Hay mucho más

Hace unos días me acusaron de ser un aguafiestas, de andar buscando siempre el prietito en el arroz para echarlo todo a perder; podría contestar como Rafa Márquez, para qué me leen si ya saben cómo soy, o decir que si hay prietitos en el arroz no es mi culpa sino del cocinero o del pinche que no hizo bien su trabajo. Pero como no soy famoso futbolista, ni patán para andar echando culpas, debo contestar que lo siento mucho, que mi intención no es, ni ha sido, ni será ofender a nadie, como tampoco menospreciar su trabajo, que más bien se trata, como dice un amigo, de la altura a la que pones la tranca y, por desgracia, a la altura a la que me gustaría que se pusiera no permite el paso, bajo ninguna circunstancia, de prietitos, y menos aún de piedritas, pelusitas o pellejitos en el arroz (el uso del diminutivo, ya lo saben, busca amortiguar el impacto de la crítica, no es lo mismo recibir un golpe que un golpecito, por lo que nadie sale dolido, molesto o resentido). Por tanto, me disculpo con todos aquellos a los que, según esto, les he echado a perder su fiestecita, y los invito a que hagamos un esfuerzo entre todos, cada cual desde su campo, y tratemos de erradicar cualquier indicio de prietitos en el arroz.

No haría honor a mi papel de maestro si continuara con el tema original de estas líneas, o si me detuviera a rehacer el párrafo anterior. Mientras lo escribía y me regresaba a revisarlo, más me daba cuenta del discurso racial que iba apareciendo, y de la influencia de los medios de comunicación. No sólo hablo en contra de los prietitos en el arroz —blanco, por supuesto—, sino de elevar la barrera para que les sea insuperable y dejen de tener presencia en el albo terreno que debe ser el mundo de la cultura.

Si decido dejar esta secuencia de textos, es porque creo puede ser un ejemplo útil de aquello que he dicho, cómo es que lo más obscuro de la ideología dominante (la exclusión de los prietitos) se cuela y aparece dentro de cualquier discurso, a tal grado que su contenido acaba por ser parte de tu habla cotidiana.

Pero también me doy cuenta de que mi error o mi lapsus recae justo en el empleo de un ejemplo que de suyo y de siempre ha sido una expresión racista. Si en lugar de eso me quedo únicamente con que soy un aguafiestas, el valor de mi disculpa y su explicación permanecen más o menos intactos, lo que me permitirá dedicar el resto de estas líneas al tema de esta semana.

Lo malo es que al comentar la muestra Arturo Rivera: aferrado a la pintura como destino y salvación, inaugurada el pasado jueves 14 del presente en el Centro Cultural Plaza Fátima, tendré que jugar, una vez más, el papel de aguafiestas. Por falta de espacio no podré hablar de cómo la temprana experiencia de Rivera con la serigrafía y la fotoserigrafía que aprendió en la City Lit Art School de Londres, lo marcó de por vida; cómo es que algunas de sus pinturas denuncian como se van construyendo por partes, se les van agregando elementos hasta completar la composición; cómo se trata de un pintor apresurado por lo que descuida detalles de forma y técnica; y de lo que me parece más interesante, de lo cercano que está de él un productor inmensamente más honesto, Ramiro Martínez Plasencia (muy pocos pintores o dibujantes naturalistas no estarían tocados por Rivera).

Me concentro pues en lo siguiente. Por lo que se dice en una de las cédulas de sala, la firmada por Avelina Lésper, por las propias declaraciones del pintor, se quiere dar a entender o convencer, de que si hay un arte verdadero en este momento, un arte auténtico, no puede ser otro que el de Rivera y/o aquellos que le siguen de cerca. Incluso el pintor dice que le gusta exponer en provincia porque la capital ha sido secuestrada por su enemigo el arte contemporáneo (¿?), o para decirlo en términos lesperianos por el arte VIP (Video, Instalación, Performance).

Yo no sé si quienes piensan de esta manera, quienes creen que en verdad para ser artista hay que ser como Rivera y producir como él, se den cuenta, sepan o de plano se crean poseedores de LA verdad, pero es que una vista rápida por sobre el panorama actual, de Monterrey, México o cualquier otro lugar, permite ver con claridad, uno, que no existe, al menos en este momento, algo que pueda tomarse por arte verdadero; que hay un fenómeno entre los productores que se llama migración, que hay tantas opciones como productores (y no hablo de incluir también a los interesantes), y que si hay una tendencia que prevalezca, que se imponga en todas las ferias y exhibiciones, es lo rentable en pesos y centavos, algo peligrosamente cercano a lo que ellos quisieran fuera el verdadero cannon del arte.

xavier.moyssenl@udem.edu
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