Ni los unos ni los otros

El pasado 28 de septiembre se inauguró en la Pinacoteca del Estado, la muestra intitulada La Poesía Vista por el Arte. Se trata de la tercera o cuarta edición de la colección que va formando el Grupo Milenio de la mano de Avelina Lésper. En esta ocasión han sido 34 pintores los invitados a participar en esta fase del proyecto, en la que se espera el resultado sea producto de la vinculación de la expresión plástica o visual con la poesía, en otras palabras, que poesías y poetas mexicanos sirvan de inspiración o excusa a pintores contemporáneos.

Bajo la autoridad del Ut Pictura Poesis de Horacio, la señora Lésper ha armado esta edición; no obstante y por lo que se ve y lee, y sin ser experto en letras por supuesto, creo que son cuestionables los alcances y resultados obtenidos, no porque las obras sean malas (o más bien si lo son se debe a otras cosas), sino porque la relación que se deseaba fuera explícita termina siendo lejana, poco transparente, extremadamente subjetiva. Por otra parte, de nuestro panteón literario sólo cuatro o cinco nombres se repiten una y otra vez, para inspirar con el mismo poema a pintores de lo más diverso, por lo que me pregunto si este no fue otro requisito para participar o si de plano no conocemos y leemos a otros poetas nacionales (¡por ejemplo no aparece Jaime Sabines!).

Si bien, desde mi perspectiva, el tema general de la muestra es desafortunado o poco claro, igual suerte corren los textos que pretenden servir de guía u orientación para el público visitante. La señora Lésper ha ganado buena parte de su fama al denunciar el discurso, a veces oscuro e incomprensible, que acompaña, como justificación o explicación, a las piezas que ella llama Arte Vip. Sin negar la razón que le asiste en buena parte de los casos que ha enfrentado, resulta que ella procede de la misma manera con las piezas que selecciona o las exposiciones que cura, como en este caso. Tan confuso, ambiguo y mitificante es su discurso sobre el Lenguaje Simbólico, el Alma y la Creación, o sobre la Improvisación y la Creación (títulos de las cédulas de sala), como cualquiera sobre la performance, el arte conceptual, arte objeto, instalaciones y demás dianas de su crítica.

Por esto es que también sorprende toparse con piezas como las de Patrick Pettersson, Gabriel Macotela, José Luis Romo o Luciano Spano, productores con intereses yo diría antagónicos con los de la curadora y con trayectorias ya consolidadas, por lo que parece que su participación sirve más bien para darle a la muestra un guiño de objetividad, diversidad e inclusión.

Del conjunto sobresalen dos obras, o mejor dicho, en la exposición que se presenta hay un par de piezas que llaman mi atención. Una de ellas es Los distraídos1 de Sandra del Pilar. Una primera aproximación pudiera hacerla parecer una composición cuasi barroca, de apagadas o cremosas tonalidades, en un naturalismo sui géneris, y con una narrativa complicada o posiblemente confusa, sin mucho interés. Una momento más frente a ella y se revelan sus valores sostenidos o emanados precisamente de aquello que se dejó ver desde un principio: lo arriesgado de la composición, la atmósfera lumínica, y la selección de personajes y actitudes hacen de esta pieza un buen ejemplo de pintura psicológica, género con el que raramente nos topamos (toda proporción guardada recuerda cierta pintura inglesa o europea del siglo XIX).

El otro trabajo no puede ser otro que las 8 cabezas de Ramiro Martínez Plasencia. No hay entre estos 34 productores, y me atrevo a afirmar que entre muchos otros, un productor más fino y profundo. No es sólo la precisión y cuidado con que está dibujada cada una de estas cabezas, ni cómo está captado el gesto infantil, vamos ni el arreglo horizontal con que se nos presentan, sino todo eso y algo más, mucho más, al grado que se convierte en una escena surrealista que se continúa en un complicado tríptico que bien podría reclamar la autonomía de cada una de sus partes, pero que es sólo en su conjunto como se muestra en todo su alcance. Un trabajo, sin duda, para conocedores.

Como en otras ocasiones, la muestra se complementa con fotografías de los productores y la portada de un periódico intervenida por ellos. La idea no es mala, pero sería mucho mejor si los retratos fueran concebidos por un editor de fotografía que les diera unidad y sentido. Con todo, la colección que así va formando el Grupo Milenio llegará a ser, con toda seguridad, una de las más valiosas del país.

xavier.moyssenl@udem.edu

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