Error, trampa y lo que sigue. Lecciones de abstracción (II)

Es verdad que el último en saber que se encontraba en el agua es el pescado; así nosotros difícilmente nos damos cuenta de la manipulación ideológica a la que estamos sujetos a través de una serie de aparatos u órganos al servicio de los grupos hegemónicos de la sociedad, entre estas instituciones se encuentra, por supuesto, el arte.

Las dos semanas anteriores he dicho que las exposiciones Abstracciones y Pintores abstractos de la colección de Pedro Coronel, ambas abiertas al público en el Marco, son menores, es decir, dando a entender que las piezas que las componen aun siendo de autores altamente reconocidos no son de la calidad, trascendencia e influencia de otras tantas que bien conocemos incluso como emblemáticas de los grandes museos del mundo. La misma idea y calificación está presente al hablar de la obra de pintores que no se encuentran en la órbita de los mercados más rentables; así por ejemplo en Abstracciones nos encontramos con una tela pequeñita de Kooning, y a su lado una de Kazuo Shiraga (1924-2008), artista japonés desconocido por el gran público occidental que no duda en juzgarla una mala copia o un burdo intento por hacer actionpainting. Así pues, la trampa consiste en llevarnos a ver una historia del arte eurocéntrica como el único modelo contra el cual hay que evaluar cualquier otro intento. Esta misma muestra presenta un Manuel Felguérez y un Lilia Carrillo sobresalientes, desgraciadamente pasan casi desapercibidos, pues se exhiben como réplica o versión mexicana de lo que ya habían concretado europeos y norteamericanos.

Un error al que nos conduce una lectura unilateral, centroeuropea, o panoccidental de este tipo, es a creer que los productores de países tan disímbolos como pueden ser Bélgica, México, Canadá o España, tienen o tuvieron los mismos motivos para ejercer una cierta práctica de la pintura. Insistir, en ambas exposiciones, en que el desarrollo de la llamada pintura abstracta, es consecuencia de las secuelas que dejó en los productores la Segunda Guerra Mundial, no es sólo desconocer las singularidades nacionales, sino tratar de imponer un insano modelo universalista, que bien sabemos es una mentira.

Para evitar este error, sería menester olvidar lo que se hacía o hace en el imperio y seguir, historiar, nuestra evolución con su muy particular cronología que no tendría por qué coincidir con la hegemónica, a menos que se quiera presentar como subsidiaria o epígono de aquella.

Reconozco, por mi parte, que desde hace dos semanas vengo repitiendo el mismo error que ahora expongo. Creer que es menos una colección –éstas o cualquier otra– porque no tiene los nombres más conocidos o los que ha privilegiado y difundido la historia del arte occidental, es inaceptable. Lo único que pudiera atenuar mi equivocación es que en ninguno de los dos casos que he comentado se presenta como una alternativa, como una lectura extraña a las tendencias hegemónicas de la historia del arte abstracto, luego entonces, mi lectura, como la de muchos otros, es casi forzada a manifestarse dentro de las mismas coordenadas (lo que tampoco ha impedido, hay que decirlo, que esta lectura sea crítica).

Lo que sigue, me gustaría creer, sería ver el nacimiento de muchos esfuerzos por construir pequeñas historias del arte, de arte local por supuesto, quizás una especie de historias matrias siguiendo las sugerencias del maestro Luis González y González. Hace poco, un amigo hablaba de la necesidad de rescatar la pintura de Aquiles Sepúlveda como piedra clave del desarrollo de este medio en la ciudad, lo mismo que he pedido hacer con la obra de Jaime Flores. Por supuesto ninguna de estas sugerencias ha tenido buena acogida y menos el eco necesario que las haga llegar a oídos de quienes pueden promover esta clase de investigación. Y no es así, simple y sencillamente, porque resulta tan fuerte la imagen que nos hemos hecho a través de la historia del arte con la que todos aprendimos una cierta cronología, objetivos y representantes, que cualquier intento por modificarla es castigado o, peor aún, autocensurado. Si hay un orden hegemónico mundial, y una lectura homogénea de la historia del arte, es casi imposible pensar en historias alternativas que sigan su propio curso, el de sus comunidades. Ojalá llegue el día en que pueda verse una historia tan importante como lo es la del arte, con otros ojos, con los ojos de quien descubre un nuevo mundo.

xavier.moyssenl@udem.edu
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