Algo de fotografía y ética

Cualquier modificación  en la imagen se lee como un atentado a su objetividad.

La semana próxima pasada comenté la exhibición del fotógrafo Pedro Valtierra que se presenta actualmente en la Fototeca de Nuevo León en el Parque Fundidora. Para quienes no lo recuerden o lo sepan, apunto rápidamente que Valtierra es uno de los fotógrafos de prensa más representativos de nuestro país. Con más de 40 años de trayectoria se le reconoce, entre otras, por sus imágenes de los sandinistas, del terremoto de la Ciudad de México o del alzamiento en Chiapas del EZNL, además de ser fundador de la revista especializada Cuartoscuro.

Si toda fotografía plantea un dilema ético, la de prensa en particular se muestra especialmente sensible al tema, de ahí que haya decidido regresar a presentar algunas otras ideas que surgen de considerar la función y fin de este subgénero. Buena parte de la discusión que se da en torno al tema parte de la falsa creencia en la objetividad de la fotografía. Si la cámara es un instrumento que registra objetivamente la realidad, es decir, la recoge tal como se le presenta al fotógrafo, la imagen así obtenida poseerá las mismas cualidades que su referente, empezando o imponiéndose su atribuida objetividad, razón por la cual se estima es ideal para informar. De ser cierto, cualquier alteración en ella, en la fotografía, se entenderá como una desviación de la escena original, lo que en términos de prensa se leería como una imagen en la cual la información que debiera comunicar —lo objetivo de la escena— ha sido manipulada, y por tanto, de nula objetividad y/o valor. Es decir, cualquier modificación en la imagen se lee como un atentado a su objetividad; al carecer de ella, desaparece el valor que pueda tener para el periodismo, pues en lugar de informar sobre la escena original, objetiva, nos da una de sus versiones, es decir, una imagen subjetiva. Alterar una imagen de prensa se considera poco ético por modificar la realidad, haciendo creer al público que está siendo informado de una escena, de un suceso, o acontecimiento tal y como sucedió realmente, cuando en verdad no es así.

Tomemos por ejemplo la que quizás sea la más famosa fotografía de prensa, la Muerte de un miliciano (1936) de Robert Capa, obtenida, como se sabe, durante la Guerra Civil española. La polémica en torno a ella se debe, en esencia, a la fuerte sospecha de que se trata de una imagen manipulada, es decir, que lo que vemos en ella no es verdad, no es objetivo, sino más bien el resultado de una manipulación debida a los intereses de su autor. Nótese que en ningún momento se cuestiona su dramatismo y crudeza, su composición y punto de vista, su capacidad simbólica (probablemente, ésta y el Guernica sean dos de las imágenes más potentes contra la guerra), o incluso la intención política de Capa. El cuestionamiento recae en su falta de ética, en haber hecho pasar una imagen que no es objetiva porque no informa lo que estaba sucediendo en ese momento, en el lugar de la realidad tal cual.

Realidad, veracidad, objetividad, son conceptos que podríamos seguir discutiendo interminablemente, pero, como dicen los abogados, suponiendo sin conceder que la fotografía de prensa contenga todos estos atributos, es fácil entender el porqué de la importancia que se le atribuye (nuestro conocimiento de lo que sucede en nuestro entorno depende de ellas), así como la insistencia en la formación ética de sus practicantes.

Ahora bien, ¿qué sucede en el momento actual? Quiero decir en un contexto sociocultural en el cual la imagen lo es casi todo y lo es, precisamente, porque ha sido sabiamente manipulada para lograr los más diversos fines. Casi todos estamos de acuerdo en lo poco fiable que son las imágenes políticas, las publicitarias o la mayoría de las que circulan por las redes sociales. A ninguno de nosotros sorprende saber que el busto de ésta o aquella chica ha sido alterado, que éste o aquel político fue maquillado digitalmente para esconder las huellas de la última noche, o que este alimento se ve más apetitoso de lo que es en realidad. Por el contrario, es motivo de agrias discusiones y hasta de despidos el saber que una imagen de prensa ha sido alterada o recompuesta por medios electrónicos.

La posibilidad de recrear cualquier imagen, de que su autor no sea un fotorreportero, que los códigos de ética que ayer funcionaron hoy día vayan perdiendo vigencia, cuestionan no sólo al fotoperiodismo, sino al periodismo en sí y su función en una sociedad como la nuestra. Quizás sea por todos estos cambios que una exposición como la de Valtierra se antoje de otro tiempo.

xavier.moyssenl@udem.edu

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