Huesos viejos

Muy distinto y más obscuro, por supuesto, es el deseo y satisfacción de poseer.

Sabrán por la prensa que actualmente se llevan a cabo en Madrid concienzudas pruebas para determinar si en uno de los cinco enterramientos que hay en el interior de la iglesia del convento de los Trinitarios Descalzos se encuentra el autor del inmortal Quixote, don Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) (nada que ver el tema con la realidad nacional). Supongamos que se llega a determinar, fuera de toda duda, que, en efecto, esos restos pertenecen al Manco de Lepanto, y luego ¿qué? Más allá del fasto con que se anunciara y de la ceremonia de una nueva deposición, del monumento que indicara donde reposa ¿qué nuevo mérito le sumaría a su obra, cómo se vería favorecida, cómo la enriquecería? La verdad es que si son o no los huesos de don Miguel a nadie debería importar, pues no está en húmeros y clavículas la grandeza y genio de quien, en vida, se valió de ellos; su recuerdo y ubicación en el Parnaso de las letras tampoco, creo, depende de un montón de huesos, sino de cuestiones infinitamente más importantes y trascendentes.

Al cuestionar esta clase de acciones, no puedo dejar de lado las subastas que sacan a puja los pinceles del pintor consagrado, el delantal del afamado escultor, o el cenicero favorito del histórico fotógrafo. Nada de eso nos remite al valor, aportación o aprecio que tiene lo hecho por tal o cual productor; ver un pincel, por ejemplo, de Diego Rivera, no es lo mismo que contemplar sus murales, simple y sencillamente, es imposible entender el uno por el otro.

Muy distinto y más obscuro, por supuesto, es el deseo y satisfacción de poseer. Habría que releer a Freud para entender el papel del fetiche, sus orígenes y consecuencias. Dado que ni en vida se puede comprar —y menos poseer— el genio y talento de otros, se espera que a su muerte una parte de eso que tanto admiramos sea nuestra a través de poseer —comprar— lo que tocó, lo que usó, lo que guardó. Pero, qué pena tener que decirle al que descubre los restos del famoso escritor o al triunfante comprador, que lo único que al final obtienen es un costal de huesos viejos, o unos pinceles inservibles que no se diferencian de los que ha botado a la basura el tozudo aprendiz.

xavier.moyssenl@udem.edu

veryrepresentar.blogspot.com