Asuntos nuevos, preguntas viejas (II)

En la primera parte de estas líneas hice referencia a la cantidad de material que circula hoy día por la red referente a los objetos que llamamos arte en cualquiera de sus manifestaciones y acercamientos. Apunté en ese entonces, y ahora lo subrayo, que la función de todo ese material –ojo hablo de su cantidad, no de programas específicos– es la de hacer patente que solo unos cuantos, los elegidos, son capaces de entender ese mundo casi desconocido e incierto que es el arte.

He intitulado a estas dos partes Asuntos nuevos, preguntas viejas, ya que el tema, o mejor dicho los temas sobre los cuales se despliega la producción, circulación y consumo del arte contemporáneo, en más de un caso son nuevos, es decir, pertenecen a este momento, por ejemplo el uso de los medios digitales en cualquiera de estos tres tiempos resulta algo no conocido con anterioridad simple y sencillamente porque hace 20 o 25 años no existían ni había logrado el posicionamiento del que gozan hoy día. Sin embargo, a pesar de tales novedades, las preguntas que seguimos haciéndonos son las mismas de siempre: ¿Qué es el arte?, ¿esto es arte?, ¿quién dice o decide qué es arte?, ¿qué hace que un objeto sea arte y otro no?, etcétera. Las mismas preguntas que desde fines del siglo XVIII nos estamos haciendo por lo menos en Occidente.

En efecto, el contenido de esos miles de programas que circulan por la red, se balancea entre ofrecer información que lo mismo es de calidad que sin sentido o simplemente basura, y dirigir esa misma información a contestar las preguntas que hemos planteado, unas veces tomándoselo muy en serio (me refiero a que los contenidos están actualizados, comentados por personajes representativos, que tienen la autoridad necesaria para opinar al respecto, sin tomar forzosamente partido o lanzar juicios de valor sin ton ni son), otras, por desgracia sin fondo, con opiniones subjetivas y personales que terminan por tergiversar la información, hasta llegar al caso de emplearla para burlarse o denostar lo que a sus ojos está mal o no debiera ser.

El que nos sigamos preguntando por qué es el arte o cómo aparece o se crea una obra de arte, me parece normal toda vez, que, hasta donde yo conozco, no hay una respuesta que satisfaga a todos o logre ofrecer la clave para entender tan curiosos temas. Lo que sí me llama la atención es que, después de todo y de esos miles y miles de programas relativos a las artes, sigamos haciendo las mismas preguntas. Esto mismo que acabo de comentar, que no hay respuesta universal para la pregunta de qué es el arte, debiera estar más que asimilado, y de acuerdo o no, servir simplemente para pasar al siguiente nivel con otro tipo de cuestionamientos o incluso con los mismos pero aplicados de otra manera o desde otro punto de vista, por ejemplo, ¿qué tienen estos objetos, que no hay grupo humano que nos los haya cultivado; en todos los casos se trata de los mismos objetos o intervienen las mismas variables para considerarlos como tales? Y como éstas –que no tienen ni un grado de afortunadas– debería haber un sinfín de nuevas preguntas hechas para esclarecer los nuevos asuntos que ocupan las tres operaciones fundamentales de estos objetos, su producción, circulación y consumo.

No obstante, pareciera ser lo contrario y en lugar de apertura a nuevas cuestiones preferimos persistir en lo mismo de siempre. Además de poca flexibilidad y apertura mental, quienes insisten ya no en preguntar qué es el arte sino, incluso, en afirmar qué es, parece que defienden, sí una idea, pero también una postura personal que a la larga es la que les ha ganado cierto prestigio, cambiar de pregunta, equivale, luego entonces, a perder el buen nombre que ya se ha conseguido. Pero no solo se trata de defender un nombre, un prestigio, una trayectoria, sino lo que es más grave, un mercado que se nutre con lo de siempre o con cuanta novedad inmediata se le ofrezca. En ambos casos se pasa de la apreciación a la cotización, volviendo a beneficiar a unos cuantos, a los que son capaces de distinguir lo que se cotizará más alto en contra de lo que se apreciará mejor.

Por todo lo anterior, ¿habría que condenar a la red y su intromisión en el sagrado campo del arte; por hacerlo más confuso; más elitista? No lo creo y hacerlo sería, ahí sí, un grave retroceso. Recuerdo qué era lo que se hacía en mis tiempos de estudiante, en bibliotecas y archivos, iba uno y sacaba volumen tras volumen hasta encontrar una línea, un indicio, una pista sobre aquello que se quería saber, y a partir de ahí se continuaba, página tras página, buscando la información que confirmara o negara nuestras suposiciones. Bien, pues algo así debiéramos enseñar que ocurre con la red, no puede ser que quedemos satisfechos con la primer referencia o liga que nos proporcione el google –lo cual lo único que denota es que se trata de la más solicitada o visitada. Hay que ir tras el dato deseado página tras página, y quizás concluyamos que no hay tal información o simplemente que no se encuentra en la red, nada malo hay si se concluye de esta manera.

Es bueno que la red se ocupe del arte, que se multipliquen los programas dedicados a su producción o consumo, que se pueda mercar virtualmente, que haya un multiverso de opiniones y opciones, pero por favor, no caigamos en la trampa y repitamos sin saber por qué, lo que está de moda en la red o cualquier comunidad virtual, la verdad es que, casi seguro, estén equivocados. Seamos valientes y hagamos preguntas nuevas, las que ya nunca se contestaron son asunto del pasado.