Tres apuntes inconexos

La capacidad cultural de una ciudad, municipio o región no se mide por su nombre, sino por su producción.

I

Me parece que fue en 1992 la primera vez que escuché eso de Capital Cultural; el título se le daba, por obvias razones, a la ciudad de Madrid. Más allá de ser un eslogan comercial, una frase publicitaria, en ese entonces y hasta hoy, quería decir que habría una serie de actividades culturales extraordinarias patrocinadas por los países de la Comunidad Económica Europea interesados en participar en los festejos hispanos; o sea, ser capital cultural de Europa le otorgaba a Madrid el dudoso privilegio de ser la sede de cuanto evento cultural se les ocurriera a sus vecinos, amén de los ideados por las propias autoridades españolas. Fuera de eso, nada.

Ser la capital cultural de un estado, un municipio, un país o una región, no es un título que se obtenga por decreto, si acaso es una denominación que se gana a través del reconocimiento de tus pares, o porque deseas ser la sede temporal de una serie de actividades, en cuyo caso también debes buscar, primero, el consenso de los demás —que estén de acuerdo en llamarte así—, autocalificarte de tal manera es excluyente y, como si fueras Napoleón, significa coronarte tú mismo antes que cualquier otro te reconozca.

Hay que ser cuidadosos con esta clase de ofrecimientos, ya en una ocasión fuimos el Foro Universal de las Culturas y no nos fue tan bien como se había prometido, y sobre todo, no quedan más que malos recuerdos de aquel evento.

Finalmente, creo que hay muchas otras necesidades en el campo de la cultura en Nuevo León que debieran ser atendidas antes que buscar el aplauso por ser la capital de cualquier otra cosa que no sea del estado. La capacidad cultural de una ciudad, municipio o región, no se mide por su nombre sino por su producción, innovación, y difusión, por lo que llega a influir en los demás, por los apoyos que la potencian.

II

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a una especie de conferencia de autopromoción de un fotógrafo de modas avecindado en la ciudad de Nueva York, Raúl Tovar, mexicano de origen. Sin duda hay que admirar a cualquier persona que logra destacar más allá de nuestras fronteras, son ejemplo del tesón y esfuerzo puestos en la consecución de una meta, un sueño, una manda o lo que fuera. Más allá de eso o todo lo que sigue de ahí en adelante, hay que ganárselo a pulso. Sin embargo, no me interesa hablar de las fotografías que genera Tovar, muy coloridas, muy posadas, muy semejantes a cualquier otra del mismo género, mejor dicho, al promedio de fotografías de moda que se toman, porque hay fotógrafos que se dedican a este género que son maestros de la fotografía, y a esos no se parece su trabajo.

En realidad mi crítica no se dirige tanto a él como a todos los que hablamos de fotografía, siendo o no fotógrafos, puesto que cuando lo hacemos a lo único que no nos referimos es a las fotografías o cuando menos a las imágenes. En el caso que cito, se habló de las(los) modelos, de los clientes, de si es fotografía comercial, editorial o de cualquier otro tipo, de las tendencias, etc., pero de la fotografía nada, es decir, ni una referencia a la historia, a la teoría, a la comunicación, a la composición, al espacio, a la luz, planos o lo que fuera que nos permitiera entender su acercamiento a la fotografía fuera de dedicarse a ella por tener que ganarse la vida de alguna manera. Concluyo que hablar de fotografía, como de tantas otras cosas en la vida, requiere de algo más que el aprendizaje y práctica de un oficio, exige una reflexión y una postura crítica frente a aquello que haces, y eso, eso no te lo da simplemente la vida.

III

También la semana pasada murió en Madrid, a la edad de 82 años, el fotógrafo español Rafael Sanz Lobato (Sevilla, 1932). Las imágenes que acompañan estas líneas son un pálida muestra de lo que fue su trabajo. Perteneció a la generación de fotógrafos de la postguerra, momento justo para atestiguar la lenta transformación de España que la convertiría en una nación europea moderna. El realismo, semejante al italiano en cine, fue la corriente seleccionada para romper con las tendencias románticas e incluso de vanguardia que prevalecían en el ambiente español antes de la guerra civil y Segunda Mundial.

Decidí recordarlo aquí tanto por la influencia que ejerció en las generaciones siguientes que nos son mucho más conocidas (García Alix, García Rodero, Cualladó, etc.), como por ser exactamente el polo opuesto del fotógrafo que acabo de mencionar en el apartado anterior, cuando Sanz Lobato hablaba de la fotografía, de su fotografía, hablaba simplemente de la vida.

xavier.moyssenl@udem.edu

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