutatis mutandi a todos los demás casos, lo que quiere decir que las mismas funciones del lenguaje de las que venimos hablando, las encontraríamos con mayor o menor énfasis o con mayor o menor aplicación y uso en los demás.

Aunque lo anterior es cierto, la verdad es que el estudio y conocimiento de cómo actúan otros lenguajes que no sean el hablado, por ejemplo las imágenes, se encuentran muy a la zaga de aquel, pero quizás el atraso más importante se refiera a su falta de difusión y capacitación no solo para su uso práctico, sino lo que es posiblemente más importante, para su correcta lectura, y quizás ni siquiera para eso sino simplemente para que se abra la posibilidad de comprender que las imágenes como las palabras dicen más de lo que ellas muestran en primera instancia. Situación que como será fácil comprender, provoca el que nos consideremos analfabetas visuales, esto es, que no comprendemos lo que comunican las imágenes.

¿Por qué es importante revertir esta situación? Simple y sencillamente porque el mundo contemporáneo en mayor medida –y esto es creciente– va dependiendo de la generación y uso de imágenes, vivimos en un mundo casi por completo visual que amenaza con convertirse en virtual de un momento a otro, y si no sabemos leer las imágenes tradicionales, qué se podría esperar de las virtuales.

Pero pensemos por un momento que no se trata tanto de una carencia o falta de capacitación, de entrenamiento que nos permita esa lectura casi inmediata de las imágenes, sino que éstas han sido producidas, han sido diseñadas, precisamente para provocar en el espectador un estado permanente de ignorancia, una actitud acrítica, una valoración errónea, una opinión favorable a los poderes fácticos. ¿No podría ser que esa fantástica séptima función no se haya desarrollado y/o aplicado en el uso del lenguaje, pero sí en el de las imágenes?

No sería esta la primera vez que se les acusa de suscitar conductas que socialmente resultan reprobables, pienso, por ejemplo, en algunos casos de iconoclastia, pero sobre todo en el de los videojuegos, señalados como los responsables de asesinatos, suicidios, robos y otras monerías. ¿No podría ser que las imágenes en sí mismas no provocan nada, son, digamos, neutras, pero al ser articuladas de acuerdo a ciertos principios, reglas o normas, dan, inevitablemente, por resultado tales conductas? Es decir, cuando las imágenes están pensadas y producidas para que cumplan esa séptima función, el resultado no puede ser otro que una respuesta que consideramos antisocial.

He mencionado a los videojuegos y la violencia, pero qué decir de los miles de horas en las que recibimos las imágenes de telenovelas, noticiarios de todo tipo, discursos oficiales, espectáculos incluidos los deportes, y en particular de publicidad de todo género de servicio y producto, desde el banco más generoso al condón más efectivo. El que no sepamos cómo leer esos millones de imágenes con que tratamos en una vida, el que no haya otra respuesta ante ellas que el consumo, que cedamos nuestra capacidad de decisión al marketing del momento, quizás nos esté indicando que efectivamente hay una séptima función del lenguaje que es un arma mortal en manos equivocadas.

moyssenl@gmail.com 

www.veryrepresentar.blogspot.com