Regreso a clases

Frente a la evolución, aplicación y futuro de las tecnologías de la comunicación digital, me parece que el devenir de las universidades está más que sellado.

Ayer, con el consiguiente aumento y complicaciones en el tráfico, regresaron a clases las universidades y preparatorias privadas de la ciudad. Provengo de una larga y antigua estirpe de educadores universitarios, por lo que me cuesta trabajo entender cómo es que, para este día y el resto del semestre, es más importante el bronceado, la ropa y los accesorios de moda y temporada (hablo de mujeres y hombres), que llevar papel y lápiz para siquiera apuntar el nombre de las materias con que se entretendrán el resto del semestre, es decir, hasta fines de noviembre próximo, los siguientes cuatro meses, porque hasta eso ha cambiado, a los semestres, que ya poco o nada tienen que ver con los de antaño, se les sigue llamando de esa manera aunque en verdad se trate de cuatrimestres.

La universidad, el cole o la escuela, o como quiera que le llamen los universitarios de hoy, es, en estos momentos, uno de los campos más interesantes de encuentro o confrontación entre pasado y futuro, tradición e innovación, conocimiento e información, valores e inmediatez, y de cuyos resultados depende, aunque suene cursi y a Perogrullo, el futuro que tendrá nuestra sociedad. Frente a la evolución, aplicación y futuro de las tecnologías de la comunicación digital, y el crecimiento mismo de las ciudades, entre otros factores (por ejemplo los relativos a la seguridad), me parece que el devenir de las universidades, tal y como las conocemos, está más que sellado, se convertirán en espacios destinados a otras actividades, ya no a la tradicional enseñanza-aprendizaje.

Ni buenos ni malos son los cambios que ha sufrido y sufrirá esta institución que significó tanto para la modernidad, y si hablo de lo que fue la universidad para la construcción de nuestras sociedades, mi única reflexión respecto a las transformaciones que sufre, se refiere a la pervivencia y destino de eso que en algún momento llamábamos e identificábamos como espíritu universitario: la postura crítica, el ansia o hambre de conocimiento, la seguridad de construir un mejor futuro para todos. ¿En diez, veinte o más años podremos seguir hablando de que es la transmisión de este espíritu a las nuevas generaciones, la tarea más importante de la universidad?

Ni buenos ni malos son los cambios, por el contrario, la inmovilidad en una institución, su rigidez, su incapacidad para entender, absorber y modificarse de acuerdo a lo que sucede en su entorno, las convierte no sólo en elementos incómodos sino hasta retardatarios para la realización de otros cambios; por tanto el que las universidades se vean sometidas a estas y otras tensiones, hay que saludarlo como algo natural, necesario e irreversible.

La educación artística, o mejor dicho, la educación para las artes, es un tema vasto y complejo como para ser tratado en unas cuantas líneas, se ha vuelto más polémico desde que entró, a partir de la segunda mitad del siglo XX, a las aulas universitarias, para ser tratado como la instrucción necesaria para ejercer una profesión. Si la vieja academia fue rebasada por el taller individual y las clases personalizadas, y este sistema por el universitario, ¿qué podríamos esperar en el futuro?

Nuevamente parece obvio que no se puede seguir enseñando a pintar, grabar o esculpir, cuando nos invaden otros medios, o por lo menos no como se hacía a fines del siglo XIX bajo los esquemas de la Academia o las escuelas particulares. La alfabetidad visual, el uso y combinación de medios, la satisfacción social a distintos niveles, parecen ser, entre otros, insumos más necesarios para incorporarse a un mundo –el del arte– cada vez más complejo y competido.

Si para Adorno, Brecht o Horkheimer no sólo era imposible seguir escribiendo poesía después de Auschwitz, sino que se convertía en un acto de barbarie, ¿qué decir, qué enseñar después de haber vivido los infiernos de Ruanda, la guerra de los Balcanes, o las guerras locales o regionales de Pakistán, Afganistán, Siria o la propia Rusia? ¿Estamos preparando a nuestros productores plásticos para enfrentar casos como los de Ayotzinapa o San Fernando, los feminicidios que se multiplican por todo el país? ¿Los estamos preparando para tratar por sí mismos estos temas o para hacerlo sólo si el mercado los demanda y consume? ¿Los productores del futuro serán de la comunidad o del mercado, sus proveedores?

En estos días, no los estudiantes, sino los que estamos del otro lado, ya como padres, maestros, administradores o autoridades, bien haríamos en preguntarnos qué tan comprometidos estamos con el futuro o qué tanto seguimos atados al pasado, la diferencia podría ser clave para un buen regreso a clases.

xavier.moyssenl@udem.edu

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