La pintura nuestra de cada día

No se puede dudar del merecimiento que tiene Gerardo Cantú de esta exposición y homenaje.

El título que llevan estas líneas lo tomo de la exposición con que la Pinacoteca de Nuevo León le rinde, en tres de sus cuatro salas, un merecido homenaje a Gerardo Cantú, el cual inauguró el pasado 26 de septiembre. Así pues, hoy hablaré de esta muestra, ahora que aún, y por fortuna, Gerardo se encuentra vivo y sigue igual de aguerrido y vociferante que siempre.

La sala de la planta baja se destinó a la pintura. No quisiera entretenerme mucho en ella, pues por lo general quienes se ocupan de él es lo que suelen ponderar. Apunto que se trata de una pintura agradable, bien cocinada y muy propia de Cantú, es decir, a través del tiempo ha ido ganando un estilo que le es inconfundible. Si tuviera que describirlo diría que se mueve entre el dibujo y el color, en algunos casos parece que le gana el gusto y sabor por el pigmento (i.e. Luzde luna, 2002), mientras que en otros parece supeditarse al dibujo (Mujer de perfil en espera, 1992), aunque, como he dicho, en su mayoría mantiene una adecuada combinación de ambos recursos.

La sala acristalada de la planta baja la dedicaron a sus dibujos. Recuerdo que las primeras obras que conocí de él fueron unos grabados, y desde entonces me pareció un dibujante destacado. No creo que haya necesidad de abundar en la relación entre dibujo y grabado (buril, punta seca, aguafuerte, etc.), y aunque son habilidades y prácticas que no siempre van juntas, aun así, en ambas, Gerardo Cantú alcanza, desde mi punto de vista, sus mejores logros, ya que evita la distracción y emoción que el color agrega a la obra, obligando a concentrarse en el juego de la línea.

Recuerdo, además, una histórica exposición de Cantú en el ya desaparecido Museo de Monterrey. Si no me equivoco era la segunda o tercera que tenía en ese recinto un productor regiomontano, lo que para esas épocas (80) era una verdadera rareza. La muestra resultó memorable, lo mismo porque estaba dedicada al dibujo y obra gráfica (lo cual tampoco era común) (algunos de los dibujos, los de gran formato, se exponen aquí) como porque alguien pensó que resultaba inmoral, que mejor sería darla por concluida y así sucedió.

Más allá de las anécdotas, el dibujo de Gerardo Cantú posee una línea fácil, ágil, rítmica y decorativa, con la que ha creado una muy bien delimitada serie de personajes entre los que destacan, por supuesto, las mujeres; ya sean madres, musas o amantes, dormidas, de pie, solas o acompañadas, tentadoras o siendo tentadas, finas como azares o ricas en carnes, vestidas, envueltas en rebozos, semidesnudas o en absoluta libertad y control de sus cuerpos, estas féminas han acompañado e inspirado al productor a lo largo de su trayectoria. La pareja dibujo-mujer es el centro de la obra de Gerardo Cantú, en torno o a partir de ella, va a apareciendo la Troupe, con que se identifica al productor.

En la última sala dedicada a este homenaje, se montó lo que incorrectamente se identifica como instalaciones. Se trata de una colección de Objets Trouvés, bastante desenfadada y casual. No agrega nada a la apreciación de la obra, si acaso nos deja ver que se trata de un coleccionista de curiosidades (alguien le podrá llamar de otra manera) que arma y combina, una y otra vez, para encontrarles sentido y plasticidad.

Me parece que no se puede dudar del merecimiento que tiene Cantú de esta exposición y homenaje, como tampoco se puede dudar de que esta sea una de las funciones que debe cumplir una Pinacoteca como la nuestra. Nos guste o no este productor, seguirá siendo un representante dilecto de lo que se produjo en esta ciudad durante la segunda mitad del siglo XX.

Su obra y trayectoria, su postura personal, plantean una serie de temas de investigación que de ninguna manera son desestimables, sino que al contrario, van directo a conocer y poder explicar la particular evolución que la práctica de las artes visuales ha tenido en esta ciudad. Son esos temas y no la especulación fácil y gratuita que hacen los especialistas foráneos, los que han de formar parte de esa comprensión de la historia de la cultura en Monterrey, que se ha ido formando, precisamente, a través de la visión de productores como Gerardo Cantú.

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