Dix (II de II)

Nunca existió una buena guerra ni una mala paz.
B. Franklin

La semana anterior, en este mismo espacio, busqué presentar un visión general, extensa, sobre la más reciente de las exposiciones del Marco, Otto Dix. Violencia y pasión, abierta al público el pasado 17 de junio. En contrapartida, las líneas que siguen, tal y como lo avisé, las dedicaré a comentar sobre la obra gráfica de Dix, en particular la extensa serie denominada Der Krieg (La Guerra), de 1924.

No son estas las únicas gráficas que ejecutara antes, durante y/o después de las guerras, el ejercicio de la impresión lo conservó durante toda su carrera y lo mismo practicó el huecograbado que la litografía y la serigrafía. Tampoco el tema de la guerra es exclusivo de estas estampas, ya veíamos la semana anterior cómo es que la experiencia de la guerra dejó en el pintor una huella indeleble que lo siguió a lo largo de su vida. De hecho, un año antes de dar inició a la serie que aquí comentamos, en 1923, pinta La trinchera, un gran lienzo que se encuentra hoy en día desaparecido, y que en su momento por su temática y tratamiento fue centro de agudas discusiones.

La serie de grabados que en la exposición se presenta procede de la carpeta No. 21 de un tiraje de 70, y está compuesta por 50 aguafuertes. Dix fue fundamentalmente pintor, pero como destacado pintor que fue conocía el valor del dibujo; así, lo primero que encontramos es un destacado dibujante del que nace, una rama que lo lleva a la pintura y otra al grabado. Cuesta trabajo pensar que el autor de los grabados de La Guerra sea el mismo que el del retrato, por ejemplo de Mutzli Koch del 21, y es que el trabajo, el dibujo, que encontramos en los impresos es cualquier cosa antes que complaciente, clásico o naturalista, placa tras placa se van rebelando diversas caras de lo que debió haber sido la durísima vida del soldado durante la Primera Guerra (Dix estuvo en combate de 1915 al 18, periodo en el que nunca dejó de trabajar a pesar de dirigir un grupo de asalto); así que encontramos grabados que bien pudieran ser llamados por su tema como por su ejecución, caóticos; por ejemplo Enredo con alambres al frente de las trincheras; otros crudos por su carácter documental, Encontrado durante la excavación de trincheras (Auberive); prevalecen los que muestran los aspectos más brutales, Soldados asesinados con gas (Templeux-La-Fosse) August. 1916, o Soldado muerto en el barro. E incluso hay escenas que se antojan increíbles, Soldado moribundo visto en las laderas de Cléry-sur-Somme, fantasmagórico desecho humano hablando a sus compañeros. Y cuando no es el frente de batalla, el descanso que se supone debiera ser reparador termina en burdeles, alcoholismo y muerte, Marineros en Amberes; Ataque a una monja (La Violación); El loco. Pues bien, en éstos como en todos los casos, el dibujo va siguiendo más que a la temática –lo que ya lo haría particular– a la vena subjetiva y emocional con que debió haberse vivido cada una de estas escenas; es como si cada suceso hubiera provocado su propio registro, todos, aunque provienen de una misma fuente en sentido doble (la guerra y el propio Dix), son diferentes. Lo único en común que tienen estos 50 grabados es el horror, el asco, la repugnancia, la tristeza, la amargura, la sorpresa, la crueldad, el sacrificio, lo inverosímil e inconsciente que el hombre se vuelve en situaciones extremas. Hay un apunte en la cédula de sala que trata sobre el tema de la guerra en la obra de Dix, en un principio no entendía por qué afirmaba que el pintor nunca se había pronunciado, ni criticado o manifestado en contra de la guerra. Después de ver con detenimiento estos grabados se hace clara la idea, ninguna de estas acciones, efectivamente, llevaron al pintor a realizar esta serie, su finalidad, me parece fue más bien, la exposición lo más directo posible de los males que conlleva una guerra, de lo que esto significa desde la perspectiva de los soldados, para que fuera el espectador quien sacara sus propias conclusiones.

Más que su pintura, dibujos u obra gráfica, lo impresionante de Otto Dix es el personaje, el hombre que decide (como lo hicieron muchos de su generación) adherirse al arte no sólo como forma de vida, sino como una filosofía que le permitía comprender su trabajo y a través de él lo que sucede en su entorno. Debió haber sido un hombre difícil (ahí están sus fotografías que lo atestiguan), radical y absolutamente convencido de la certeza de sus ideas, así como de que estas tarde o temprano lograrían mover al mundo. Con tan tremenda tarea a cuestas poco tiempo debió quedarle para otra cosa que no fuera su arte.

xavier.moyssenl@udem.edu 
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