Sobre crítica, arte y fotos

“Es paradójico que cuanto

más necesita el arte el papel

del mediador, menos

críticas recibe.”

 

José Jiménez


Este es el escenario sobre el cual se desarrolla el tema de estas líneas: en este momento, objetivamente, no hay diferencia alguna entre el snapshot, que toma cualquier adolescente con su teléfono, y la imagen que obtiene un fotógrafo profesional con una cámara más sofisticada. Técnicamente, entre ambos ejemplos pueden existir muchas diferencias que por lo general no son tomadas en cuenta desde la perspectiva del espectador. Subjetivamente ambas pueden ser igualmente apreciadas o rechazadas, o una aceptada y la otra condenada o viceversa.

A fuerza de ser breves digamos que el Arte, o los objetos y cosas que generalmente designamos con este nombre, a fin de liberarse de ataduras y normas basadas en la autoridad del pasado o de la Iglesia y aristocracia, se movió en dirección de valores más bien relacionados con la subjetividad, tal y como ocurrió con la ciencia, la política, la economía y la sociedad. Dependiendo del campo que se trate, este tránsito se cumplió especialmente a lo largo del siglo XIX, como fue el caso del Arte, el cual a partir de la segunda mitad sufriría su más radical y definitiva transformación.

Lejos de lo esperado, esto es que el nuevo Arte se encontrara más cercano a las vivencias del ciudadano promedio, resultó, si no incomprensible, sí ajeno o contrario al gusto general de los espectadores. Es en este momento y a partir de esta situación que aparecerá, mutatis mutandi, la figura del crítico, aquella persona responsable por la explicación y difusión de los valores presentes en este, efectivamente, renovado Arte; valores, hay que decirlo, que estaban en consonancia con los intereses de la burguesía, así como el Arte del pasado lo había estado con los de la aristocracia y la Iglesia.

De acuerdo a lo anterior, el papel original del crítico habría sido el de servir de facilitador, de puente, entre ambos nuevos sectores, el de los productores y el de sus espectadores, compradores o coleccionistas. Aunque no fuera su intención primera, al enumerar, describir y ponderar la presencia o ausencia de los nuevos valores, hacía crítica tal y como ahora es común entender, es pues este personaje el que dice qué trabajo, obra, pieza, es buena y cuál mala. Agreguemos a esta situación el aumento sin precedentes en la producción, lo que hizo imprescindible la presencia de criterios –y/o de quien los ejerciera– que facilitaran la selección de las obras: ya fueran poseedoras del espíritu característico de la burguesía, o de las que debieran ser rechazadas por carecer de él o, incluso, por ser sus antagonistas.

Me parece, ahora es sencillo entender cómo y por qué se pasó de una situación de explicación a otra de evaluación, así como por qué fue el crítico quien asumió este papel.

Vayamos ahora a la fotografía. Primeramente, en ella no encontramos el mismo problema que la pintura, la escultura, la poesía o la música, puesto que su origen es total y absolutamente burgués, por lo que no asume, sino que nace con esos valores; la rápida y masiva aceptación que tuvo es prueba de haber caído en el centro mismo del talante burgués. Por otra parte, su aplicación indistinta en diversos campos de la producción (industrial, científico, policial, documental, etcétera) la convirtió en un instrumento, un medio, confiable, por no decir totalmente objetivo, exactamente lo contrario a la pintura, lo que hizo innecesaria cualquier explicación sobre los valores que representaba y, como extensión, cualquier valuación sobre ella más allá de si cumplía o no las metas de su uso. A pesar de haber muchas y muy buenas críticas desde los inicios de la fotografía, no será sino hasta fines de los años 50 del siglo pasado que aparecerá una crítica que a pesar de ser especializada siempre se ve como apéndice o extensión de la crítica de arte.

Este momento es importante porque coincide, uno, con la vuelta de tuerca que supone el arte conceptual y da pie al Arte contemporáneo, y, dos, con el inicio irrefrenable de la época digital. Luego entonces la fotografía se encontraría hoy en un momento semejante al que se enfrentaron sus hermanas mayores al mediar el siglo XIX, o sea en el momento de muda de valores y la necesidad de una explicación-crítica-evaluación, sumemos a éstos el aumento exponencial en la producción y el acceso irrestricto a la técnica y nos encontraremos con que la fotografía o la postfotografía, o como quiera que la llamemos es, en este momento, incapaz de ser sometida a un sistema de bueno-malo, pues ni siquiera esa clase de objetividad es ya un valor para la nueva burguesía global.

La crítica y consiguiente evaluación de la postfotografía, o sea de todas las que se toman en este momento, pertenece a un proceso que bien a bien no acabamos de comprender ni desarrollar del todo. Es más, como primer requisito debiéramos ser capaces de emplear otro discurso que no fuera el que viene ejerciéndose desde el siglo XIX al hablar de estos objetos (entre otras cosas porque ni siquiera es propio, es una adaptación del empleado en la pintura). He aceptado nuestra actual incapacidad para diferenciar uno de otro objeto (entre el snapshot y a fotografía profesional), así como he dicho que su aceptación o rechazo depende más bien de subjetividades (todo esto al margen del sistema comercial y el mainstream del arte que son otras variables a considerar en este tema). Ello no implica, uno, que no se establezcan consensos, y dos, que estos dependan del significado que puedan tener para los grupos en cuestión (los snapshots son valiosos para uno o algunos grupos, no para todos). O sea, entre otras cosas, la nueva valuación, creo, debe iniciar con la renuncia a la universalidad del juicio.

moyssenl@gmail.com                                                                 

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