Educación y arte

Desconfío de todos los que aún creen en el arte como si viviéramos un eterno siglo XIX.

Desde hace unos años circulan por internet tanto el texto escrito como una conferencia que el productor multinacional Luis Camnitzer llevó a cabo por Europa y Latinoamérica. En ella afirma que la actual manera en que se educa a los nuevos productores en realidad es un fraude, y para apoyar tal opinión cita una serie de circunstancias y hechos que, todos juntos, en efecto, dan esa impresión, que la educación del arte es un verdadero chasco.

Del 2012 (año en que se realizaron las mencionadas conferencias) a la fecha, creo que ya todos los interesados en el tema habrán sacado sus conclusiones y/o tomado partido a favor o en contra de Camnitzer. Si ahora lo traigo a colación no es por reavivar su debate, sino para tocar el tema de la delicada relación que debe existir entre la educación formal y la producción artística.

Habría que reconocer, de entrada, que la producción contemporánea del arte evoluciona tan rápido, que lo que hoy se presenta como manifestación artística (hablo exclusivamente de las artes visuales), ya es por completo diferente a lo que producía el propio Camnitzer hace un par de años. La observación es relevante si tomamos en cuenta que la obra del uruguayo cae dentro del terreno de lo conceptual, lo cual debería, supuestamente, conservar su vigencia aun hoy día.

Tiene razón Camnitzer al decir que la universidad no puede garantizar la formación de artistas tal y como lo hace con los contadores, ingenieros o médicos; también al señalar que el sometimiento a una rutina de horarios y materias va en contra del espíritu de libertad del que debe gozar todo productor. También es cierto que la educación o la pedagogía de las artes ha cambiado —y mucho— del momento en que entraron a las universidades dejando atrás los viejos sistemas del estudio, las academias o talleres, al día de hoy. Si las artes se encuentran en las universidades, no es para titular artistas (lo que Natura no da, Salamanca no lo presta), sino que, como institución liberal que es, debe garantizar que todos los aspirantes al título tengan, en un momento dado, la misma información, el mínimo de conocimientos técnicos y teóricos que les permitirán, ya fuera de la universidad, a nivel de calle, competir, ahora sí, por el título de artista, el cual dependerá de muchas otras variables que la universidad no puede —ni tiene por qué— manejar en sus programas. De esta manera, además, la sociedad reconoce la importancia que tiene la formación de quienes la proveerán de los objetos que en conjunto llamamos arte, lo que equivale a legitimar el inicio u origen de la escala de valor económico que podrán alcanzar dichos objetos (si este reconocimiento es interesado o no es otro asunto). De la misma manera se puede apuntar que a través de la formación en las universidades se evita que los productores sean como el burro que tocó la flauta, y/o que si son talentos natos, se les reconozca tempranamente, antes que se desperdicien en otros asuntos.

Resumiendo. La volatilidad de la producción contemporánea del arte, obliga a los educadores a distinguir lo que de permanente pueda tener para, con base a ello, ofrecer la oportunidad a quienes pretenden ser productores, de obtener lo mínimo necesario para ganarse, con su producción y a futuro, el título o sobrenombre de artista; ese mínimo de información únicamente lo puede garantizar una institución como la universidad a pesar de todas las críticas a las que pueda estar sujeta, por ninguna otra razón de que ha sido la misma sociedad quien le ha dado tal potestad.

No sé si la universidad sea el mejor lugar para la educación de los futuros artistas, pero desconfío más de los antiguos procesos, incluida la autoformación que tan buenas cuentas ha presentado siempre. Desconfío de todos aquellos que valiéndose de este momento de confusión globalizada buscan meter mano en los bolsillos públicos y privados, ofreciendo fórmulas según las cuales en el lapso de unos meses se obtiene lo que en años apenas si se logra en la educación formal. Desconfío de todos los que aún creen en el arte como si viviéramos un eterno siglo XIX. Desconfío, finalmente, de los que buscan aprovecharse de la buena voluntad de aquellos que cándidamente confiesan querer ser artistas.

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