Todos somos dañados

Hace dos o tres semanas dije en este mismo espacio no estar interesado particularmente en el tema de la violencia, pero en cambio que sí llamaba mi atención el acercamiento que pudieran tener al tema las productoras. En aquella ocasión, desgraciadamente, la exhibición que comenté fue decepcionante en todos sentidos, ahora me vuelvo a encontrar con una situación similar pero con resultados distintos.

El pasado 25 de mayo se abrió al público la muestra fotográfica intitulada Daños colaterales de Salomé Fuentes Flores, en el espacio denominado El Móvil dentro de la Escuela Adolfo Prieto del Conarte, en el Parque Fundidora. Se trata de 12 piezas impresas digitalmente, once de ellas con el mismo formato de 30x20 cms. (aprox.) y una mayor que debe medir alrededor de tres metros por lado, y que es más bien un collage de por lo menos 7 bandas horizontales con diversos motivos como veremos más adelante. Dar estos datos merece un mínimo comentario. Quiero pensar que por su temática, por respeto a quienes participan o hacen su tema, Fuentes seleccionó este espacio para exponer su trabajo, lo mismo que la magra cantidad de imágenes que componen la muestra. Comento esto porque Salomé es parte del personal de la Fototeca, por lo que sería lógico que presentara su trabajo ahí mismo, sobre todo cuando hasta ahora, apenas si han organizado la exposición del Acervo Fundidora. Quiero pensar que Fuentes ha producido más material, el suficiente como para ocupar una sala de la Fototeca y que las 13 imágenes que expone en El Móvil se debe más bien a las dimensiones del espacio, y/o, posiblemente, a lo ya dicho respecto al respeto que le debe a su tema.

Lo expuesto más bien es un súper extracto de tres series que Fuentes ha venido trabajando desde el 2010 y que para ella están íntimamente relacionadas con la memoria. La primera de ellas es el registro de los lugares en donde han caído abatidos civiles como consecuencia de los enfrentamientos entre las fuerzas del Estado y el crimen organizado. La segunda está formada por retratos, hechos en su propio entorno, de familiares de desaparecidos con violencia; y la tercera, por una extensa colección de bordados y dibujos realizados por las madres y demás familiares de todos los desaparecidos o víctimas inocentes de la guerra sucia emprendida por el gobierno.

Bastante claras son las intenciones y objetivos de Salomé Fuentes. A la insensibilidad y hasta desprecio que llegan a manifestar las autoridades respecto a estos casos en los que las víctimas se convierten en simples estadísticas que llevan nombres como Daños colaterales, opone una memoria que está hecha de lugares reales, testigos de los sucedido; de padres, madres, hermanos y demás familiares que en tanto esperan el regreso de sus seres queridos, mantienen su recuerdo intacto; y con la única forma física a través de la cual protestan y dan a conocer sus casos públicamente, su dolor y demanda, pañuelos, mascadas, bufandas, bordadas con los nombres, la fecha y lugar de los que han sido desaparecidos. Así el trabajo de Salomé nos recuerda que todos tenemos un deuda pendiente con estas personas, que en tanto no se reconozca la responsabilidad de las autoridades en las muertes por accidente, y mientras no sepamos la suerte de tantos que por una u otra razón han sido levantados clandestinamente, ninguno de nosotros podrá volver a estar seguro en esta ciudad y país, que todos hemos sido dañados por estas acciones.

El trabajo ejecutado por Salomé pone en evidencia la fuerza e importancia que la fotografía tiene en la sociedad, pero también expone sus límites y carencias. Estos trabajos no tienen ninguna otra pretensión que la de ser un registro, documentar un lugar, preservar un ambiente, retener el recuerdo, eso hacen y lo hacen bien. No obstante, si fuera un visitante de otras tierras sin información alguna sobre la ciudad, jamás entendería por qué bajo la fachada de una casa o una esquina cualquiera aparecen nombres de personas, por qué una mujer muestra el retrato de un joven o por qué hay pañuelos con nombres bordados colgados en lugares públicos. Los límites de estos trabajos no están en su toma, en las intenciones de Salomé o en su exhibición pública, sino en la información que yo tenga del tema y pueda relacionarla con la imagen que veo, de no ser así, no hay memoria que rescatar, que conservar, que consolidar. La fotografía tiene también este lado siniestro en el que la responsabilidad de su significado depende de quien la ve, no de quien la propone.

xavier.moyssenl@udem.edu 
www.veryrepresentar.blogspot.com