Primer día de clases

A la memoria del gran
arquitecto regiomontano
y mejor maestro
Macario Aguirre Puente.

Estuve un momento pensando cómo iniciar estas líneas y, antes de tomar una decisión, me entero del triste fallecimiento del arquitecto Macario Aguirre, profesor emérito del Departamento de Arte, Arquitectura y Diseño (DAAD) de la UDEM. Pocos maestros como el Big Mac (que era como le decían sus allegados) he visto preparase con tal esmero para este día. Sus talleres de diseño resultaban ser los más atractivos, los más apegados a casos reales, los más satisfactorios para los futuros constructores de ésta y otras ciudades. Sus cursos de historia de la arquitectura mexicana y latinoamericana, en cualquiera de sus momentos, eran más que la explicación, análisis y cuestionamiento de estilos, formas de construir, diseños urbanos, funciones y usuarios, devenían en magistrales cátedras sobre las culturas indígenas, los países recién independizados o los atrevimientos contemporáneos de México, Colombia, Perú, Argentina, Guatemala, Brasil. Su amistad con destacados arquitectos tanto de México como de otros países permitió que sus alumnos tuvieran contacto con otras ideas, otras aproximaciones a la arquitectura.

Amante como pocos de la ópera y la música sinfónica, elaboraba sus programas y cartas descriptivas a mano, todas sus clases iban acompañadas de material audiovisual y antes de que existiera o se expandiera el internet, Macario ya había formado una impresionante diapoteca con la que ilustraba los temas que abordaba. Fue siempre enemigo acérrimo de una formación para los arquitectos compartida con otras ramas del diseño, así como de la multidisciplina, sobre todo en los primeros años de la carrera que, a su juicio, es cuando el alumno tiene que compenetrarse más a fondo con la arquitectura. Igualmente fue un incansable crítico del mal hacer arquitectónico y del mal gusto que parece privar entre los usuarios regios, lo que no pocas veces le trajo agrias discusiones.

Recordar éstas y otras características del arqui Aguirre me regresaron al tema inicial de estas líneas, el primer día de clases de este semestre de primavera que fue, precisamente, el día de ayer. Y una de las imágenes que recuerdo repetidamente, son los alumnos del Big Mac quejándose de lo exigente, del alto nivel de habilidades y conocimientos que en cada curso demandaba de sus estudiantes, y aunque fueron muchos los que prefirieron renunciar acusándolo de tiranía e intransigencia, quienes soportaban sus primeros embates no sólo resultaban enriquecidos y con la materia aprobada, sino que regresaban al siguiente curso, o bien en busca de su consejo, amistad y orientación al término de su carrera.

Era de esta imagen de la que quería escribir en un principio; concretamente, de este rechazo casi automático que una buena parte de los alumnos asumen, desde este día, respecto a sus maestros más exigentes o menos dispuestos a seguir tratándolos como si aún estuvieran en la preparatoria, dándoles ya todo servido. Entiendo, como también lo entendía Macario y una buena parte de maestros de vieja y nueva guardia, que la educación, como tantas otras cosas en la vida, va cambiando y que si bien las instituciones por más rápido que quieran reaccionar se tardan, a veces más de lo esperado, en su adaptación a los nuevos ambientes y necesidades, son más bien los maestros quienes deben asumir tal responsabilidad.

No soy yo, ni es lugar para repetir los aspectos negativos presentes en el momento actual, ni cómo es que estos han impactado a la relación familiar, en especial la de padres e hijos. Estos cambios han afectado, como se afirma, la actitud de los jóvenes con respecto a su relación con el mundo de los adultos en general, en particular, obviamente, con la educación, y más cuando ésta se sostiene en principios y procedimientos tradicionales. El aparente dilema que se crea a partir de este enfrentamiento o falta de entendimiento, si se debe ajustar esa educación a los valores, ritmos, actitudes, conocimientos y habilidades que ya poseen los jóvenes o bien acercarlos al mundo de los adultos con todo lo que eso significa, implica tomar una decisión. No obstante, no creo en una solución única ni general, adaptable a todos los casos, me parece que más depende de la actitud y postura que cada maestro tenga respecto a su papel en la formación de las nuevas generaciones de su profesión así como con ésta misma. Únicamente quien tiene claro ambos aspectos, quien los ha contemplado y tomado una decisión al respecto podrá ser recordado en el futuro como un buen maestro, tal y como ahora lo hacemos con Macario Aguirre Puente. QEPD.