¿Es posible enseñar a ser artista?

“A la memoria de Rafael Tovar y de Teresa”

 

Hace aproximadamente un año o quizás más, el artista e intelectual uruguayo Luis Camnitzer escandalizó al mundillo del arte al afirmar que tratar de formar artistas en universidades e institutos de educación superior no pasaba de ser un burdo fraude. Si bien a diario nos topamos con declaraciones como ésta, lo sorprendente de ella fue que la dijera quien actuara como docente en la State University de Nueva York por más de tres décadas, pieza clave en el conceptualismo sudamericano, y promotor de su obra que espera sirva de recurso pedagógico, que enseñe al espectador, de la misma manera que todo acto que se considere dentro de esta esfera, por ejemplo visitar un museo. ¿No suena entonces algo contradictorio?

A reserva de regresar más adelante para comentar lo dicho por Camnitzer, retomemos el tema e intentemos contestar la pregunta que encabeza estas líneas. Sí, sí es posible, tan sencillo como voltear los ojos a la historia para darse cuenta de que esto es lo que ha venido sucediendo desde la noche de los tiempos, generación tras generación se ha enseñado a un puñado de personas a ser artistas, así como a otros contadores, médicos, agricultores, etcétera. De los temas que pueden surgir de aquí nos interesa en especial el que pregunta por la clase de artista que se va formando.

Mientras mantuvimos una idea más o menos fija acerca de qué era o cómo debía ser el arte (pintura, música, literatura, arquitectura, etcétera) no fue difícil establecer los procedimientos a través de los cuales se iban formando las nuevas generaciones. Llámese gremio, taller o academia, los pasos eran los mismos con la ventaja de servir, además, de filtro; el que no era capaz de aprobar las clases o sesiones de pintura de historia, ropaje, retrato, color, o dibujo de manos y pies, ya podía irse buscando otro oficio, pues en éste, además de competido, se requería de capacidad; capacidad prácticamente innata, de esa con la que naces o careces de ella. Nadie esperaba otra cosa ni del arte ni de los artistas.

Como todos sabemos hay un momento a mediados del siglo XIX que acelera, cambia de dirección o transforma de plano las ideas y prácticas con las que venía funcionando la sociedad, y con ellas las pertinentes a la producción simbólica también; pero no fueron las ideas y prácticas inherentes a esta producción las que se empezaron a transformar, lo que cambió de manera radical fue la relación del resto de la sociedad para con esas prácticas. El choque, el enfrentamiento entre estos dos gigantes –arte y sociedad– fue tal que aún seguimos persiguiendo la estabilidad y normalización de su relación.

A falta del respaldo social y seguridad laboral, la formación de los artistas tuvo que refugiarse, lo mismo que ya lo había hecho la enseñanza de otros oficios, en la institución burguesa por excelencia, la universidad. No quiero discutir en este momento las virtudes o defectos de las universidades, si lograrán sobrevivir en la edad de la inmediatez del conocimiento digital, o si al convertirse en una institución privada se volvieron negocio. Lo que me gustaría señalar es que en la relación que la universidad guarda con la sociedad, basada en satisfacer su necesidad de mano de obra especializada a cambio de los recursos necesarios para hacerlo, va implícito el acuerdo de mantener inviolable e inmóvil el conjunto de variables materiales y espirituales que permiten que la sociedad marche en la dirección que se le ha dado.

Si para muchos de nosotros el arte (y se puede decir porque ahí están las obras para robarlo) en cualquiera de sus manifestaciones debe ser resultado y ejemplo de arrojo, contradicción, curiosidad, rebeldía, experimentación, inquietud e insatisfacción con el estado actual de cosas, ¿cómo esperar que la universidad prepare a sus alumnos para que cumplan con una tarea que lleva implícito el cambio, la revolución? Esto es a lo que se refiere Camnitzer al decir que la enseñanza o preparación de los artistas en la universidad es un fraude, o mejor dicho, que no es esta clase de artistas a los que está preparando –no podría hacerlo sin caer en graves contradicciones–, que en cambio nos regresa chicas y chicos que aspiran a insertarse exitosamente en el sistema del mercado mundial del arte, que buscan cómo llenarse de plata los bolsillos antes que servir a su comunidad, que iluminar a sus conciudadanos, que solidarizarse con sus causas. Triste es, pero al final de cuentas tiene razón el maestro uruguayo.

xavier.moyssenl@udem.edu 

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