Los (D) efectos del arte

Revisando pendientes me topo con una entrevista realizada a John Berger (Londres, 1926) hace unos años y republicada por el suplemento El Cultural del diario español El mundo. Como todos los de mi generación, creo, he seguido a Berger desde la antidiluviana serie de la BBC Ways of Seeing (1972), convertida posteriormente en exitoso libro y publicada en español bajo el título de Modos de ver. Mi interés por el productor, poeta, crítico, se ha centrado en su acercamiento a la fotografía, en donde tiene dos o tres títulos que me parecen memorables (Mirar, 1980; Otra manera de contar, 1982; Entendiendo la fotografía, 2013; etcétera), toda vez que no es común dar con un autor que consistentemente dé a conocer su pensamiento, sus teorías o hipótesis, sobre un mismo tema en tan amplio periodo de tiempo. Lo que no le ha impedido atender otros aspectos relacionados con la teoría general del arte, o incluso expresar su apoyo en su momento al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, México.

Entre otros, hay tres puntos que aborda Berger en la entrevista que he citado, que me gustaría comentar aquí. El primero de ellos se refiere al motivo de por qué se le entrevistó en ese momento, y es que acabada de publicar El cuaderno de Bento, dedicado a la filosofía de Baruch Spinoza (1632-1677), de la que destaca su oposición a separar el espíritu de la materia, tal y como lo propusiera Descartes y lo hiciera suyo la Modernidad, antes bien cree, como muchos otros, no sólo que son inalienables, sino que separarlos es perder su realidad. Vista así, la filosofía del judío holandés forma parte de esa vena oculta o enterrada del pensamiento moderno, que aunque desconocida, silenciada o reprimida, siempre ha estado ahí alimentando y sosteniendo lo que hoy día conocemos como la postmodernidad. En otras palabras, la crítica al reino ciego de la razón no fue caso extraño incluso entre los heterodoxos, como en un principio creímos (Nietzsche, Erasmo, Goya), sino que más bien fue otra forma del pensamiento Moderno que por diversas razones vivió hasta hace relativamente poco a la sombra o excluida de la imagen del mundo que construyó el pensamiento Moderno.

Siguiendo el hilo de la entrevista, me salto el segundo punto que deseo tocar para dejarlo al final. El tercero, pues se trata de una de las características más peculiares de nuestro momento histórico, la vida en un eterno presente. Desconocemos el pasado y no queremos atender el futuro más allá de los siguientes 10 minutos. Obviamente este fenómeno es provocado por la expansión de los medios de comunicación digitales que nos fuerzan a vivir el instante presente. En este sentido nos estamos convirtiendo en personas históricas con todas las consecuencias sociales y políticas que ello encierra. Como Berger no se detiene más en este punto, paso mejor a comentar el que he dejado pendiente.

Berger cree que lo que el arte tiene que ofrecer a las personas es la esperanza y que gracias a ella se puede resistir e incluso tomar la iniciativa del cambio. El arte, y en eso coincidimos, no cambia al mundo, a la sociedad, al sistema, lo más que puede hacer es traer un poco de optimismo a la vida de los hombres. Me parece que en su declaración, Berger no se detiene a explicar a qué tipo de arte se refiere o qué entiende por arte, y dos, no explica cómo o por qué ofrece esperanza el arte cuando éste tiene restringida su circulación, del taller a la galería, a la sala de juntas o de estar al museo. Bendito el que en este tránsito llega a ganar esperanza gracias a su contacto en la obra.

No puedo explicar en tan breve espacio qué es para mí el arte, así que por lo pronto asumo lo que el sentido común entiende por tal término. Supongo que dadas las condiciones, todos los que entrarán en contacto con estos objetos estarían en posibilidad de verse beneficiados o incitados por la esperanza. El problema no radica en si ofrece esperanza, solidaridad, fraternidad, comprensión, empatía, o lo que sea que el arte provoque, ni siquiera si se tiene o no las claves, el vocabulario, la fórmula para entender lo que te quiere dar ese conjunto de objetos; el problema radica, según yo, en la posibilidad de tener acceso a esos objetos. Si realmente todos pudiéramos tener no sólo el acceso a los objetos, sino el tiempo necesario para estar frente a ellos y ver, aprehender, lo que está ahí contenido, este mundo sería otro sin duda, no porque por sí mismo el arte cambie a la sociedad, sino porque lo que cambia es a los individuos, a las personas que aprenden a apreciarlo. Creo que en tanto este acceso no pueda ser verdaderamente universal, lo que veo imposible, el arte seguirá sin tener efecto en la sociedad, ni siquiera con lo mucho o poco de esperanza que tenga que ofrecer.

xavier.moyssenl@udem.edu 
www.veryrepresentar.blogspot.com