El productor contemporáneo

Como con muchos otros términos, el de Artista se aplica a tantos casos sin matiz o manera de distinguir entre uno y otro, que ha dejado de significar algo.

Porque más de uno me lo ha preguntado, inicio estas líneas explicando el uso del término productor en lugar del más común y aceptado de Artista. Para ser breve, me parece que como con muchos otros términos, el de Artista se aplica a tantos casos sin matiz o manera de distinguir entre uno y otro, que ha dejado de significar algo, o peor aún, simplemente designa a todos los que están asociados, de una u otra manera, con el espectáculo, generalmente el masivo y comercial. Así que para que no haya equivocación, yo me refiero, casi siempre, a aquellos que se encargan de la producción, ¿de qué producción? La de los objetos materiales, simbólicos, que denominamos, generalmente Arte.

Sin embargo, la historia de los artistas (una especie de sucedáneo de la historia del arte, propuesta, entre otros, por E. Gombrich) podría llevarnos a otras conclusiones. Fuera del Periodo Clásico en donde los productores son cumplidamente aceptados y premiados (pese a la condena de Platón y algunos otros), su historia —la de los productores— es una constante lucha por ser reconocidos como trabajadores liberales que no simplemente manuales que es como se les considerará a partir de que Aristóteles divida los saberes humanos en estos dos grandes rubros, los liberales y los manuales, dándole a los primeros, como se supondrá, un valor y autoridad por sobre los demás, que pasan a depender únicamente del bien hacer manual.

Luego de largos desvelos, discusiones sin fin y una que otra cabeza abandonando su cuerpo, en el siglo XVII se aceptó, por fin, que el trabajo del pintor, del escultor o arquitecto, era tan intelectual como el del más sonado poeta. Con su reconocimiento, cargos cortesanos y rentas nobiliarias, el productor —ya convertido en Artista, obviamente— transitará por este siglo y el siguiente hasta llegar al XIX. Lo que sucede a partir de entonces es rico, variado y complejo, tanto que sería imposible tratar de resumirlo. Digamos simplemente que la imagen que tenemos del productor o artistas marginal, personaje entregado a la bohemia, enemigo jurado de la burguesía, víctima del mercado, e incomprendido en la grandeza de su genio, se va forjando, asumiendo distintas facetas y modalidades, sólo para llegar nuevamente a los acontecimientos que marcan la mitad del siglo XX, principalmente la figura ambigua y controvertida de Andy Warhol. Es en este momento en que el productor —más artista que nunca— abandona las sombras de su oficio, la incomodidad de su taller y su proverbial pobreza, para, como si se tratara de una ave Fénix, surgir de sus cenizas, convertido no sólo en Artista (así con A mayúscula) sino en personaje central en la vida social de la gran burguesía, figura destacada del jet set internacional.

No hay nada que permita la comparación entre el productor aclamado por la multitud tocado por una corona de laurel, el cuasi-científico renacentista disecando cadáveres clandestinamente para descubrir las leyes eternas de la naturaleza, el revoltoso —¿revolucionario?— productor de las vanguardias tratando de encontrar el camino hacia una nueva sociedad, y el dandy que es ahora. Y no lo digo con mala intención, al contrario, busco, con este adjetivo, dar a entender, no sólo lo mucho que han cambiado, sino a lo que se enfrentan hoy día, a la serie de actividades y habilidades que han de desplegar para poder llevar a cabo su trabajo, o la que se supone debe ser su ocupación central, producir esos objetos que podrán pasar a formar parte del Arte. Relaciones públicas, contabilidad, finanzas, relaciones internacionales, negocios y administración, son otras tantas de esas actividades y conocimientos que se deben manejar para que los Artistas puedan aspirar al éxito en el complejo mundo del arte contemporáneo.

En la penúltima parte de esta historia hubo un momento en que la vida del productor se confundió con su obra (Dalí, Warhol, Galán, Koons). Actualmente la fama del productor y el precio de sus obras se funden para dar paso a un nuevo producto que ni es mercancía común ni símbolo popular (Ai Weiwei, Abramovic, Bosco Sodi, Cattelan), más bien se trata de una especie de ocurrencia —graciosa, satírica, crítica, reflexiva, etc.— cuando no de enseres para la decoración de los lobbys de hoteles en el medio oriente, corporativos multinacionales, bancos chinos, o resorts para multimillonarios en las islas del pacífico del sur.

A diferencia del pasado, de no más de un siglo, la trayectoria del productor contemporáneo cada vez se parece más a la de un sorprendente y bello fuego artificial que desgraciadamente es fugaz.

xavier.moyssenl@udem.edu

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