Fátima

Como bien saben los arquitectos tan caro es levantar como remediar lo mal construido, que es lo que se ha tenido que hacer en este caso.

Hace una semana al tratar la muestra de Héctor Falcón, apunté muy de pasada que el Centro Cultural Plaza Fátima era, por sí mismo, un tema que bien valía la pena tratar por separado; quizás sea el mejor ejemplo de la inexistencia de auténticas políticas culturales a nivel municipal.

Se recordará que la administración anterior convirtió, de la noche a la mañana, la que era la Dirección de Cultura del municipio de San Pedro Garza García, en una flamante Secretaría, misma que, entre otras cosas, inició y culminó con la transformación del espacio que venía funcionando como Centro Cultural Plaza Fátima. Este trienio, relevaron en la nueva secretaría, entre otros, el titular, puesto que ocupó Claudia Tapia, y Marco Granados que se convirtió en director de un nuevo puesto, el de Espacios Culturales del municipio. La breve gestión de ambos arroja resultados negativos, pero en la evaluación de su desempeño habría que tomar en cuenta que lo que hicieron, poco o mucho, malo o bueno, lo llevaron a cabo sin un presupuesto adecuado, podemos pensar que de haber tenido más alcance económico posiblemente otro sería el saldo de su actuación como funcionarios municipales, pues si bien es cierto que no todo se reduce a tener la bolsa abierta tratándose de cuestiones culturales, también lo es que no se pueden juzgar los resultados alcanzados sin que se tenga todo lo necesario para un correcto desempeño. Así pues, el tema del presupuesto que un municipio pueda destinar a este campo sí es un punto muy importante a considerar; de acuerdo a cómo sea éste deberán ser las expectativas que se tengan sobre los planes o programas de cultura que se pretendan llevar a cabo.

El Centro Cultual Plaza Fátima fue víctima involuntaria o un daño colateral del fracasado proyecto urbano que arranca con la desafortunada Plaza de las Banderas y culmina, precisamente, en la plaza de la iglesia de Fátima, lugar en el que se encuentra el Centro Cultural. Nadie negará que aunque funcional, el antiguo Centro Cultural demandaba, más que una remodelación, una completa adecuación a sus funciones (recordemos que, aunque después modificadas, estas instalaciones nacieron siendo una cafetería) como sala de exposiciones y teatro-auditorio, amén de las oficinas, recepción y un almacén de verdad. Pero de estas necesidades a la forma arquitectónica que hoy día tiene, me atrevo a decir que hay una enorme distancia y no exactamente por el éxito de los cambios a que fue sometido.

La primera impresión que ofrece la nueva versión del Centro, es que se ganó en espacio pues hay un segundo piso que alberga ahora las oficinas. Igualmente, lo que funcionaba anteriormente como sala de teatro, ganó en capacidad. Es posible que el acomodo visual de la primera planta dé la sensación de una mayor amplitud, y sin embargo tal y como quedaron las salas de exhibición (dos, una chica y otra grande como la canción) son incómodas, rígidas y poco funcionales, teniendo que acudir los museógrafos a los amplísimos pasillos para continuar las muestras que desbordan las salas. Y el teatro-auditorio que ahora cuenta con un mayor número de butacas, resulta que perdió su foro, es decir, el espacio destinado para la mecánica teatral, y para colmo es una caja de reverberación (para cuando escribo esto parece que este último defecto ya se ha atenuado). En resumen, lo que se convirtió en el nuevo Centro Cultural Plaza Fátima al que incluso se pensó llamar algo así como Centro de Cultura Contemporánea de San Pedro, finalizó siendo un obstáculo difícil de franquear, pues como bien saben los arquitectos tan caro es levantar como remediar lo mal construido, que es lo que se ha tenido que hacer en este caso.

Un periodo municipal de apenas tres años, es imposible que continúe proyectos como el que aquí describimos, simple y sencillamente porque no hay nada que garantice su continuidad. Ante la ausencia de leyes, reglamentos, dictámenes, trans-trienales, es imposible pensar en que la unidad básica de gobierno, el municipio, contribuya significativamente a la cultura de este país.

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