Kubrick y los días de fiesta

A la salida del museo, todos nos hemos transformado en expertos, conocedores de su hacer.

El pasado viernes 6 del presente, el Marco abrió sus puertas al público para que visite, conozca, comente y goce la exposición dedicada a la memoria y figura del director de cine Stanley Kubrick (1928-1999). Como lo he confesado en otras ocasiones en que me he ocupado del tema del cine, nada más alejado de mis intenciones, que hacer una crítica del quehacer del cineasta, a pesar de ser, quizás el único, del que he visto toda su filmografía, con excepción de una sola de ellas (Flying Padre, 1950-51) y de ser, quizás también el único, del que he visto más de una de sus películas más de una vez.

La muestra ha sido organizada desde Europa por medio del Deutsches Filmmuseum de Frankfurt, Alemania, en colaboración con su viuda, Christiane Kubrick, y Jan Harlan, su cuñado, productor ejecutivo e investigador principal en el que posiblemente haya sido el proyecto más ambicioso pero también el más frustrante de Kubrick, la película sobre el gran corso, Napoleón. El recorrido por la muestra es simple, limpio y sin complicaciones; inicia con los indispensables antecedentes que nos presentan a un Kubrick más bien tirado a la fotografía (no deja de llamarme la atención que se haya privilegiado la exhibición de las tiras de contacto en lugar de las imágenes seleccionadas para imprimirse, que por supuesto también se presentan; me imagino que se debe a la idea de dar a entender la presencia de una mirada atenta a la secuencia, al registro del tiempo, que después cede su lugar, casi obligatoriamente, al cine). Posteriormente, con más o menos material, se van presentando y comentando cada una de las 17 películas que llegó a exhibir, más los proyectos en que trabajó hasta el día que le sorprendió la muerte, a los 71 años de edad en su casa en Londres.

Tuve la oportunidad de visitar la exhibición hace dos días, es decir, el domingo 8, dedicado a celebrar el Patrimonio Cultural de Nuevo León; nada más reconfortante que ver un museo lleno y en apariencia atento a lo que se le presenta (con sus consabidas excepciones), no hay duda de que la entrada libre fue una de las razones que explican la afluencia del público, no obstante quiero pensar que también lo ha sido la temática y la forma en que se ha presentado un material de suyo difícil aunque museable, y aunque la mayoría de los espectadores difícilmente ha visto más de una película del director norteamericano, durante el recorrido y a la salida del museo, todos nos hemos transformado en expertos, conocedores de su hacer y sus motivaciones.

En consecuencia, no puedo, ni quisiera, decir nada en contra de esta exhibición, y sin embargo, no es algo que me haya gustado, me explico. Aplaudo que en términos generales y en particular el Marco dé cabida a muestras, digamos, poco ortodoxas, cuya culminación bien podría ser la que he estado comentando. Su presencia, la cantidad de público que lograr convocar, los comentarios favorables que levantan, son, desde mi particular óptica, señales, llamadas de atención sobre algo que en el mundo de la cultura ha cambiado o, mejor aún, se encuentra mudando de piel. No es simplemente que se acoja al cine como el séptimo arte, sobre eso no hay discusión, sino, como en este caso, que su parafernalia, su memorabilia, se incorpore también a lo coleccionable, a lo museable, como he dicho, a la gama de lo apreciable sensiblemente tal y como si viéramos un grabado, un dibujo, una pieza cerámica. En este sentido, muestras como la presente, para mí, se encuentran dentro de los límites del concepto Salón de la Fama (del beisbol, del box, o del futbol, donde te conmueve hasta las lágrimas el bate con que Babe Ruth pegó su último home run, o la camiseta con que el llamado niño de oro ganó su séptimo Pichichi con el Real Madrid). Ver la silla de director que usaba Kubrick, el traje de astronauta de 2001, el casco de los soldados de Full Metal Jacket, las correcciones hechas sobre los guiones aquí y allá, las cartas de filmación, los llamados, etc., a mí, en lo particular, no me mueven a apreciar y/o entender más, ni mejor, su trabajo, me resisto al culto a la personalidad que creo promueven estas exhibiciones.

Si quitamos los días oficiales, el 24, 25, y 31 de diciembre, el 1 de enero, las festividades personales, el día del santo del pueblo, nos deben quedar, más menos, unos 300 días libres ¿no se pudo escoger cualquiera de ellos para celebrar al Patrimonio Cultural de Nuevo León y no interferir con el Día Internacional de la Mujer; no podríamos haber respetado al menos ese día?

xavier.moyssenl@udem.edu

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