Balas y sombrerazos

A pesar del buen trabajo, la exposición "La Revolución Mexicana" no deja en claro su objetivo.

Tenía un buen rato que no me acercaba a esa extraña construcción, mitad Fort Knox, mitad edificio de oficinas, mitad laberinto, mitad caja de sorpresas, que es el Museo del Noreste, el Mune, adjunto al Museo de Historia Mexicana, adjunto, a su vez, a la llamada Gran Plaza. Hace unos días, el pasado 31, se inauguró ahí la muestra La RevoluciónMexicana, un valse triste, razón de mi visita. Apunto de inmediato que se trata de una magnífica exposición compuesta por más de 300 fotografías, libros y revistas, pinturas y grabados, películas y videos, todos, obvio es, en torno a la gesta revolucionaria de 1910.

Creada por el historiador Miguel Ángel Berumen para el Museo Nacional de San Carlos, ahora llega a nuestra ciudad con una propuesta diferente sobre el conocimiento que tenemos de la Revolución y el papel que la fotografía ha jugado y juega en dicho conocimiento. De los seis ejes temáticos en que está distribuida la exhibición, hay dos de ellos que especialmente llaman mi atención, aunque sea por diferentes razones. El primero de ellos —que me parece es el central para la apreciación de la exposición y su recorrido— tiene que ver con el recurso y uso de la fotografía en el trabajo del historiador. 

Ya en otras columnas hemos tocado este tema y la urgencia que debería haber por instruir a los futuros investigadores en un conocimiento específico sobre la fotografía, desde aspectos meramente técnicos, hasta cuestiones de apreciación estética y semántica. De lo que se trata es que aprendan a valerse de este medio, que sin duda es uno de los lenguajes más importantes y abundantes del siglo XX, así como lo hacen de los documentos escritos, a fin de obtener visiones más completas, o si se prefiere, simplemente distintas, de aquellas que han sido elaboradas exclusivamente a partir de la palabra escrita. En este sentido la exposición muestra un par de ejercicios en los que, gracias, a la fotografía se obtiene una comprensión más precisa, por ejemplo, de la caída de Ciudad Juárez.

El siguiente tema que reclamó mi atención, quizás por haber resultado incomprensible, tiene que ver con el Archivo Casasola, como se sabe, el fondo fotográfico más importante acerca de la Revolución Mexicana. Aunque todo mundo sabe o se imagina que no todas las imágenes posibles de los diez u once años en que el país estuvo en pleito consigo mismo, se encuentran ahí, o que las miles de fotografías que lo componen y que están al alcance de los investigadores en la Fototeca Nacional de Pachuca, no son exclusivamente de la familia Casasola, sino que más bien son las de ellos junto a muchas más, hay una actitud beligerante de parte del curador de esta muestra que resulta complicado entender pues, al parecer, va más allá de explicar por qué es importante contar, conocer, con muchos puntos de visita —muchas y diversas imágenes— antes de pronunciarse por un hecho, para insistir en que a partir del Archivo Casasola se ha difundido una imagen distorsionada de la Revolución y sus actores centrales. En cambio, me parece un acierto haber dedicado un apartado a los fotógrafos; una pequeña muestra pero representativa de los más de 400 fotógrafos que se sabe cubrieron en distintos momentos el conflicto armado.

Dos observaciones más tendría que hacer en contra de esta exposición a pesar de reconocer su valor e importancia. La primera se refiere a que no queda —no me queda— claro cuál es el fin u objetivo final de la exhibición: la parte dedicada a destacar el valor de la imagen fotográfica como documento histórico y la metodología para su estudio e interpretación, o más bien demostrar que hay otros archivos, otros fotógrafos, otras aproximaciones, que difieren incluso del Archivo Casasola, por lo que debiéramos revisar lo que se ha concebido por medio de él a fin de corregir posibles yerros; o es que simplemente se trata de una exposición de fotografías de la Revolución Mexicana con la que se buscó, como se ha dicho, dar presencia física, real, a los miles de compatriotas anónimos que perecieron defendiendo uno u otro bando.

El otro señalamiento es el mismo que ya he hecho en aquellas ocasiones en donde se habla de la fotografía en manos de los historiadores. Y es que a pesar de la exégesis que pueden hacer de ellas, de la gran cantidad de información que les pueden arrancar, siempre dejan para otro momento la consideración de la imagen como fotografía, como objeto específico producto de una práctica igualmente singular que fatalmente imprime su naturaleza en el resultado final. Quizás una participación más activa y decisiva de fotógrafos de profesión o de especialistas en el medio, pudieran hacer que este escollo no obscurezca los resultados, que saltado el obstáculo, se pueden obtener.

xavier.moyssenl@udem.edu

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